El entierro de la abuela (3)

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El entierro de la abuela (3)

Julio 02, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En vista de que ante el rotundo conjuro de mi hermano, el émulo de Satanás, quien me trataba de vender la idea de que a la abuela lo menos que le convenía era el perpetuo socorro que la condujera a la salvación eterna, se había retirado boqueando, me dirigí al totumo, vecino de la poceta de lavar la ropa, colindante con la amplia cocina, donde relucía el cuarto de cemento del baño con su puerta enclenque de madera de cajas. No tiene techo, mejor dicho el techo es el sol, que entibia el agua cuando cae sobre las cabezas. Debajo del totumo empecé a armar un bareto mientras Jesús de Kalí rezaba con los ojos clavados en alguna estrella lejana. Extraje la picadura de un cigarrillo rubio, y lo fui reemplazando por las briznas de cannabis desmenuzadas de un moño. A la primera pitada distinguí en el cielo las Pléyades, una medialuna resplandeciente atravesada por un retazo de nube cubista, la estela de un milano veloz, millones de formas romboidales que debían ser las moléculas del aire. Me dio pena ofrecerle a quien había asumido la conciencia crística, que desembocaba en más que asumirse cristiano en acoger en su ser al propio Señor. Por ello llevaba su casta melena sobre los hombros y el maletín de Branniff donde guardaba para que papá no lo viera su túnica de cáñamo de la India, más la dulzura propia de quien con su sola mirada puede conducir a la salvación, y también a la condenación con un gesto. Y eso lo sabían sus discípulos.Se allegó a nosotros papá, trastornado, mesándose la cabeza. Qué habíamos hecho con el vecino de la acera de enfrente, cliente de sus vestidos, que había caído ante la puerta de la sala de velación echando babaza y pronunciando palabras incoherentes, en el preciso momento en que llegaba Jorge Giraldo, Picuenigua, el esposo de la tía Adelfa, dispuesto a expulsar con su peinilla al personaje de quien había tenido noticia de que estaba colado en el velorio, siendo como era un perseguidor de liberales durante la primera violencia y de revolucionarios ahora, cuando fungía como encargado de los levantamientos de cadáveres de los personajes que él mismo ordenaba tumbar. Algún correveidile dio aviso a la cercana inspección de Policía y en breve llegaron algunos agentes que lo pusieron en la misma camilla de sus levantamientos y lo condujeron en artículo mortis al cercano hospital de San Juan de Dios. Le dije a padre que habíamos tenido una discusión por motivos políticos y que la actitud del recién llegado Picuenigua no hacía más que corroborarlo. Él pareció comprender y regresó a la sala, donde habían cesado los rezos. Picuenigua, indignado de que hubiera sobre la caja de su suegra un plato con billetes y monedas que le explicaron era una costumbre ritual, mandó a comprar con la ofrenda más aguardiente para los asistentes.–Dime cómo murió la abuela –le imploré a mi hermanito–, ¿me dejó algo?–La noche anterior -contó-, abuela se sentó ante el espejo del escaparate, a ver cómo le había quedado el pelo después de que esa tarde se hizo trozar la trenza que ya le tocaba el cóccix, y que había conservado toda la vida hasta que se le fue volviendo de plata. Tenía el vestido de medioluto, el negro con reservas de medialunas. A medida que se miraba movía la cabeza, mientras se calaba una balaca y contemplaba en la luna el reflejo de la sonrisa de sus perfectas encías. Abría el armario y recontaba los espesos billetes que venía recolectando toda su vida en la caja de manjarblanco, acariciaba la mantilla de la misa y contemplaba con desconsuelo que la media botella de aguardiente que guardaba con celo para aplicarse un buche en cualquier emergencia se había acabado. (Continuará)

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