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El día que se trabó Colombia

Noviembre 09, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

En el libro escrito por Mario Arango Jaramillo y Jorge Child, ‘Narcotráfico imperio de la cocaína’ (Editorial Percepción, Medellín, 1984), se cuenta cómo se extendió el cultivo y consumo de marihuana en Colombia, se evoca como bardo cantor del vicio al infernal y sacro Porfirio, se señala a Daniel Santos como el profeta camaján del apocalipsis alucinógeno y se termina, luego de destacar la potente insurgencia del nadaísmo, haciéndonos un reconocimiento honorífico que pudiera equivaler a una dada de dedo.

Dice el escritor y periodista: “Sin quererlo... los discípulos de Gonzalo Arango tienen su sitial de honor en la galería de los precursores del moderno narcotráfico colombiano”. La cosa sería como para rodar por el mundo pidiendo asilo, si no fuera cierta, y si no estuviera salpicada por episodios oficiales picantes la historia patria de la llamada mala hierba. Lo que pasa es que el nadaísmo, como la mala hierba, nunca muere.

Resulta que nosotros sí la fumamos, convirtiendo en rito un delito, y en nuestras colosales fiestas de la época compartimos el pito con muchas de nuestras connotadas personalidades de ahora. Y al comenzar nuestra autollamada aventura al servicio de lo maravilloso o revolución al servicio de la barbarie, cantamos al vareto, más para escandalizar a los burgueses (y a los comunistas) que para afinar nuestra voz. Y hay que ver que ambos bandos terminaron envenenados.

Para que sepan que no por apologistas somos precursores exclusivos de la profusión del consumo de mary jane, voy a tomar un dato de Mario Arango Jaramillo y lo complementaré con otro que él no conoce para dejar en claro una cosa: que la marihuana ha dejado la política de este país como un cuero.

Se lee en el capítulo El gobierno que importó la yerba, que la maracachafa se extendió por el país debido a un acto fallido de un presidente camandulero de la década del 40, quien quiso incrementar la industria textil para producir los más finos linos, e hizo importar de la India toneladas de semillas de cáñamo, que una vez diseminadas por el país reventaron en la más espléndida cosecha de marihuana. Por error, timo o broma, en vez de semillas de cáñamo nos enviaron la tan temida como adorada cannabis sativa.

He averiguado con mis fuentes que los agricultores comenzaron, con buena voluntad, entusiasmo, fe y dignidad, a cuidar los cultivos, y cuando crecieron y quisieron obtener la fibra, encontraron que era nula la que daban. Se vieron entonces ante una bonanza de maleza. El Gobierno se vio obligado a condonarles la deuda, pues les había hecho cuantiosos préstamos para impulsar los cultivos. Y los agricultores -esto me lo contó alguien de Guarne, Antioquia- hicieron una pila de toneladas de la inútil yerba y le echaron fuego que ardió durante una semana dejando a todo el pueblo viendo visiones, con una felicidad infinita y los ojos rojos.

El barbero, que tenía una paciente y numerosa colección de canarios, decidió comprar a menosprecio las semillas restantes para escamotearles el alpiste. Y se dice que los canarios empezaron a cantar con tan dulce canto que parecía que no fueran de Guarne sino pájaros enjaulados en las páginas de las Mil y una noches, más precisamente en las palabras de Scherezada. Los clientes del barbero pensaron: si lo canarios cantan así, comiendo las semillas de esta planta, y nosotros estamos como estamos con el humo de su quema, qué tal si fumamos las yerbitas que traen adheridas. Y desde ese momento quedó sumergida Colombia en la franja maravillosa de los gobernados peripatéticos.
(Lamentablemente por ese entonces comenzaron también otros ‘pájaros’ a cantar).

Los nadaístas no somos tan vanidosos para reclamar la exclusiva como precursores del controvertido hábito alucinógeno. Parte principal le reconocemos al presidente Ospina y a su ministro de Agricultura.

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