El Club de Arriba (2)

Enero 23, 2023 - 11:50 p. m. 2023-01-23 Por: Jotamario Arbeláez

Después de haber visitado la muerte y regresado de la visita, queda siendo uno habitante del más allá y del más acá. Sabe lo que pensó el mundo de lo que uno fue y sabe lo que debe pensar mientras vuelve a irse. Ya es menos cuidadoso de que le crean porque el posible llamado a engaño debe estar en quienes le oyen. Era el año 68 y mientras el nadaísmo cumplía 10 años moría el nadaísta más joven que era a la vez el poeta mascota del Siglo XX. En el entierro, costeado por un doliente anónimo, desfilaron cientos de niños de escuelas públicas con pancartas que reproducían la carátula de la caja de Fósforos El Diablo, que era el recipiente que el niño en su inspiración pedía para sus restos. Nunca habían vertido tanto mis ojos como esa tarde en el cementerio.

Recién había perdido mi primer amor y ahora perdía mi más grande amigo menor. Y el nadaísmo estaba que se disolvía. Pero no podíamos dejar que tal cosa pasara porque cada uno de nosotros apenas perfilaba su obra. Y estábamos en la física olla atómica. Menos mal que yo había encontrado a mis santos maestros espirituales y dadivosos, quienes a pesar de ver en mi movimiento algo perturbador de la conciencia los había convencido con mi idea de que el nadaísmo sería la cruz roja de la religión, y hacia allí enfocaría mi programa. Gonzalo Arango todavía patinaba en los hielos de la duda, que pronto derretiría.

Un gran periodista de la época que tuvo un final lastimoso, Alberto Giraldo, que por la radio dirigía El Noticiero Todelar, me pidió que le colaborara desde Bogotá, luego de que me ensayó en Cali, y hacia allá dirigí mis guayos. Emitiría de viva voz El Informe Inconforme, a continuación de El Informe Especial de Jorge Enrique Pulido, el de la hermosa voz increpante. También disponía de columna dominical en el Magazín de El Espectador, ofrecida por Guillermo Cano y titulada El huevo filosofal.

Por sugerencia de San Nicolás me dirigí al Hotel San Francisco y le pedí a su propietario, el munífico ‘negro’ Manuel Corrales, que me diera nueva acogida en la Suite Nadaísta inaugurada dos años antes con mi conferencia en los baños turcos ‘El nadaísmo a todo vapor’, y el anterior con las celebraciones de los 10 años del movimiento ácrata. Ahora iba a cubrir para los medios la llegada del hombre a la luna. Accedió.

El día anterior a la máxima elevación del hombre la encontré en la sala de trasmisión de la emisora, dando fe con su dentadura de los destellos del día, con su larga cabellera sobre la túnica rúnica que proclamaba que era una iniciada en los profundos secretos de la doctrina. Me solacé escuchando lo que significaba este paso del ser humano hacia la conquista del cosmos, que era lo que había que buscar en lugar de amores de contingencia.

Al terminar su interpretación esotérica la invité a un té de jazmines, pero ella me dijo que tenía cita con su novio, que me llevaba. En efecto, en La Romana la esperaba mi rival en la poesía Mario Rivero, quien de antemano me puso de presente que había heredado los favores ocultos de la agraciada del poeta Fernando Arbeláez, de una manera misteriosa.
Pues más misteriosa será la mía, me dije, puesto que además de Jota mi nombre es Mario Arbeláez. La conquista estaba cantada. Era bellísima de pies a cabeza y desde el hombro izquierdo hasta el derecho. Contó que pertenecía al grupo de estudios mágicos Tipheret, que traduce Belleza, Sefirá asociada con Jesucristo; se interesaba en Eliphas Levy y ahondaba en la Doctrina secreta de Madame Blavastsky. En el momento tenía puestos los ojos sobre el Cristo Cristal.

Sentí que era un presente mágico que me mandaba San Nicolás. Conté de lo que me había sucedido con los doctores de la iglesia y como estaba dispuesto a seguir la misión que me encomendaren. Los ojos de ella destellaban a medida que avanzaba con mi relato, mientras el poeta Mario exclamaba en voz baja ‘pamplinas’. Me despedí diciéndoles que estaba alojado en el Hotel San Francisco. Cuando llegué, ella me esperaba en la puerta.

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