El cielo y el infierno

Octubre 18, 2021 - 11:50 p. m. 2021-10-18 Por: Jotamario Arbeláez

De pie sobre mis 80 abriles, después de haber perdido la mitad de mi vida hace exactos 40 marzos, cuando mi amada María de las Estrellas ascendió al séptimo cielo, me empeño en ponerle el pecho a los días, compartiendo el amor con la dama que vela porque mis sueños se cumplan sin despertarme, con mis dos perros bastones por la floresta, con los robles que rodean mi morada, en cuya cima las ardillas juegan rayuela, el pájaro carpintero vocaliza con su pareja y el tucán hace con la suya una escala para cantarnos.

Me he alejado del mundo cuando el mundo ha dejado a sus habitantes desamparados. Adjudico mi vitalidad a los mundos recorridos en mi biblioteca, en aviones y alucinógenos, a las bebidas espirituosas que han patinado mi lengua, y a la lujuria galopante que me ha conducido a la grupa de mujeres enjaezadas.

Enfrente de mi ventana está el cerro de Iguaque coronado por la laguna sagrada alrededor de la cual otras seis lagunas le hacen la venia del agua. Pido inspiración a Bachué para cantar las maravillas de su paraíso recuperado. Pero quién sabe qué diablillo burlón se cuela en la inspiración y me pide que en vez de cantar victorias me duela del sufrimiento de los vejados.

Ya no arreglé los males de mi país, en lo cual con mi generación de poetas nos empeñamos. Y menos ahora en alerta naranja como la economía. Pero al leer las noticias me duelo de las 6402 familias martirizadas por el siniestro de los muchachos reclutados por militares en parques de sus barrios para ir a recoger café y los balearon para hacerlos pasar por insurgentes abatidos en combate, a fin de recibir recompensas gubernamentales en condecoraciones, en plata o en vacaciones. Y qué tal ver a tantos patriotas defender tamaña sevicia con el argumento de que no fueron tantos y que muchos de esos muchachos eran débiles mentales. ¡Tarados!

Pero quién soy yo que vengo disfrutando de una vida regalada por la poesía, para ponerme en estos reclamos de crímenes que todos conocen menos sus ordenadores aún impunes. Cuántos cafetales se quedaron sin recoger teñidos de rojo. Color que ya no clama venganza sino justicia. Mientras más siento que la vitalidad reverbera en mi pecho más canto al amor, a la amistad y a la paz que nos dejaron servida, porque sigue habiendo quienes no pueden vivir sin matar.

Tal vez el mismo diablillo burlón, me permiten salirme de tema tan doloroso como vergonzoso, y echar a cantar como en mis mejores tiempos juveniles, cuando pensábamos que nada servía para nada. Transcribo este poema que acabo de encontrar en una libreta, El sueño eterno:

“Uno sale a la vida sin rumbo fijo / y el primer camino que toma es el que no es, / el segundo camino es el que no anda / y el tercero el que a ninguna parte conduce. / Pero no importa, no nace uno necesariamente para echar pata. / He pasado sentado los buenos días de mi ya larga existencia / haciendo lo que hago ahora escribiendo / o comiendo y bebiendo pan y vino con la señora / o en la sala de esperas a que me llame el dentista. / Y los días que he pasado acostado / han sido los más felices haya o no coito, / esté somnoliento o insomne. / En cambio los días que he pasado de pie o caminando / tan sólo han terminado en cansancio. / Permanecer parado es como detener el tiempo / y echar a caminar es perderlo porque a ninguna parte se llega / y cuando se llega la persona o la cosa que uno iba a buscar ya se ha ido. / A pierna suelta voy a disfrutar de mi sueño eterno. / Ese del que ya uno no se levanta porque ni de orinar le dan ganas. / Ese donde ya uno no se acuerda sino de lo que se le quedó por hacer. / Si no hice nada en ese mundo menos lo voy a hacer en el otro. / Cuánto tiempo por perder es la eternidad”.

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