El can-can del sueño

Julio 19, 2022 - 11:55 p. m. 2022-07-19 Por: Jotamario Arbeláez

En un sueño cualquier cosa puede pasar —me dije en silencio en el sueño—, pues sentía el cuerpo desnudo debajo del edredón. Dormido y todo estaba despierto en el sueño, y en la oscuridad del mismo estiré la mano a mi izquierda a ver si encontraba la pierna de mi compañera. No encontré una sino dos, pero como eran dos piernas derechas no tenían bisagra que las uniera.

Podemos bailar para ti, me dijeron con no sé qué boca, desde debajo de la cobija. Pues procedan, atiné a responder, con una cuerda de voz que me rodeó la garganta. Las dos piernas derechas incluida la ingle de cada una, se empeñaron en un can-can que se encendió en la t.v. donde fueron a dar las libertinas extremidades para aprovechar la luz de los focos.

La una tenía una zapatilla mostaza de tacón puntilla y la otra una mediabota italiana. Cada una danzaba por su lado, a cual más desacompasada. Pero la culpa era de la banda sonora. Mientras la de la zapatilla mostaza hacía la patada alta la otra ejecutaba el rod de jambe moviendo la pantorrilla con la rodilla levantada; mientras la de la mediabota mussolinesca se empeñaba en el pont d’armes girando mientras se verticalizaba con el tobillo la otra aplicaba el grand écart, en medio de gritos, chiflidos y trinos de la platea.

Buscaban excitarme, tal como yo se los reclamaba por señas, con ese ritmo escandaloso que bailaban en el cabaret Bal Tabian de París sin ropa interior en los años 20, las afamadas coristas La Goulue y Jane Avril, dueñas —ahora me venía a dar cuenta— de cada una de esas portentosas piernas derechas que reemplazaban a mi esposa volatilizada en la soñarrera. Pero, ¿qué pasaría si lograban el objetivo de ponerme en ascuas, y se hiciera imperioso el acto por el que fui expulsado del paraíso? De pronto aparecieron en la pantalla todas las piernas derechas del Folies Bergère girando con sus polleras levantadas como aspas de ventilador sin poder aplacar mi fiebre. No pudiendo aguantarme metí mi pata peluda y chancletuda entre las satinadas y elásticas extremidades de las cancanófilas en el divino alboroto parisino, imaginando que deberían ser igualmente elásticas en lo que a la moral se refiere. Nos movimos hasta que casi se me desgonzó la rodilla con la Danza del sable, de Khachaturian pues como quien no quiere la cosa y la cosa queriendo en cada giro lograba un choque cuasi orgásmico de rótula contra rótula con las de mis dos visitantes.

Abandonaron la pantalla que se apagó con los últimos acordes de Orfeo en los infiernos, y cada pierna tomó asiento en cada uno de mis muslos. Siempre quise andar a tu lado, me dijo la de La Goulue, para indicarte el camino. Y yo para desviarte, afirmó la de Jane Avril, porque sólo los que se desvían encuentran el atajo que ha de hacerles llegar antes de los que toman el recto sendero. Esté dormido o despierto, en un recoveco del occipucio se generan mis pensamientos morbosos que desembocan en sueños húmedos, que no pueden ser contrarrestados por oleadas de pureza emitidas por la corteza prefrontal a causa de las antiguas oraciones de mi madre, y es así que estoy a merced del demonio de la concupiscencia que solo logro contarrestar con la presencia de la señora. En esta oportunidad me di garra bajándoles las medias sofisticadas a cada una de las arrogantes derechuras sin zafarles las zapatillas y oía en el aire puro sus jadeos de satisfacción como si las estuviera acariciando un macarra de Montmartre o el propio Toulouse Lautrec. Soñaba que estaba despierto con una mano en cada rodilla que me quemaba la mano y quería apretar esas dos piernas derechas contra la hipófisis de mi alma que también estaba derecha.

Y por el tercer oído escuché la voz del maestro perfecto que me dijo que las piernas que tenía sobre las mías eran las de la comodidad y el capricho, los peores enemigos del hombre camino de ese nirvana que ya tenía de un cachito. Entonces, en un gesto que no se compadece con mis costumbres, me sacudí de las piernas del entusiasmo gritándoles retírense satanases, por lo que la emprendieron a patadas en mi trasero, siguiendo los mismos pasos de baile que acababan de regalarme, y cubriéndome de equimosis, hematomas y cardenales.

Al amanecer, cuando mi mujer retornó del trabajo, me cuestionó por esas vergonzosas señales, y yo, sin saber si continuaba dormido o ya estaba de vuelta en el reino de los mortales, ignoro si le contesté que eran los estigmas del Cristo en que me había convertido, o si eran las heridas del alma que se me iba.

La pesadilla se reinició en el sofá.

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