Caleño en Calcuta (1)

Enero 24, 2022 - 11:50 p. m. 2022-01-24 Por: Jotamario Arbeláez

He venido para conseguir del polvo la purificación de todo lo que ha pasado… He venido con ojos llorosos, para que mis ojos puedan contemplar el paraíso… Yalal al-Din Rumi- Y sábelo: el alma que ha encontrado a Dios se libra del renacimiento y de la muerte, de la vejez y del dolor, y bebe el agua de la inmortalidad. Baghavad Gita.

He venido a la India a dejar la carne, para regresar a Colombia espíritu puro. No comprende arrojar el sexo, que es el pararrayos de la sublime energía. Energía desatada que conduce a la iluminación mediante el disfrute, cuando, si se sigue el Sendero de la Mano Izquierda del tantra, el lingha es coronado por el yoni de la cabeza a los pies. Veré de comprobarlo vestido de cielo como el mundo me recibiera, ante las esculturas divinamente obscenas en los templos de Khajuraho, ordenadas por los reyes Chandella para favorecer sus cortesanas excitaciones nocturnas, al pasar de sus antorchas al son del timbal y la flauta karnáticas.

He venido a caminar sobre el Ganges bajo el brillo de la luna nueva de los santos con mis sandalias de suela de llanta en tanto le voy espolvoreando arroz como si fueran mis cenizas anticipadas y pronuncio profundamente el Ommm que impedirá que me hunda, ese mantra que mantiene unidos, guardando sus enormes distancias, los átomos del cielo y la tierra.

He venido en mi calidad de Hijo del Cielo en busca del soma, elíxir de la inmortalidad del que Kali me tiene destinada una copa que me salve de pender de su cuello, para seguir inspeccionando los universos de Indra, el que lleva el cielo como diadema, en pleno samadhi.

He venido en busca del yac al que el poeta Allen Ginsberg le lavó las pelotas a la orilla del río sagrado para terminar de purificarse después de lavarse él mismo. Como se purificó también su amante mancebo, el poeta beatnik Peter Orlowsky, quien era el que le pasaba los estropajos enjabonados mientras declamaba en voz alta el poema Kaddish.

He venido al país legendario de los tres poetas místicos que apaciguaron mi adolescencia inarmónica: Kabir, el hacendoso, quien fuera perseguido por autoridades civiles y religiosas acusado de divinizarse y a su muerte decenas de millones de fieles se congregaron a sus pies; Kabir dice: “No estoy en el templo ni en la mezquita, / ni en el santuario de La Meca, / ni en la morada de las divinidades hindúes / No estoy en los ritos y las ceremonias; / ni en el ascetismo y sus renunciaciones. / Si me buscas de veras me verás enseguida; y llegará el momento en que me encuentres”.
Mira Bai, la del pie sagrado, quien se sentía en tal forma desposada con Krishna, que este solía abandonar su estructura de ídolo para bailar con ella; Mira Bai dice: “Soy una mujer indefensa,/ no me abandones./ Eres mi fuerza, mi diadema./ No tengo virtudes: / tú las has usurpado todas/ como el océano. / Melodía de mi corazón,/ ayúdame a cruzar este mundo. / Protector del rey de los elefantes, / ofrece tu consuelo al débil.
/ ¿Adónde puedo ir? / Rescata mi honor. / Soy tuya. / No hay nadie más para mí.” Guru Nanak, el conciliador, quien para evitar que sus seguidores musulmanes lo enterraran, o sus seguidores hindúes lo incineraran, a su muerte desapareció debajo del manto dejando en su lugar un ramo de flores; Guru Nanak dice: “Este mundo es nuestro lugar de juegos/ donde realizamos nuestras buenas y malas acciones/ cuando estas hayan terminado, / unos se sentarán a su lado para siempre/ y otros se perderán en reencarnaciones sin fin. / ¡Oh Nanak! / La hora de los que te han adorado ha concluido; /sus caras rebosan de luz.”; de Amaru, poeta de la clase de los orfebres del Siglo VII, desceñidor de cadenillas en la cintura, y de Rabindranath Tagore, el venerable primer Nobel asiático, quien dará cobijo a mis pordioseros poemas, mis poemas caleños en su casa templo de Calcuta, ciudad consagrada a la diosa Kali.

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