Poniatowska y la matanza de 1968

Poniatowska y la matanza de 1968

Octubre 07, 2018 - 06:20 a.m. Por: Jorge Ramos

Todavía no limpiaban la sangre. El 2 de octubre de 1968 el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz había realizado una horrorosa masacre en la plaza de Tlatelolco en la Ciudad de México. Cientos de estudiantes -nunca sabremos exactamente cuántos- habían sido asesinados por el Ejército y agentes policiales. Elena Poniatowska acababa de tener a su hijo y estaba amamantando. Pero no se pudo quedar quieta.

“Me hablaron dos amigas”, me contó Elena recientemente en su casa de Coyoacán, “que la situación en Tlatelolco era espantosa, que estaban perforadas todas las puertas de los elevadores, que había tanques con policías, con soldados en todas partes, había sangre en las paredes”. En la madrugada del 3 de octubre se fue al Campo Militar 1 donde estaban algunos de los estudiantes detenidos. Pero no la dejaron entrar.

Entonces se fue a la Plaza de las Tres Culturas. “Llegué a Tlatelolco. Vi zapatos de mujer, zapatos de hombre, tirados en el suelo. Era un espectáculo de gente que había huido, que había tratado de salvar su vida. Y todavía había sangre en las escaleras. Todavía estaba la Policía”.

A partir de entonces se propuso rescatar la historia que el Gobierno quería enterrar. Lo primero era escuchar a los testigos de la masacre. Pero muchos estaban detenidos. “Empecé a ir a la cárcel de Lecumberri los domingos, con un nombre falso, y ahí recogí los testimonios gracias a un estudiante que luego murió. Después también fui a la cárcel de mujeres, que está lejísimos, por allá en Iztapalapa. Y así empecé a reunir como reportera -como lo que soy- lo que decían”.

Algunos testimonios los grabó. De otros tomó notas. Y en ocasiones los abogados le llevaban las versiones de los jóvenes detenidos. “Mucha gente fue a mi casa a contarme lo que había sucedido”, me explicó. “Fui armando este coro, o este inmenso mosaico de voces. Y ese es el resultado del libro 'La Noche de Tlatelolco'”.

¿No te queda la menor duda que la orden de asesinar a estos jóvenes fue de Díaz Ordaz?, le pregunté. “No”, me respondió. “Díaz Ordaz estaba en Guadalajara, pero le entró un pánico porque se iban a iniciar [en la Ciudad de México] los Juegos Olímpicos unos días después. Era el primer país de América Latina escogido para las Olimpiadas. Era un enorme honor para México. Entonces él no quería que los estudiantes fueran a sabotear esto”.

'La Noche de Tlatelolco' se publicó en 1971. Era una época en que México no era una democracia y donde había una férrea censura de prensa. ¿Corriste peligro al hacerlo? “Yo no me doy cuenta del peligro”, me dijo, casi ingenua. “No pensaba qué consecuencias podía haber”.

Le dije que muchos habían definido su estilo de hacer periodismo como combatiente o comprometido. Tomando partido. Y le pedí que lo definiera.

“Yo nunca he sido neutral”, me dijo. “Yo hablo a partir de mis emociones. Seguramente miles de cosas se me van. Pero todo lo hago por la emoción... Yo creo que en el periodismo hay que hacerlo lo mejor posible”. Y Elena, sin duda, lo hizo.

Cincuenta años después del terrible golpe al movimiento estudiantil, hay, todavía, muchas cosas que no sabemos. No se creó una comisión de la verdad y la justicia nunca llegó a los responsables de la masacre.

Pero Elena, con valentía y oficio, rescató lo que verdaderamente ocurrió durante ese verano y otoño de 1968. Su libro está tan vivo que incluso hoy sus testimonios y voces nos llenan de indignación.

Elena, de 86 años, ya cumplió con la historia. Cuando hablé con ella, su casa estaba patas p’arriba. Ponían en cajas miles de libros de su biblioteca personal para llevárselos a la fundación que lleva su nombre.

¿Estás en la época de devolver?, le pregunté. “De devolver, de dejar, pues sí”, me reconoció, “de irse ligerito”.

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