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Enero 28, 2020 - 11:55 p. m. Por: Jorge E. Rojas

Los metían a un sótano. Los torturaban. Los encadenaban de los pies. 105 personas recluidas en un supuesto centro de rehabilitación donde lo que pasaba era que los reducían lentamente, un poquito cada día, a cuentagotas. Entre los pacientes, 17 menores de edad. El crimen que los sometió a la degradación fue estar enfermos: adictos a las drogas, quedaron diagnosticados como desechos insalvables y se encargaron de convencerlos a punta de dolor físico que esa era su condena.

Para todos ellos, el infierno terminó por ahora luego de que este lunes allanaran el lugar que funcionó a las afueras de Palmira. El descubrimiento policiaco es un horror que abre interrogantes por el lado que se mire: ¿Cómo lograron que los acudientes que pagaban mensualidad por los internos, se mantuvieran al margen de los oprobios? ¿Cómo silenciaban a 105 adictos abstinentes? ¿Qué les inyectaban? ¿Dónde está el doctor frankenstein que orquestó el espanto?

Las preguntas que quepan alrededor de esta aberración, de la que apenas se abren los primeros pliegues, son en conjunto la respuesta que nos trae a valor presente el tratamiento que como sociedad y Estado, le damos a una enfermedad que hace un montón dejó de ser curiosidad de guetos para subsistir entre nosotros con tanta cercanía como la gripe. Aun así, muchas de las formas en que sigue siendo asumida parecen corresponder a la época del oscurantismo y de la hoguera.

La existencia de un campo de concentración como el que acaba de ser desmantelado, tuvo razón de ser, seguramente, porque un oportunista entendió el negocio: los contados centros de recuperación en condiciones de ofrecer ayuda real, son impagables para la mayoría. Entonces abundan las fundaciones de garaje que operan en cualquier sitio prometiendo la salvación a punta de medicación siquiátrica, biblia y encierro. No intento teorizar sobre una fórmula porque esta no es una quebradura ósea que se arregle con inmovilización y yeso, no existe la ecuación exacta. Pero no son necesarios tantos dedos de frente para entender que hablamos de almas rotas una y otra vez, de prisioneros atrapados en los confines de sus demonios mentales, asfixiados allí, en la cárcel más angosta del universo. ¿En la cabeza de quién cabe combatir el encierro con otro encierro?

En incontables casos, centenares de casos, miles de casos, los familiares que emprenden el viacrucis de ayudar a rescatar a un adicto, o quienes lo siguen amando aún a pesar de todo, desesperados, caen en el ofrecimiento de los mesías que juran la conversión. Y confiados en aquella esperanza, entregan lo que queda de sus seres queridos anhelando el día en que puedan ver brillar sus ojos otra vez. Verlos de nuevo: apenas eso, todo eso...

Muchas veces, por fortuna, hay quienes renacen. No depende de una fundación, eso sí, ni de un falso profeta, ni mucho menos del Estado, que en ningún rincón del país tiene un lugar a campo abierto destinado a la rehabilitación accesible y orientada de los enfermos. Su curación depende de un dolorosísimo ejercicio de voluntad y reconexión que no ocurre de un día para otro. Es cosa de años. Y de otras caídas. Para un adicto en recuperación, dejar las drogas significa soltar las muletas y aprender a caminar de nuevo. En esta era de la inmediatez, claro, eso debe resultar demasiado. Pocos lo entienden. Por eso un adicto a nadie le importa. Ni qué decir cuando son más de cien.

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