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El taxista que amo

Enero 14, 2020 - 11:55 p. m. Por: Jorge E. Rojas

Freddy Contreras, el patán que como líder del gremio de taxistas de Bogotá publicó un video celebrando con elemental sarcasmo misógino la salida de Uber del país, nos ha recordado justo a tiempo en manos de quién está -y seguirá estando- buena parte del servicio público que reclama la propiedad de la calles como una horda de forajidos con derecho de colonización.

Para no generalizar injustamente, vale aclarar que cobijados por la mancha amarilla sobreviven muchos conductores y conductoras que asumen su labor con respeto y calidad, dignificando el oficio en cada viaje. Pero junto a ellos también subsiste una caterva de primitivos bien representada por Freddy, capaz de articular su descargo de odio en un live de Facebook, al parecer, mientras cumplía con una carrera. Si verlo no lo llevó al recuerdo de ningún taxista que le haya tocado padecer en esta vida, eleve un agradecimiento sentido a su dios particular ya que usted seguramente está elegido/a para grandes providencias.
Infortunadamente para el resto de los mortales, encontrarse a un Freddy de esos puede ser de lo más común.

La biología del chofer invasivo, atarbán, sectario, hablador, machista, homofóbico y de pésimo gusto musical, es una constante entre las posibilidades que pueden llegar con la solicitud telefónica de un taxi. Abanico de virtudes que siempre tiene chances de empeorar, obviamente, cuando el carro se detiene sobre la vía. Allí incluso pueden aparecer uribistas con licencia de conducción. Volver a lidiar con los taxistas en pleno, abre otra vez ese portal para encuentros cercanos del tercer tipo, donde los usuarios siempre tenemos las de perder frente a reflexiones imperativas del tono: “Como el carro es mío, yo escojo por dónde voy…”. “Si tenía afán, debió salir más temprano…”. O tal vez la mejor de todas: “Si no le gusta la música, se puede bajar…”.

Dictadores al mando de diminutos imperios rodantes pasados de moda, los taxistas están reclamando su supuesto lugar en la vida de todos a partir de argumentos que nada tienen que ver con la seguridad de los pasajeros, sino con el estado de sus bolsillos. Porque todo el tema de los cupos y las pólizas y los seguros, solo los afecta a ellos. Si usted, por ejemplo, se accidenta a bordo de un carro en el que se transporta por medio de una plataforma como Uber o Cabify, tendrá el mismo nivel de cobertura mediante el Soat del vehículo, que si el accidente ocurre en un taxi. El asunto es el cumplimiento de la norma. La misma ruleta rusa.

En este paraje del tercer mundo donde movilizarse a tiempo es un lujo que no se alcanza ni teniendo carro, ni moto, ni andando en bicicleta, ni aventurándose en los sistemas masivos, la salida de Uber realmente no es un triunfo para nadie y sí una pérdida para todos. Hasta para el gremio de los taxistas. Porque cuando colapsaban las plataformas, ellos aparecían como una opción legítima en un mercado donde hay cabida para el funcionamiento de los dos sistemas. Lo que no hay es espacio para más carros. Ni públicos ni particulares. Aunque eso, claro, en la discusión pública queda en segundo plano. ¿Regularán algún día la tenencia y el rodamiento? Seguramente no en este país de ciegos ni de componendas. Mientras tanto y hasta entonces, nos queda Freddy. Yo, especialmente, cuento las horas para volver a verlo: las lucecitas de neón en el carro, el ambientador de motel, el vallenato sintonizado…

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