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Inteligencia natural
El problema, desde luego, no es la inteligencia artificial, sino la poca inteligencia natural tan frecuente en tanta gente por todo el mundo; esa torpeza notable en comprender las cosas...
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1 de oct de 2026, 12:42 a. m.
Actualizado el 1 de oct de 2026, 12:42 a. m.
Siguiendo la definición de la palabra ‘inteligencia’ dada por el DLE, se trata de la capacidad de comprender y resolver problemas, como lo son las amenazas que hace más de un año se recordaron en esta columna (Recorderis, 17/07/2025). Cambio climático, guerra nuclear, agua dulce, democracia y, por supuesto, la inteligencia artificial, IA, la que, de una manera u otra, contribuye a las otras en mayor o menor grado, y que es una amenaza en sí misma, de la que afortunadamente tanto se ha hablado en estos días, y con toda la razón.
De lo que ya había hablado René Descartes hace cuatro siglos en su Discurso del método,1637, y como se recordó en dicha columna, Yuval Noah Harari, en su muy oportuno e interesante libro: Homo Deus. Breve historia del mañana, de 2016,o sea hace una década, preguntó: “¿Qué es más valioso: la inteligencia o la conciencia?” Y contestaba con otra pregunta crucial: “¿Qué le ocurrirá a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes pero muy inteligentes nos conozcan mejor que nosotros mismos?”
Dos años después, Andrés Oppenheimer tituló su libro de 2018, ¡Sálvese quien pueda!, en el que advertía que la robótica, la Big Data y la inteligencia artificial, IA, implican la dependencia cultural y la automatización de todo, generando por consiguiente un problema laboral; y las que están acabando en muchas partes con el placer tradicional de las actividades urbanas, o reduciéndolas a los grandes centros comerciales, en los que por supuesto ya es diferente, afectando negativamente la calidad de vida de todos los habitantes de las ciudades.
La principal amenaza de la inteligencia artificial, IA, abarca desde el riesgo existencial por la pérdida de control de sistemas superinteligentes hasta impactos reales y actuales como el desempleo masivo, la desinformación a gran escala y el uso en ciberataques o armas biológicas. El internet y la inteligencia artificial penetran la vida contemporánea en el mundo, en lo político, militar, social, económico y cultural, e igualmente en lo íntimo y privado; es como el Gran Hermano de la novela 1984, de George Orwell, publicada en 1949.
Pero cómo hacer pronto algo efectivo frente a dichas amenazas es la pregunta que ahora es pertinente. La clave, como informa Google, es implementar una gobernanza estricta, mantener la supervisión humana y proteger los datos corporativos y personales. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas, ONU, impulsa marcos de gobernanza global para equilibrar el potencial de la inteligencia artificial, IA, para el desarrollo sostenible y frente a los graves riesgos que representa para los derechos humanos y la seguridad internacional.
Por su parte, Kevin Roose, en su libro, Future proof, 2021, propone 9 reglas para los humanos en la era de la automatización, y recuerda que ya Adam Smith en La riqueza de las naciones, 1776, afirmó que la automatización los estaba volviendo “estúpidos e ignorantes”. Las tres primeras reglas lo son en relación a las máquinas; las tres siguientes tienen que ver con las actividades sociales, y las últimas reglas son tres sugerencias (las nueve se pueden consultar en una columna publicada hace cinco años: Contra ROBDIA, 14/10/2021).
El problema, desde luego, no es la inteligencia artificial, sino la poca inteligencia natural tan frecuente en tanta gente por todo el mundo; esa torpeza notable en comprender las cosas, que es como define la palabra estupidez el DLE, dificultándoles razonar, lo que lleva al mal uso de la IA, impidiendo que su buen uso no permita que se convierta en una amenaza más. Como se subtitula el reciente libro de Mustafa Suleyman y Michael Bhaskar, La ola que viene, 2023, se trata de La tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.
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