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Marzo 23, 2022 - 11:45 p. m. 2022-03-23 Por: Gustavo A. Orozco Lince

Vuelvo a estas páginas a continuar la tarea de trabajar para que Cali deje de ser la capital del miedo en la que se ha convertido. Desde acá sigo defendiendo la causa en la que creo, por una región donde tengamos el derecho real a vivir seguros.

Arranco nuevamente acá trazando el norte que me guía en esa defensa de nuestra tranquilidad. Para pedir seguridad, y aún más para tenerla, la evidencia tiene que primar. El discurso que de un lado defiende a delincuentes lavándoles la cara y al otro, que justifica delitos para combatir delitos, es una fórmula peligrosa que solo nos deja como un corcho en remolino.

No me cabe en la cabeza cómo el apoyo a quienes justifican, defienden, o por lo menos se hacen los locos con el delito, triunfó en las urnas. O bueno, nada de raro. En unas elecciones son unos, en otras son otros. Lo que cambia es siempre el payaso que se presta para el circo de la flexibilidad moral para maquillar lo obvio.

Pero el resultado de esta vez, con algo tan reciente y fresco como lo que pasó con el Paro, es una bandera roja. Es como si no nos alcanzara con que nos maten y nos roben. Nos quedó faltando comer un poquito más de la que sabemos.

Y obvio, varios estuvieron más que listos para defender lo que pasó, para adornar el balance y para antojar a más de uno de que necesitamos aún más. La gran mayoría de los candidatos del Pacto Histórico fueron y son incapaces de condenar sin titubeos la destrucción, la violencia y la penetración criminal que vivimos durante el Paro con la Primera Línea.
Lo irónico es que son ellos mismos los que todavía hoy se llenan la boca criticando a la derecha que porque sí son ellos quienes son violentos y criminales. Pero son más de lo mismo. Son idénticos a lo que critican y es una verdadera pendejada. La condena a la violencia y al delincuente tiene que ser igual venga de donde venga. Uno no tiene que ser amigo de la Primera Línea para al tiempo condenar los falsos positivos y los excesos que existen en la fuerza pública. Es lógica y sentido común.
Colombia no podrá nunca dejar la matazón si siempre hay alguien que se cree con la razón suficiente para delinquir. Hace medio siglo lo hicieron unos con las Farc, después los contrarios con los paramilitares, hoy lo hacen otros con la Primera Línea, y ¿quién sigue mañana? ¿Los veganos? ¿Los provida? ¿Los que creen que llegan los Ovni? ¿Los fanáticos de un nuevo culto extranjero?

Es tal el callo que hemos sacado frente al peligro que es nuestra ciudad para poder sobrevivir, que ya hasta nuestros políticos son indiferentes. No hay uno solo (repito: ni uno) que tenga con claridad y seriedad la bandera de la seguridad. Nos toca desde la ciudadanía seguir empujando para que por lo menos hagan lo mínimo por lo obvio: proteger nuestras vidas. Cali merece poder realmente ser la sucursal del cielo, y no del infierno.

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