La invasión y la energía

Marzo 22, 2022 - 11:50 p. m. 2022-03-22 Por: Emilio Sardi

La guerra de Putin contra Ucrania ha revelado, además de su crueldad y absoluta falta de respeto por la vida humana y por las normas de convivencia entre los países, varios hechos de los que hasta el momento no había mucha conciencia.

Lo primero que ha quedado claro es que la fortaleza bélica rusa reside en sus cohetes y en su enorme arsenal atómico. Pero en lo que respecta a su ejército y fuerza aérea, difícilmente se puede considerar a Rusia una potencia militar de primer orden, como se ha evidenciado con este intento de invasión a un país con una fracción de su poderío militar, pero poblado por gente valiente y combativa. Por su incapacidad para obtener logros militares, es que ese ejército ha acabado dedicándose en forma repugnante y repudiable, a bombardear y masacrar a la población civil.

Lo otro que ha desnudado la invasión de Putin es la improvidencia y falta de juicio de los gobernantes europeos, al sucumbir ante la presión de las ONG ambientalistas financiadas por Rusia y llevar sus economías a una dependencia energética que los ha hecho rehenes de Putin y financiadores de sus guerras. Como lo señala Michael Shellemberger, no otra cosa explica que un país con una economía más pequeña que la de Texas y una expectativa de vida diez años menor que la de Francia hubiera podido lanzar una invasión tan injustificada, masiva y brutal como esta.

Ya desde 2014, Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la Otan y ex premier de Dinamarca había advertido que el gobierno de Putin estaba detrás de las actividades que se estaban adelantando en Europa para desacreditar el fracking, “para mantener la dependencia europea de las importaciones de gas ruso”, lo que fue comprobado más adelante por el Centro de Estudios Europeos del Reino Unido. Como posteriormente la ex secretaria de Estado de EE.UU., Hilary Clinton, se quejara de haber tenido que enfrentar grupos ambientalistas falsos, fondeados por Rusia.

Gracias a los ambientalistas, en buena parte fondeados por Rusia, Europa, liderada por Alemania, cerraba sus centrales nucleares y sus campos de gas, además de negarse a desarrollar métodos productivos más avanzados, como el fracking, mientras Rusia incrementaba su producción. Así, una Europa que hace quince años exportaba más gas que Rusia ahora, hoy suple 47% de sus necesidades importándolo de Rusia, junto con 27% de sus necesidades de petróleo y 20% de las de carbón. ¡Cuán caro les está saliendo haberle temido más a Greta Thunberg que a Vladimir Putin!

Las enseñanzas para Colombia son claras. Mientras nuestras reservas probadas de gas han venido declinando, es claro que la explotación de los yacimientos no convencionales más que duplicaría esas reservas, como también sucede en el caso del petróleo. Pero esta explotación está enredada por los grupos anti-fracking, cuyos reales objetivos y financiación, como en el caso europeo, no son claros. Ellos han incluso buscado bloquear los pilotos de investigación científica, pues saben que estos demostrarán la seguridad de esta actividad, con lo que se despejaría el futuro energético nacional.

Colombia no debe aceptar esta interferencia injustificada en su desarrollo energético. Como tampoco puede aceptar la de los loquitos que hablan de acabar con su actividad petrolera en el país. El desarrollo de la sociedad se basa en disponer de energía barata. Y la más cara es la que no se tiene.

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