Columnista

El populismo, hoy

La democracia colombiana siempre ha sido precaria, porque nunca ha logrado conformar efectivamente una ‘comunidad política’ en cuyo marco todos nos podamos reconocer...

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Columnista
Alberto Valencia Gutiérrez. | Foto: El País

25 de mar de 2026, 01:22 a. m.

Actualizado el 25 de mar de 2026, 01:22 a. m.

Resulta paradójico que un gobierno tan cuestionado como el de Gustavo Petro presente en las postrimerías de su mandato una aprobación del 50,2 %, de acuerdo con el CNC. Con excepción de Álvaro Uribe, que terminó con un altísimo reconocimiento del 80 %, los demás presidentes desde 1994, cuando comenzaron este tipo de sondeos, han cerrado, por lo general, con niveles de aprobación supremamente precarios, entre el 20 y el 30 % a lo sumo.

¿Cuál es la razón de este hecho? Digámoslo en palabras de Humberto de la Calle: “La narrativa de Petro entró en el disco duro de una parte amplia de los colombianos” (El Tiempo, 22-III-2026). La izquierda, ampliamente relegada a un segundo plano en la época del predominio bipartidista liberal conservador, entró a hacer parte de lo que somos y han surgido nuevos sectores de población que reclaman su reconocimiento en la vida política.

Al escuchar a los candidatos presidenciales en sus peroratas de campaña, siempre me pregunto cuál es el país que tienen en la cabeza, cuál es su grado de sintonía con las nuevas realidades que hemos conocido en los últimos diez años o más. El tema fundamental en este momento es cómo garantizar un país incluyente. ¿Cómo resuelven este problema los dos extremos del espectro político? El panorama es sombrío. El asunto es que tanto a la derecha como a la izquierda la inclusión se entiende en el marco de un modelo populista.

No podemos identificar democracia con populismo. La democracia es un “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, según célebre frase atribuida a Abraham Lincoln en 1863. Y, en efecto, en este tipo de régimen político el fundamento de la legitimidad del poder no proviene de la fuerza ni de la tradición, ni de un supuesto origen divino, sino de los ciudadanos que participan directamente en la conformación de la autoridad política. Desde este punto de vista, un buen demócrata sería un populista. Pero ahí no está el problema.

Todos los populistas que hemos conocido se reivindican del pueblo, pero creando para ese mismo pueblo un ‘enemigo interno’ y un ‘enemigo externo’, que cambian de contenido de acuerdo con las diferentes versiones: J. E. Gaitán, J. D. Perón y H. Chávez enfrentaban al pueblo con las oligarquías, que cada uno definía a su manera. El populismo de derecha contrapone el pueblo, entendido como las ‘gentes de bien’, con las Farc y el ‘castro-chavismo’. La relación entre un ‘ellos’ y un ‘nosotros’, en todos los casos, provoca y justifica ‘los odios más inauditos’.

Pero la democracia es mucho más que eso: es el espacio en el que se despliegan las diferencias y las oposiciones, pero en el marco de un ‘piso normativo compartido’. Sin un ‘nosotros’ que nos abarque a todos, no hay comunidad política posible. Construir democracia no es oponer al pueblo a sus enemigos, sino establecer un ‘acuerdo práctico’ entre sectores con visiones del mundo distintas, para que puedan convivir.

El aporte del gobierno Petro, en contraste con una derecha por principio no incluyente, ha sido empoderar, en el escenario de la vida política, a un nuevo sector de la población tradicionalmente ‘marginado y excluido’, como decía Gaitán. Allí se encontraría precisamente la razón por la cual termina su mandato con la mitad de la gente a su favor. Pero su gran carencia es no haber logrado convocar un ‘gran acuerdo nacional’ donde cupiéramos todos. Aún estamos a la espera del cumplimiento de la promesa de su discurso de posesión en 2022.

La democracia colombiana siempre ha sido precaria porque nunca ha logrado conformar efectivamente una ‘comunidad política’ en cuyo marco todos nos podamos reconocer como pertenecientes a una misma ‘comunidad imaginada’ llamada Colombia. Un nuevo gobierno, que pretenda transformar efectivamente este país, en lugar de preocuparse por arrasar (o ‘destripar’) a su adversario, como prometen en coro casi todos los candidatos, debe poner el énfasis en la construcción de esos espacios simbólicos e institucionales que garanticen nuestra vida colectiva y nos permitan escapar de la polarización excluyente que ahora reina, bloquea nuestro futuro, nos impide desarrollar las diferencias y encontrar solución a los problemas que nos afligen.

Profesor Departamento de Ciencias Sociales Universidad del Valle e investigador del Cidse desde 16 de mayo de 1977. Doctor en Sociología de la EHESS de París. Fue Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas y director de los programas de pregrado, maestría y doctorado en Sociología. Escribe para El País desde 1998.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas

Gonzalo Gallo

Columnistas

Oasis