Columnistas
El costo de las ausencias en los debates electorales
De todos modos, al final de los debates, los medios identifican fortalezas y debilidades y es importante mostrarse con las primeras y desvirtuar, en lo posible, las segundas.
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1 de oct de 2023, 02:03 a. m.
Actualizado el 1 de oct de 2023, 02:40 a. m.
A partir de 1960, cuando se dio el primer debate televisado entre Richard Nixon y John F. Kennedy, estos eventos cobraron gran importancia. Hasta antes de esta emisión, el público tenía la percepción de un Nixon más preparado frente a su contendor aparentemente crudo para gobernar. La presentación dejó ver un Nixon demacrado (había estado hospitalizado hacía poco) e inseguro, y, en cambio, se destacó el carisma del atractivo joven opositor. Kennedy reconocería que los debates televisados le dieron el triunfo.
En España en 1993, Felipe González, gran orador y ‘sobrador’, estuvo a punto de perder las elecciones cuando se presentó sin la preparación adecuada ante José María Aznar, quien llegó muy bien documentado con cifras y cuestionamientos sólidos. En los debates posteriores, González aprendió la lección y pudo demostrar sus fortalezas con el apoyo de sus asesores.
Una de las mejores anécdotas de humor inteligente en los debates se dio en el debate entre Walter Mondale y Ronald Reagan, el aspirante con más edad en la historia de los Estados Unidos. El moderador le preguntó a Reagan si la edad no sería un inconveniente para dirigir el país. Regan contestó: " No haré de la edad uno de los asuntos de interés en esta campaña” y sagazmente agregó: “No voy a explotar con fines políticos la juventud e inexperiencia de mi oponente”. Esta hábil salida hizo historia.
Traigo estas anécdotas a colación por la importancia que deben tener los debates. Es la oportunidad para exponer asuntos cruciales de los planes de gobierno que el electorado no conoce; es también el momento de demostrar el temple y el carácter para asumir situaciones inesperadas; es la oportunidad para consolidar la imagen que los electores definidos tienen de su candidato, pero es también el chance de convencer a los indecisos y a quienes están pensando en votar en blanco. De todos modos, al final de los debates, los medios identifican fortalezas y debilidades y es importante mostrarse con las primeras y desvirtuar, en lo posible, las segundas. Lo que sí no cabe duda es que la ausencia de un candidato no es señal de fortaleza, sino de falta de preparación o de debilidad de carácter, o incluso, de arrogancia por creerse ganador.
Inspirándose en el país con más experiencia en debates, se argumentará para no ir que por algo los presidentes de los Estados Unidos no asisten a las primarias de sus partidos. Jamás han asistido porque usualmente quien aspira a la reelección ya tiene un sólido respaldo electoral en su partido y porque no dan la oportunidad a que se les diga que debían estar gobernando en vez de estar haciendo política partidista. Por eso, entre nosotros, la comparación no sirve. En cambio, la silla vacía del ausente es una oportunidad para generar muchas dudas sobre sus calidades de estadista.
He estado cerca de quienes desde las universidades, agremiaciones y medios de comunicación hemos trabajado en la preparación de los debates para Gobernación y Alcaldía. Por eso me consta la seriedad y profesionalismo de su construcción, temas serios, necesitados de ser expuestos por los candidatos, seguridad, transporte público, seguridad alimentaria, generación de empleo. Normalmente, los temas son enviados previamente a los candidatos porque no se trata de un ejercicio para corcharlos, sino de una oportunidad para conocer su visión de gerencia pública. Es satisfactorio ver el compromiso de muchos de los candidatos frente a esos temas. Pero da grima y rabia las disculpas de quienes escabullen esa oportunidad de la democracia y esa experiencia de contacto con el pueblo que aspiran a conducir.
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