Columnistas
¿De quién es la derecha?
El país no necesita salvadores, sino partidos que sobrevivan sin ellos.
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29 de sept de 2026, 01:51 a. m.
Actualizado el 29 de sept de 2026, 01:51 a. m.
Hace unos días, Enrique Gómez, uno de los senadores del círculo más cercano al presidente De la Espriella, llamó socialista a Álvaro Uribe, el hombre que lideró a la derecha colombiana durante dos décadas. No es una discusión sobre qué es ser de derecha, sino sobre quién tiene derecho a serlo. Gómez corre la frontera para dejar a Uribe afuera y abrir un espacio donde solo cabe una derecha legítima. En el fondo, es una puja por el poder.
Enrique es nieto de Laureano Gómez y sobrino de Álvaro Gómez Hurtado, a quien él mismo señala como el verdadero ideólogo detrás de la seguridad democrática que Uribe hizo suya. Acusa de socialista al heredero de las ideas de su tío. Esa tradición de lucha entre quienes piensan parecido no es nueva. Ya pasó con Bolívar y Santander, quienes fundaron la República. El Libertador confió el poder a su vicepresidente, y años después lo vio condenado a muerte por su presunta complicidad en el atentado que él mismo había sufrido, aunque le conmutó la pena por el destierro. De esa fractura nacieron dos facciones, los bolivarianos y los santanderistas, que darían origen a los partidos Conservador y Liberal.
Lo que empezó como una rivalidad política entre liberales y conservadores terminó en dos maneras opuestas de entender el país. Los primeros se declaraban el partido del progreso y los segundos los guardianes del orden. En la época de La Violencia, ese enfrentamiento dejó más de 200.000 muertos. Una década después, esos partidos que eran irreconciliables terminaron unidos y se repartieron la presidencia por dieciséis años bajo el Frente Nacional. Los enemigos que antes se habían enfrentado a muerte pasaron a gobernar juntos. Hoy le llegó el turno a la derecha, y otra vez el golpe viene de adentro.
Desde la campaña presidencial, la derecha se dividía en dos frentes. Paloma Valencia, la heredera de Uribe, y Abelardo de la Espriella, el outsider, competían por el mismo espacio. Todo indicaba que cuando culminara la campaña estos grupos serían aliados naturales unidos bajo la misma tesis. Sin embargo, tras la victoria del nuevo mandatario, la disputa ha venido escalando. El siguiente capítulo fue por la presidencia del Senado, De la Espriella respaldó a Alfredo Deluque en vez del candidato del Centro Democrático, y perdió.
Recientemente, Enrique Gómez, el mismo que meses antes buscó a Uribe para pedirle fusionar sus listas al Senado, ahora lo llamó socialista. Desde las huestes uribistas, el senador Rafael Nieto respondió al ataque argumentando que es una estrategia sistemática con propósitos electorales, pensando en el 2027. No hay aliados eternos ni enemigos perpetuos, solo intereses permanentes, decía el canciller británico Lord Palmerston en 1848.
En un país de partidos débiles, no creemos en programas o ideas, creemos en personas. Buscamos ese ídolo para que represente nuestras convicciones, lo protegemos como si fuera nuestra propia honra, y olvidamos que al final es un ser humano, con intereses y ambición de poder. Cuando nos decepciona, o aparece una alternativa mejor, lo cambiamos, como el cangrejo ermitaño cambia de caparazón. El país no necesita salvadores, sino partidos que sobrevivan sin ellos.
De la Espriella sigue el mismo libreto con su partido Defensores de la Patria para consolidarse como jefe único de la derecha. El pulso por ocupar este espacio ideológico está apenas empezando, y Freud dijo hace más de un siglo que las peleas más encarnizadas no ocurren entre extraños, sino entre quienes se parecen demasiado. El electorado de derecha no votó por esta confrontación. Por el contrario, buscaba un bloque unido frente a un rival compartido. Cada choque entre ellos es uno que sus adversarios políticos no tienen que dar. Mientras se desgastan por sus pequeñas diferencias, la izquierda celebra en silencio.
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