Opinión

Cultura de capa caída

Queremos salir de la violencia que desde hace tanto se tomó la vivencia de la república y no pensamos que uno de los remedios mayores es la cultura.

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Jotamario Arbeláez

1 de ago de 2023, 02:39 a. m.

Actualizado el 26 de dic de 2024, 08:22 p. m.

Para muchos la cultura sigue siendo un algo sofisticado, propio para personas de cierto refinamiento, que se gozan con las representaciones teatrales, los conciertos de música estilizada, la cinematografía, la danza, la historiografía, las exposiciones de pintura, de escultura, de arte postmodernícola, sin olvidar el circo, el espectáculo poético e incluso la lectura de libros. Para otros la cultura consiste en los buenos modales, en saber saludar, comer, comportarse, vestirse, pagar las deudas, incluso caminar y toser. Sin lo primero puede vivirse, incluso sin lo segundo, como lo viene haciendo la humanidad hace evos. Pero claro, nos seguimos matando, robando, engañando, como lo maleducados que nos han hecho.

Es mucho sin embargo lo que se ha avanzado con la cultura desde que Jehová improvisara el poema de siete versos que creó el mundo y su primera creatura fuera el poeta que se encargara de ponerle nombre a todas las cosas, después de señalárselas con el dedo a Eva que lo único que señaló fue una manzanita.

Yo que soy de extracción más popular que la de una muela, no hubiera podido vivir un día de mi vida sin el aire de la cultura. Que consiste hasta en ver el cielo y oír los pájaros, guarecerse bajo la lluvia y saber dar un beso o roer un hueso en el momento de menester.

Es obvio que la cultura no es solo el show para los entusiastas, sino la profesión o modus vivendi de quienes la cultivan, desde los niveles más sofisticados hasta los más populares, que es de allí donde nace y crece. Por eso cuando se anunció lo del cambio, con el actual gobierno, la mayor parte de los sectores interesados en este tema se solidarizó y trabajó por el triunfo de la causa. Lo hicieron cientos de afiliados a Poetas Pacto Histórico y a otras actividades artísticas, con el plausible resultado de que fue nombrada Ministra de Cultura una figura insigne de la misma durante toda su vida, que arriesgara por su obra y militancia. Y ¿qué ha pasado? Que sin que sepamos aún por qué fue despedida ante el pasmo de su real audiencia y se cumplen largos meses sin que se haya nombrado ministro de Cultura en propiedad. No es que los artistas, comenzando por la exministra, hayan tornado su sorpresa en desavenencia, pero de todas maneras ha quedado un mal sabor en la boca.

Queremos salir de la violencia que desde hace tanto se tomó la vivencia de la república y no pensamos que uno de los remedios mayores es la cultura. Después de la justicia, que ha de ser el primero. Pero un joven con un trombón no coge un arma ni para remedio. Ni un teatrero con un papel, ni un pintor con una paleta. Ni un buen lector en la biblioteca del pueblo. Y eso me tocó vivirlo cuando fui secretario de Cultura de Cundinamarca.

Y ahora que si nos pasamos a Cali en panorama es más que lastimoso. Se han quedado sin solvencia grupos de teatro que han sido el orgullo de la ciudad, se están cayendo las estructuras de los teatros, se han suspendido o postergado eventos estelares como el Ajazzgo. Pueden ser situaciones coyunturales de pronta solución, pero el personal está pasando las duras y las más duras. Menos mal que saldrán a flote los anunciados Festival Internacional de Poesía de Cali, el Festival Cali, mire, lea, y la Feria Internacional del Libro de Cali.

Mi cercano amigo Leonardo Medina, quien más se ha apersonado de las dificultades culturales de la ciudad, tiene la teoría de que con Dilian Francisca Toro como nueva Gobernadora del Valle la situación cultural del departamento va a mejorar. Tengo por la Gobernación la enorme gratitud de haber recibido un reciente Premio a la Vida y a la Obra. No me meto en política, pero si por allí va la causa, pues adelante.

Miembro fundador del movimiento nadaísta. Ganador de tres premios nacionales de poesía y uno internacional. Fue Secretario de Cultura de Cundinamarca. Recibió la medalla del Congreso en el grado de Comendador. Es columnista de El Tiempo desde 1990 y de El País desde 1998.

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