La Colombia real

Febrero 21, 2016 - 12:00 a. m. 2016-02-21 Por: Carlos Lleras de la Fuente

La realidad, como la verdad, suele ser dura y se rechaza instintivamente porque baja a los hombres del pedestal que cada ser humano ha levantado, para subirse al suyo “a como se pueda”, ya sea apoyándose en los cadáveres de sus congéneres, en los lingotes de oro mal habidos, en sus escritos calumniosos y en cualquiera otra forma. Este asunto es la meta de casi todos los colombianos quienes, una vez han trepado con éxito, inventan su pasado y garantizan un futuro al cual no tendrían acceso en un país serio.Para mantenerse con los pies sobre la tierra, comenzando por los maestros (que deberían ser los profesores y no lo son), para los aspirantes a formar parte activa de la organización del Estado, y por tantos profesionales apenas de nombre, hay que practicar el viejo aforismo de conocerse así mismo, tener una mente abierta al cambio y una naturaleza honesta, inquieta, que lleve a, como decía el campesino, “leiga pa que se instruiga”.Viene este comentario introductorio para hablar, después de haber comentado el concepto de tantos colombianistas extranjeros sobre la pobreza que afecta nuestro desarrollo y el de Colombia entera por ser en país de hipócritas, de vanidosos sin sustento y de historiadores y comentaristas mentirosos (por ignorantes o por pérfidos), quiero entrar una vez más al universo de la verdad dolorosa que emana de algunos escritos que la gente, en general, no lee, como ocurre con el libro sobre los colombianistas y también con el de Carlos Rincón (erudito, izquierdista y no sé si resentido) y otros autores que en el ámbito de la Universidad Javeriana han producido cuatro mamotretos (no es palabra peyorativa) de los cuales leí y comentaré el cuarto, único que conocía hasta hace poco.Al hojearlo con una de las personas impulsadoras del programa y colaboradora de textos, descubrí que los tres volúmenes que ahora llegaron a mis manos en calidad de préstamo, son -como el cuento- coherentes en su intento de contarles a los colombianos la verdadera historia de Colombia, tan maltratada por Henao y Arrubla y por otros autores casi todos conservadores, que se regocijan con una imagen parcial de Bolívar -el chavista- y del Partido Conservador, autor de la Constitución de 1886, tan maltratada por Núñez y sus ad lateres y en los luctuosos años de la hegemonía conservadora a partir de 1885 con un breve receso durante el quinquenio de Reyes y en eventos sórdidos como el asesinato de Rafael Uribe Uribe, maquinado por el eterno conspirador Pedro León Acosta (¿pariente de doña Soledad Acosta de Samper?) y autor del atentado a Reyes en Barrocolorao, bajo la ‘sabia’ conducción del arzobispo Herrera Restrepo, del asesinato del jefe liberal.Pues bien, sé que me tomará mucho tiempo leer y digerir los tres volúmenes que recibí hace pocos días pues no son de lectura de novela ligera, sino de historia apasionante y de lenta digestión.Reconozco que leer los cuatro volúmenes ‘de un tirón’, como antes se decía, puede llevar a cualquier colombiano medianamente culto y víctima de una paupérrima educación, al suicidio, de modo que ‘yendo piano’ he de llegar ‘lontano’ y para ello matizaré mi proceso de reeducación con la lectura de novelas que me distraen y no me generan complejos de colombiano, no sólo engañado, sino reacio a conocer la verdad.En este proceso, y no sé si en estos libros pero sí me ha ocurrido en otros, encuentra uno flechazos que hieren a queridos miembros de la familia como cuando Carlos Rincón escribe que mi tatarabuelo, respetada figura colombiana, bajo la inspiración del ‘mediocre botánico’ Mutis, se instaló en Popayán y creó un falso yo para que sus descendientes pudieran alegar con orgullo el parentesco, dando lugar a dinastías también mediocres… Dios perdone al calumniador.Refutaré la apreciación en su momento pero la honestidad del lector educado debe permitir enfrentarse a estos accidentes culturales sin perder la serenidad: todo sea por descubrir la verdad sobre este país tan carente de gracia alguna.¡Hasta la vista!

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