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Diversión vs. depresión

Terminada la lectura de los libros ya mencionados entré en un periodo...

7 de diciembre de 2014 Por: Carlos Lleras de la Fuente

Terminada la lectura de los libros ya mencionados entré en un periodo de depresión pues echar a la caneca a Nariño, Caldas, Torres, Lozano, Baraya, Armero y otros, y adicionalmente a mis antepasados que dedicaron su vida a la educación y al país en variados campos sin tener nada, ni pedir nada esforzándose para hacer de sus hijos personas de bien, como en efecto lo lograron, no es fácil. Efectivamente a los iconoclastas hay que leerlos con beneficio de inventario.Pasadas estas semanas y por algún comentario de periódico, pedí prestado El misterio de la orquídea calavera que no me convenció para nada, sobre todo el constante uso -a semejanza de Vargas Llosa en su último libro- de interjecciones étnicas cansonas e inútiles (Güey); nunca me arrepiento de lo que leo, pese a que no pude con El otoño del patriarca ni con Proust ni con Joyce; todo en la vida no ha de ser rigor pero Élmer Méndez bien podría cambiar de oficio.Por el contrario, leí con gusto La diosa mortal, de Enrique Serrano, porque es un libro erudito que exigió estudio e investigación, el personaje central es interesantísimo y, también porque un escritor colombiano raramente se remonta a la Roma Imperial para construir una trama, casi histórica de Livia Drusila, esposa de Augusto, madre de Tiberio, abuela de Claudio y bisabuela de Calígula, como nos lo recuerda la contraportada.Es una de esas obras, que como las monumentales de Santiago Posteguillo que con seis de sus libros, incluyendo el que acaba de publicar y que compré en el aeropuerto de Madrid, logra mantenerme despierto hasta ingerir casi 5000 páginas en relativamente pocos días. La Sangre de los libros es deliciosa lectura: reúne varios capítulos que describen, cada uno, una coincidencia historia: Cicerón y su defensa de Archia; De una mosca y un mosquito es una obra maestra de la literatura universal sobre la mosca que enterró Virgilio; Las tres conclusiones de Seneca; Los Versos perdidos de Dante; El proyecto secreto y La tumba perdida de Gutenberg; El asesinato de Lope de Vega; Una maravillosa aventura de Calderón de la Barca; Una jocosa anécdota de Quevedo; Ramsen y Woody Allen; Los poeta del Heavy metal (Coleridge, Espronceda); Notre Dame y Victor Huja; Víctor Hugo y Balzac y otros más. ¡Qué menú delicioso! Qué distracción para un día de lluvia y frío bogotano y para pasar cuatro horas en el aeropuerto de Madrid.Por último, acabé de terminar la trilogía de M.K. Hume, prolífica escritora que ha investigado todos los documentos y estudios que se han escrito, básicamente en Inglaterra, sobre la vida de celtas y de la callada y a veces violenta invasión de Britania por los sajones que acabó destruyendo las numerosas tribus celtas y adueñándose del poder hasta que Harold, rey de los sajones, fue derrotado en Hastings por Guillermo el conquistador, pero así como este último episodio sirvió para crear la leyenda de Robín Hood en época de Ricardo Corazón de León y Juan sin tierra, la lucha por la supervivencia de los celtas como nación dio origen a la leyenda del Rey Arturo, de Merlín y Morgana.La escritora no nos presenta a Merlín como un mago, sino como un sanador que vive todas las guerras sanguinarias que caracterizaron el final del poder romano en Britania y que, dedicado a su admirable oficio, va haciendo parte de toda la historia de esa remota época.Morgana, ella sí vidente (auncuando Merlín entraba en trances de profecías) no alcanza a desarrollar sus habilidades que a lo mejor, podrían inspirar otro escrito de M.K. Hume. Lo que puedo anticipar es que estos volúmenes con sus más de 1500 páginas son difíciles de dejar sin leer sobre una mesa.Sigo creyendo de que la clase de lectura que nos llega desde niños, va cambiando con la edad: mi padre me llevó a leer magníficos resúmenes de las grandes obras como La divina comedia y el Quijote, las novelas de Salgari y los libros de Verne; después pasé a los clásicos griegos y latinos, en mi adolescencia, y que alternaba con los clásicos de las novelas detectivescas, comenzando con Conan Doyle y Agatha Christie; llegaron después los libros de derecho y las grandes obras de la literatura colombiana y, por supuesto, Oscar Wilde, los Poetas malditos, Chateaubriand, Lamartine y toda la literatura francesa.A mi edad, he recaído en la novela y ahí me quedaré, aún con ocasionales deslices.