Columnistas
Antipropósitos 2026
Cada año respondo que este es un ejercicio de escritura con vocación colectiva. Una forma de poner por escrito una serie de límites mentales y un recordatorio de principios para no violar en el año que comienza.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


5 de ene de 2026, 02:18 a. m.
Actualizado el 5 de ene de 2026, 02:18 a. m.
Hace un lustro mi primera columna del año se titula Antipropósitos, y las reacciones son similares. Amigos y lectores, preocupados por lo que digo allí, y por el tono directo en que lo digo, me escriben para preguntar si estoy bien, si algo malo me ha pasado, si lo que describo como antipropósitos da cuenta de mi vida real, y si va dirigida a alguien en específico.
Y siempre, cada año, respondo que este es un ejercicio de escritura con vocación colectiva. Una forma de poner por escrito una serie de límites mentales y un recordatorio de principios para no violar en el año que comienza. Se basa en mis pensamientos, pero también en conversaciones, amigos, tendencias actuales, revisión de los buenísimos y neopuritanismos, y en general es un manifiesto de revolución personal para leer a lo largo del año.
Muchos de estos antipropósitos son difíciles de cumplir, pues llevamos tendencias muy ancladas en el ADN. No obstante, es un primer voto de rebeldía que, espero, disfruten tanto como yo disfruto, cada año, al escribirlo.
Ahora sí:
Antipropósitos 2026
Este año no compro la idea de que ser sensible es un defecto, de que cuidar la prudencia de las palabras es ser mojigato o poco genuino, de que brillar mucho es ser orgulloso, de que honrar los propios límites es ser soberbio, de que respetarse a sí mismo es ser egoísta, de que quererse mucho es ser vanidoso, de que arreglarse y vestirse es competir; de que socializar y disfrutar hacer amigos nuevos es ser utilitario u oportunista.
Este año no permito más lecturas minimizantes de lo bueno que hay en mí. No me quedo donde se llame a los talentos, debilidades y a las virtudes, motivo de vergüenza. No me apago para no encandelillar, no me minimizo para caber, abrazo mi brillo como don de Dios y regalo para el mundo.
Este año dejo de ofenderme tanto por las palabras que considere imprudentes y toscas. Entiendo que hay gente naturalmente torpe, distraída, imprudente o simplemente deprimida. Y que eso no los hace necesariamente malos.
Este año no me pongo en situaciones incómodas. No voy. No vuelvo. No me demoro. No finjo. No tengo tanto miedo a ser descortés con quienes son descorteses conmigo. No uso mi amabilidad en mi contra.
Este año no me hago pequeña e invisible para encajar. Me pongo el vestido de boleros, desempaco el traje de luces y encandilo; llevo los labios tan rojos como quiera, renuncio a ser beige y discreta, ni en camiseta vieja ni en pijama. Abrazo a quien abrace mis rarezas, singularidades y señales particulares.
Este año no se me notará tanto todo, pienso entrenar la inédita habilidad de la neutralidad. Este año creo más en mis instintos, no me convierto a mí misma en insumo gratuito.
Este año no argumento tanto con quien no está en capacidad de entender, administro mi energía y palabras como un tesoro. Este año no espero peras del olmo, ni proyecto en cada persona las expectativas sublimes a las que me tienen acostumbrada mis amigos.
Este año deshago los contratos que ya no representan mi presente y mi versión actualizada. Libero en la Tierra lo que se liberó en el Cielo.
Este año no firmo ningún acuerdo energético nuevo sin leer la letra menuda y entender las consecuencias futuras; no firmo por ser amable, no firmo por deseo de complacer, no firmo por ilusión o ingenuidad, ni por idealismo, sensiblería o emocionalidad.
Este año tomo la decisión de no dejarme robar la alegría. Este año, si me voy, quemo el barco como los vikingos. No me impaciento con los groseros, no me ofendo con los descorteses, no me hiero con los envidiosos. Este año administro mejor la empatía.
Este año no aplazo lo urgente, ni lo importante. Este año recupero la disciplina que se pierde cuando permites que los vampiros emocionales roben tu tiempo, recursos y energía. Este año escribo más. Este año me doy a mí misma todo lo bonito que he dado afuera.
Este año no cometo errores viejos. Este año recalibro mis prioridades y me tengo fe. Este año no. Este año sí.
Este año renuncio a las creencias de pánico, abrazo la fe y la esperanza. Renuncio a los relatos de amargura, me uno a brindis y celebraciones. Este año no me preocupan tanto las críticas, que Dios nos haga justicia a su debido tiempo.
Este año menos apellidos y más méritos, menos qué dirán y más cariño sin esfuerzo. Este año me distancio de la negatividad, me abro a recibir toda la abundancia y las buenas sorpresas. Este año renuncio a la dificultad y los esfuerzos descomunales como centro de mi validación, y acepto la abundancia inocente, los regalos del Universo que llegan porque sí, las maravillas que se hacen encontradizas a mi paso.
Para los lectores, gracias por otro año de caminar de la mano con estos seres llamados columnistas, gracias a quienes lo detienen a uno para saludarlo, quienes comparten y comentan, quienes mandan mensaje o encuentran un gazapo. Y por encima de todo, que tengamos el antipropósito de no perder la fe en Colombia. Será un año de desafíos, pero nuestra alma es más grande.

Paola Guevara (Cali, Colombia). Escritora, periodista, editora y columnista de Opinión. Sus novelas 'Mi Padre y Otros Accidentes' (autobiográfica) y 'Horóscopo' (ficción), publicadas en español por Editorial Planeta y traducidas al italiano por Cento Autori, están en proceso de llegar al cine. Tras 21 años de destacada trayectoria en importantes medios de comunicación escritos nacionales y regionales, como Revista Cambio, Cromos, Casa Editorial El Tiempo o El País Cali, entre otros, desde el año 2022 es Directora de la Feria Internacional del Libro de Cali. Asesora en Protocolos de Familia, conferencista, gestora de proyectos editoriales y coach de escritura creativa, en la actualidad vive en Cali y escribe su tercera novela.
6024455000





