Elisita

Febrero 19, 2016 - 12:00 a. m. 2016-02-19 Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Elisita Éder fue parte de las fantasías de mi infancia. Mi madre Margarita Gamboa, profesora de castellano hablaba a menudo de los niños Éder no solo por ser alumnos aventajados sino porque eran educados por institutrices de habla inglesa, tenían que aprender el español y vivían en ese entonces en Manuelita en medio de los cultivos de caña.De Elisita siempre se refirió como esa niña inteligente y espontánea que había sido secuestrada a los tres años y a esa edad pudo dar fe de lo que le había sucedido, entre otras cosas que le daban sopa de sapo. No sé si las continuas referencias de mi madre eran para que yo la tomara como ejemplo o si más bien para disuadirme de callejear, mi deporte favorito en esos años en que usar caucheras para pegarles a los pájaros era políticamente correcto. Lo que sí es cierto es que en mi mente infantil siempre fue alguien de admirar, alguien a quien yo debía conocer.Más tarde tuve varias oportunidades de compartir con ella, nos hicimos amigas, la música clásica que para ella era parte de su vida nos acercó desde la Orquesta Sinfónica del Valle, que siempre contó con su gran apoyo, los Festivales de Música de Cámara, Francesco Belli, el director de Orquesta con quien ella hablaba en impecable italiano y el Festival de Música Clásica de Cartagena donde Elisita era una invitada permanente.Si bien era una melómana irreversible también gozaba en una fiesta de rock o de salsa y de la hora loca que últimamente amenizaba las reuniones. Era una persona regia para invitar, nunca decía que no, ya fuera a un almuerzo elegante o a visitar la Eco-aldea de las mujeres donde pasó la prueba de fuego probando las bebida de noni sin hacer un gesto de repugnancia. No tuvo reparo en visitar el museo comunitario de la cultura Malagana, poco conocido en los ámbitos antropológicos donde admiró las exquisitas cerámicas de las Diosas de la vida elaboradas por las mujeres de Malágana o Kansatewra, una cultura que floreció a principios de la Era Cristiana pero que probablemente sucumbió más tarde al ser destruida por pueblos guerreristas y menos matriarcales.Yo la llamaba a veces y salíamos al almorzar, tenía un sentido del humor inglés. De ella aprendí a reírme de mi misma, a no tomarme demasiado en serio. Los almuerzos los prolongábamos, el día de Elisita era para compartir y pasar rico. Ese día no había compromiso que fuera más importante y nos daban las cuatro o cinco de la tarde. Nunca hablaba de sus achaques y por eso todos creíamos que Elisita era inmortal. Y así lo será pues su memoria quedará para siempre entre aquellos que la conocimos y gozamos de su amistad.

Lee todo el contenido de El País sin límites. Suscríbete aquí
VER COMENTARIOS