Progreso entre discrepancias

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Progreso entre discrepancias

Enero 07, 2020 - 11:40 p. m. Por: Álvaro Guzmán Barney

1º de enero de 2020 a las 10:00 a.m. en la iglesia colonial de Tópaga en Boyacá, declarada patrimonio nacional. La iglesia tiene una particularidad en medio de su belleza: en el arco antes del altar sobresale, en la parte superior, una imagen de la divinidad cristiana y en la inferior una figura del diablo. No se sabe cómo interpretar la escena: si se quiere decir que el Dios cristiano siempre doblega el mal, o bien, al observar la figura activa del demonio, que el dominio divino nunca es perfecto y que siempre acecha la presencia del mal.

Me impactó cómo algunos feligreses oraban en la parte trasera de la iglesia, mientras se llevaba a cabo la posesión del nuevo alcalde justo ante el altar, con un efusivo discurso de agradecimiento a sus copartidarios y esbozando sus propuestas para el pueblo de Tópaga. Asistían representantes del nuevo Concejo, de las autoridades militares y de Policía e intervino una joven cantante que no entonaba precisamente villancicos. Todos muy bien vestidos, con lágrimas de emoción por el evento político y dentro de la mayor cordialidad, sin llamar a las animadversiones políticas de antaño y menos a la violencia partidista.

Tuvieron que tener el permiso del párroco, pero más allá de la contradicción entre el evento político, el lugar sagrado y las prácticas religiosas que se llevaban a cabo en el mismo lugar, se respiraba un ambiente de tranquilidad y normalidad para los asistentes. Como observador externo, podría ver críticamente lo que sucedía, desde una perspectiva axiomática, pero me incliné más bien por valorar positivamente la amalgama de interacciones que reflejaban regocijo colectivo. Algo muy distinto sucedió en otras épocas cuando la violencia y la política se agenciaban desde el púlpito. Ciertamente en medio de contradicciones, ese microcosmos muestra una nueva sociedad en construcción, alejada de la violencia y pensando en el bienestar de los ciudadanos.

Seguramente eventos similares se repitieron con sus propias características culturales a lo largo y ancho del país. A pesar de los intereses y de las fuerzas violentas que persisten, nuestra patria no es igual y ha cambiado notablemente con la Constitución del 91 y con los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las Farc de 2016. Esto se palpa recorriendo el país y escuchando a sus habitantes, incluso en regiones tan afectadas por la persistencia del conflicto armado como el Norte del Cauca.

Allí los líderes sociales, indígenas y afros, han dado pruebas de resistencia y oposición a los actores armados, de defensa de sus formas de vida y de búsqueda de acuerdos de gobernanza con las autoridades regionales y nacionales. Esto incluye a otros sectores sociales de clases medias que usualmente no se mencionan y a los empresarios, definitivos para el desarrollo regional. Hace falta promover el diálogo y los acuerdos entre estos actores en las regiones, como espacios territoriales y sociales en los que pueden concretarse intereses comunes de paz, convivencia y bienestar. Las regiones son los espacios futuros de la convivencia y del desarrollo sostenible.

En Colombia, la sociedad de base es la que está llamando al cambio social progresivo. Los analistas colombianos debemos percatarnos de ello. La opinión de organismos internacionales, comenzando por la ONU, de Gobiernos extranjeros y ONG que ven en Colombia un caso particular y prometedor, en medio de los conflictos globales, es sustentada y nos envía un mensaje en este sentido. Es el momento de profundizar la Paz y la Convivencia, más allá de los acuerdos firmados y de su necesaria implementación.

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