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La novela
del 9 de abril

Abril 13, 2021 - 11:40 p. m. 2021-04-13 Por: Alberto Valencia Gutiérrez

El pasado viernes se conmemoró un aniversario más del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y varios columnistas se han manifestado acerca de lo que significó este acontecimiento en la vida nacional. Gaitán no utilizaba escoltas porque consideraba, con exceso de confianza, que el pueblo protegería su vida. Pero advertía que en caso de que le ocurriera algo, las aguas no regresarían a su cauce en los próximos 50 años. Han pasado 73 y aún vivimos arrastrados por una corriente borrascosa.

Gaitán provenía de una clase media baja y logró hacerse a pulso en una época en la que obtener el bachillerato, graduarse de abogado y tener la posibilidad de estudiar en Italia con Enrico Ferri, connotado penalista de la época, era una hazaña para un joven de su extracción social. A su regreso se hizo elegir en la Cámara de Representantes y adquirió gran prestigio con la denuncia de la masacre de las bananeras de diciembre de 1928. Ocupó sin mucho éxito cargos de Alcalde de Bogotá, Ministro de Educación y del Trabajo pero su verdadero impulso provino de su labor como abogado penalista y de su oratoria, capaz de congregar inmensas multitudes de manera espontánea.

La política en aquella época se hacía de manera oligárquica, las decisiones eran tomadas por un pequeño grupo y luego, gracias al inmenso ascendiente que los líderes tenían en los sectores populares, se imponían a los ciudadanos. Gaitán “le metió pueblo a la democracia”; convirtió a los sectores excluidos y marginados en actores políticos que, gracias a su líder, podían aspirar a ser protagonistas de la vida nacional.
“Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, fue una de sus grandes consignas. El impacto de esta nueva forma de hacer política tuvo inmensas repercusiones en aquel entonces.

La muerte de Gaitán sirvió de acelerador de una violencia que había comenzado en el segundo semestre de 1946 con el cambio de la hegemonía liberal a la conservadora. Sin embargo, en el imaginario colectivo de este país, contra todas las evidencias, su asesinato aparece como la causa de todo lo que vino después, bajo la idea de que de no haber ocurrido las dimensiones del holocausto hubieran sido mucho menores. Su muerte aparece como la “ruptura trágica de un pacto social” que se había establecido entre liberales y conservadores, que dio lugar a la irrupción de una ‘barbarie’ que se encontraba supuestamente latente en la idiosincrasia del campesino colombiano.

La historia no está construida sólo de hechos concretos y medibles. Detrás de los acontecimientos hay relatos de ficción, que se convierten en imaginarios colectivos, que determinan la vida de los pueblos. El 11 de marzo de 1949 el periódico La voz del Líbano, para describir lo que estaba ocurriendo en Tolima, publicó un editorial llamado ‘La Violencia’ (con mayúscula). La ausencia de un juicio de responsabilidades con respecto a la muerte de Gaitán favoreció que esta denominación se difundiera y se convirtiera en el nombre propio del ‘cataclismo’ que se había abatido sobre la sociedad colombiana: una “fuerza impersonal y ciega”, donde no había responsabilidades ni intereses en juego precisos.

El ‘cadáver insepulto’ de Gaitán sigue presente en la vida colombiana desde entonces. La asignación de responsabilidades no es un simple problema de meter a alguien a la cárcel, sino de llevar a cabo una elaboración simbólica y ritual de un suceso para cerrarlo, hacer el duelo y emprender una nueva etapa. Ante esta carencia, como en una novela garciamarquiana, el ‘lugar vacío’ de la responsabilidad hace que todo gire en un círculo vicioso, sin solución, sin salida y sin esperanza, como en Macondo. La misma imposibilidad que existe de asignar responsabilidades por la muerte de Gaitán es la que existe actualmente para asignar responsabilidades frente a la ‘inquietante extrañeza’ de una violencia que sigue apareciendo en la conciencia de los ciudadanos como “una potencia anónima que siembra la destrucción a su paso”. El fantasma sigue vivo, como un ‘alma en pena’ que no ha logrado encontrar, como diría Freud, “comprensión y redención”.

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