El pánico de la paz

El pánico de la paz

Abril 16, 2019 - 11:40 p.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

¿Por qué nuestra gente tiene tanto pánico a vivir en paz? Al revisar la historia de los últimos 65 años nos podemos dar cuenta que cada que se produce un esfuerzo gubernamental importante en favor de la convivencia, se desatan desde diversos puntos ‘fuerzas infernales’ para boicotear las buenas intenciones. Hasta los propios protagonistas se convierten en traidores de sus proyectos y los grupos armados, en muchas ocasiones, son más retrógrados que sus contradictores.

El primer caso fue el del general Rojas Pinilla. El país estaba incendiado por el fuego cruzado de liberales y conservadores. La llegada de un militar a la Presidencia de la República en 1953 produjo confianza en los alzados en armas y en pocas semanas se entregaron más de 3500 hombres, amparados por la idea de que la insurrección estaba motivada por razones de fuerza mayor. Sin embargo, algunos meses después, en 1955, como si desconfiara de lo logrado por su iniciativa, el propio Rojas lanzó una ofensiva de ‘tierra arrasada’, ciega y brutal, contra la región de Sumapaz al sur de Bogotá, con el propósito de luchar contra el comunismo, borrando con una mano lo que había hecho con la otra.

Tuvieron que pasar 29 años para que Belisario Betancur se atreviera a lanzar de nuevo una propuesta de paz. No obstante, su política abrió las posibilidades de desarrollo, no de la paz como eran sus intenciones, sino de la guerra. Como si se sintieran amenazados, los más diversos actores políticos se realinearon y se prepararon para la confrontación. El número de presos políticos disminuyó y aumentaron los desaparecidos. Las guerrillas aceptaron a regañadientes la propuesta. Los narcotraficantes redefinieron sus estrategias y se organizaron las autodefensas del Magdalena Medio. En varias ciudades sectores de élite consideraron que las prostitutas, los mendigos y toda la ‘caterva’ de la población marginal eran enemigos potenciales del orden social y promovieron ‘violencias de limpieza’. Un ‘gran pánico’ se apoderó del país, ante el temor de que con la política de paz emergiera la Colombia excluida y se produjera una revolución social, comunista una vez más, de gran magnitud.

El tercer caso tiene que ver con la política de paz del presidente Santos. Como en el pasado se desataron los temores más primarios, bajo la idea de que el comunismo, un movimiento casi inexistente en Colombia, país profundamente conservador, se iba a apoderar de todo para destruir la familia, el ‘amor romántico’, las costumbres cristianas, etc. El balance que se puede hacer del boicot a la paz es enorme, empezando por el propio equipo de gobierno de Santos, que de manera negligente descuidó la implementación de los acuerdos. Y muchos otros han aportado su granito de arena para que la paz no sea posible, desde el Congreso, los partidos, la opinión, la ‘sociedad civil’. El propio presidente Duque ha hecho su contribución con las objeciones a la JEP, con la disminución del presupuesto de la ‘Comisión de la verdad’, con el nombramiento de cierto tipo de personas en puestos claves, para sólo citar algunos aspectos.

Todo aquel que proponga reformas es tildado de subversivo, estableciendo así una polarización entre dos extremos que no dan juego. Y mientras tanto la situación es cada vez más preocupante. Los meses posteriores a la firma de los acuerdos representaron una baja significativa en el número de homicidios. El informe de la última revista Semana nos muestra que la situación de seguridad tiende a empeorar y no es difícil suponer que nos encontramos frente a la amenaza de un resurgir de la violencia. Los que creemos en la paz seguimos esperando que irrumpa un gran movimiento ciudadano, en el centro del espectro político, que pueda dar una nueva orientación al rumbo errático que ha ido tomando un país temeroso del cambio, que la paz puede ofrecer.

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