Todos al monte

Todos al monte

Junio 23, 2019 - 11:35 p.m. Por: Alberto Silva

En 1816 el estado de depresión económica y social de la comarca vallecaucana llegó a niveles de desastre. Durante 6 años había provisto de hombres y abasto a los ejércitos granadinos. No se cansó de sacrificar reses para alimentar las tropas hasta llevar la ganadería a niveles críticos. Lo mismo sucedió con la producción de maíz, arroz, azúcar, panela y alcoholes, cuando los molinos y trapiches se exigieron al máximo. Igualmente la agricultura padeció falta de mano de obra; ésta la tuvieron que aportar las mujeres y los niños.

Los combatientes vallecaucanos buscaron refugio en las impenetrables selvas existentes todavía en la planicie de aquella época y en las espesas montañas, para levantar sus toldas de campaña y establecer campamentos móviles, desde donde hostigarían a los realistas en los siguientes tres años de ocupación española. Se destacaron las guerrillas de Pedro Murgueitio, Joaquín Bermúdez conocido como Guasca, José Ignacio Rengifo Palacios, Juan María Álvarez y Ramón Garcés, y los sitios escogidos: las montañas de Barragán cerca del Hato de Lemos, en jurisdicción de Toro y Tuluá; Chinche, la Quisquina y Calucé en Llanogrande, Palmira, y Calima cerca de Buga.

Establecidos nuevamente los españoles en el Valle, la conducta contra los vallecaucanos rebasó todo pronóstico de crueldad. Establecieron el reclutamiento de jóvenes para cumplir los más miserables trabajos como cargueros de las tropas realistas y sus padres fueron destinados por Francisco Warletta a trabajar en la apertura del camino de Anchicayá, que se convertiría en tumba de muchos por las condiciones de insalubridad en la selva del Pacífico. En aquellos parajes enfermaron hasta morir casi la totalidad, víctimas de fiebres palúdicas, disenterías, falta de abrigo y de alimentos. Un poema anónimo lo resume todo: Camino de Anchicayá/ Sepultura de hombres vivos/ Donde se amansan los guapos/ Y lloran los afligidos.

No fue distinta la situación de los republicanos vallecaucanos durante los años siguientes de dolor. Las cabezas visibles de una sociedad desahuciada, desaparecieron en la medida que los fusilamientos ocurrieron en poblaciones de la Provincia de Popayán, en especial Cali. El desfile de mártires fue continuo.

El fusilamiento de ilustres personajes vallecaucanos, cometido por los realistas, eliminó a una generación de sus mejores hombres, 53 en total, de una población de 100 mil almas en el valle geográfico del río Cauca. Esa fue la razón del poco protagonismo que tuvieron luego los vallecaucanos en los altos cargos del Estado una vez terminada la contienda durante la segunda mitad del Siglo XIX y la primera del Siglo XX y que tampoco pudieron estar en los cuadros de mando del ejército del Libertador Simón Bolívar. Esos mártires por supuesto eran los más representativos de sus poblaciones; los españoles fusilaban a los patriotas más preparados, por eso no tuvieron la oportunidad de dejar descendencia culta y educada. Además el ciclo nefasto se acrecentó por la carencia de escuelas y medios económicos de Nueva Granada tras el conflicto.

La humillación de las familias llegó a niveles de desesperación. Pueblos arrasados, hogares destruidos, el campo sin producción y desamparado, dieron oportunidad a las tropas del Rey para saquear y depredar sin consideración. Siete (7) mujeres del Valle geográfico fueron fusiladas: en Quilichao Rafaela Denis (1814) y María del Carmen Olano (1820); en Toro Carlota Rengifo y Dorotea Lenis (1815); en Palmira Dorotea Castro con su esclava María Josefa Costa (1817) y Bárbara Montes en Caloto (1820) quienes reclaman del Estado en justicia, a gritos, el mismo trato dado por la historia a Policarpa Salavarrieta.

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