Camino del infierno

Camino del infierno

Marzo 17, 2019 - 11:35 p.m. Por: Alberto Silva

Piensen amigos lectores en el camino de herradura entre Pasto y Popayán en 1814, con cabida para dos bestias como mucho, dividido en dos tramos: el primero desde Pasto hasta Buesaco, localidad situada estratégicamente antes de cruzar el río Juanambú, único paso viable hace doscientos años celosamente guarnecido por tropas realistas compuestas por soldados ecuatorianos, peruanos y pastusos del Rey. El segundo tramo entre Buesaco y Popayán, en un trayecto de 200 kilómetros a lo largo del cual habían sido volcados los habitantes mestizos del Patía, Taminango, La Venta (hoy la Unión), Mercaderes, El Trapiche (hoy Bolívar) Almaguer y El Tambo para masacrar a las tropas en retirada de José María Cabal comandante del Ejército de la Unión, que pasarían por ahí después de la Batalla de los Ejidos de Pasto. Desde los púlpitos les habían metido en la cabeza que las tropas patriotas eran infernales, habían venido para acabar con la religión católica y el Rey. El general José María Cabal era el demonio.

Ejerciten más la mente y consideren la situación de los patriotas después de una campaña de dos meses en que tuvieron que transitar ese camino de ida y vuelta entre extensos espacios abiertos a lado y lado cubiertos de potreros, rastrojos espinosos y montes en proceso de deforestación que habían sido sitio de asaltantes, de comerciantes y viajeros, entre Quito y Popayán durante siglos. Las tropas patriotas regresaban casi descalzas, con sus ropas raídas y en condiciones famélicas fruto de la carencia de víveres por la distancia a que habían llegado de la fuente de suministros.

El regreso de las tropas patriotas desde Pasto a Popayán es uno de los temas intocados por los historiadores colombianos. En él se dieron actos de valor, de barbarie, de sacrificio y caridad humana nunca vistos.
Además de la abrupta topografía, la inmensa distancia y las condiciones climáticas con el intenso frío de los páramos y el infernal calor de la hoya del Patía, los patriotas debieron sumar el continuo ataque de los fanáticos habitantes de la zona que atravesaban, dispersos en guerrillas conocedoras del terreno y convertidas en constante tormento sobre la retaguardia del cuerpo principal.

Después de cruzar el Tablón de Gómez, la desdichada caravana iba dejando a su paso durante quince días, lúgubres hospitales, ranchos improvisados en el camino apenas techados con hojarasca, llenos de combatientes heridos muriéndose de hambre, sedientos, atacados por fiebres palúdicas o con dolorosas heridas infectadas, un cuadro espectral, donde aquellos infelices veían alejarse a sus compañeros a la espera de que el enemigo llegara con sus machetes a darles el mortal degüello, o a rifarlos para ensayar con ellos los mandobles, golpes o estocadas de muerte, para después colgarlos en los árboles como tétrico escarmiento.

Allí en ese viacrucis, José María Cabal intuyó el plan sobre la guerra de guerrillas que más adelante plantearía a la Junta de Popayán, el cual no fue atendido en su momento cuando llegó la Reconquista española. De esta manera terminó la incursión del Ejército de la Unión a Pasto. Se pagó un precio muy alto por la inexperiencia de nuestros primeros militares, su desconocimiento de la geografía y de las enormes distancias, pero especialmente por las traiciones y egoísmos que estuvieron a la orden del día. El Colegio Constituyente eligió presidente-gobernador del Estado a Manuel Santiago Vallecilla.

Ocho años después en 1822, Simón Bolívar rumbo a la Batalla de Bomboná repitió el doloroso papel de José María Cabal: sepultar esta vez las 600 calaveras de los patriotas heridos y enfermos masacrados, encontradas blanqueadas al sol y esparcidas en el infernal camino. Esa osamenta era el testimonio de la mitad de los 1.200 granadinos escapados de Pasto.

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