Las huellas del conflicto armado en los niños y adolescentes colombianos

Las huellas del conflicto armado en los niños y adolescentes colombianos

Enero 18, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Meryt Montiel Lugo | Editora Equipo de Domingo
Las huellas del conflicto armado en los niños y adolescentes colombianos

Luis y Camila hacen parte de los 169 alumnos de la Escuela de Música de Toribío. Ellos dicen que tocar los ayuda a olvidarse de la violencia.

Estudio en Colombia revela las secuelas de la guerra en menores de edad. Experta israelí asegura que el 90 % de los infantes puede superar los traumas.

Ansiedad, aislamiento, dificultades para relacionarse con otros, retraimiento, problemas para usar constructivamente el tiempo. Agresividad, bajo rendimiento escolar, sentimientos de culpa, poca capacidad para sentir alegría... Estas son algunas de las huellas psicosociales que deja el conflicto armado en niños y adolescentes colombianos que lo han padecido directamente o que han estado vulnerables a él. Lea también: “Tenemos mucha fuerza mental”: experta en traumas originados por conflictos armadosSon estas unas de las conclusiones de un estudio realizado por el ICBF con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones, OIM, y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Unicef, en 17 departamentos de Colombia en 2013 y que será dado a conocer al país en próximos días. En esta investigación participaron 1680 menores de entre 8 y 17 años que fueron víctimas de reclutamiento ilegal, violencia sexual, de minas antipersonales, desplazamiento y orfandad como consecuencia de la guerra, y 680 que no eran víctimas, pero sí vulnerables. Claudia Patricia Guarnizo, profesional en atención psicosocial del ICBF y una de las líderes de la investigación comentó a El País que cada grupo poblacional (huérfanos, desplazados, abusados sexualmente, etc.) tiende a presentar en mayor o menor grado ciertas alteraciones. Es así como los niños que fueron reclutados ilegalmente, dice, presentan mayores afectaciones en la mayoría de indicadores, específicamente en salud, en procesos asociados al afecto (son los que tienen mayor problema para relacionarse con sus padres, amigos y la comunidad), en procesos emocionales y en el tema de juicios morales. “Son ‘ventajosos’, responsabilizan a otros de sus comportamientos, no aceptan sus responsabilidades, distorsionan las consecuencias de sus actos. Con ellos tenemos que trabajar mucho el tema de juicio moral”.En los procesos emocionales internos, continúa Guarnizo, los más afectados son las víctimas de violencia sexual quienes se aislan, tienen quejas somáticas, presentan ansiedad, tienen distorsiones de pensamiento y problemas de atención. Para las entidades que lideraron este estudio los resultados del mismo (ver gráfico) les facilitará la definición de acciones que fortalezcan la atención psicosocial de los menores afectados por las confrontaciones.Pueden salir adelanteDe acuerdo con Nira Kaplansky, experta en trauma y resiliencia de niños víctimas de la guerra palestino-israelí, entre otros conflictos, el 90 % de los menores afectados por una guerra se recupera por sí mismos con el tiempo, siempre y cuando el conflicto se haya resuelto o pasado a planos diplomáticos. “Solo el 10 % queda con síntomas que necesitan intervención psicológica”. La resiliencia, esa aptitud que tienen las personas para sobreponerse a las más severas adversidades es más fuerte en los niños, explicó la magister en Arte-Terapia de la Universidad de Sury, Londres, porque ellos tienen la capacidad de reprimir más rápido que los adultos la presencia de traumas y miedos. “Ellos por su imaginación disminuyen la sensación de impotencia y amenaza”, sostuvo la profesional durante el Congreso Internacional de Pedagogía e Infancia, organizado recientemente por la Universidad de la Sabana, en Bogotá. Generalmente, dijo Kaplansky en su ponencia, basada en estudios y en su experiencia de más de 25 años, los niños que han sido afectados directamente por la violencia vuelven a su vida normal en dos, máximo tres meses. Pero si no reciben tratamiento pueden quedar con secuelas para toda la vida.Si el conflicto persiste, lo mejor para la salud mental de los menores es que sean alejados de la zona de peligro hasta la finalización de las hostilidades. Una cifra esperanzadoraPara Ingrid Rusinque Osorio, directora nacional de Protección del ICBF, el hecho de que el 90 % de los menores víctimas de la guerra pueda superar los traumas es una cifra “esperanzadora”, ya que los niños tienen gran capacidad de resiliencia y si están en un entorno que los favorece: van al colegio, cuentan con el cariño y acompañamiento de sus padres, de sus familias y la sociedad los acoge, seguro pueden salir adelante.En el estudio colombiano, en el tema de resiliencia, en el que se midieron variables como la perseverancia, la confianza en sí mismos, el manejo de la soledad y la satisfacción personal, comenta Guarnizo, se encontró que los que más se tienen confianza son los niños víctimas de minas antipersonas y en segundo lugar, los desvinculados del conflicto. “Creemos que se debe a que ellos están en un programa cerrado de atención especializada 24 horas con sicólogo, trabajadora social, terapeutas, lo que significa que el programa, en el que un joven en promedio permanece dos años y medio, está haciendo un efecto positivo para que salgan adelante porque sus niveles de resiliencia aparecieron en un nivel medio alto”, dijo Guarnizo.En el terrenoEl País viajó a Toribío, Cauca, una de las poblaciones en Colombia más afectadas por las tomas y ataques de la guerrilla, para conocer las impresiones de la gente sobre estos estudios. En la Institución Educativa Toribío, la rectora Rosbita Gómez corrobora, que en efecto, los niños de la localidad quedan muy afectados por las confrontaciones armadas. “Como las casas quedan destruidas, nos comentan los papás, los niños no quieren volver a ellas, tienen pesadillas, se despiertan mucho en las noches, no comen, no están tranquilos, no quieren quedarse solitos en una habitación, entonces la solución que encuentran los padres es irse del pueblo y se produce entonces desplazamiento y deserción escolar”.En el colegio muchas veces, agrega la rectora, “los niños estallan las bolsitas de sandy, de jugos y ahí mismo todos, niños, jóvenes y adultos brincamos siempre, nos asustamos por cualquier ruido porque lo de la ‘chiva bomba’ (en abril de 2011) fue muy duro, nos afectó mucho”.Por eso ella no se muestra optimista ante la cifra del 90 % de niños que se recupera fácilmente. “En Toribío por lo menos no”, dice la rectora con contundencia, “porque la intensidad de la guerra es alta y las ayudas sicológicas son muy pocas”.Trae a colación entonces el caso de Cristian, un destacado estudiante de séptimo grado, de 14 años, quien, después de la chiva bomba, que dejó su casa destruida porque quedaba a media cuadra del puesto de Policía, no quería volver al colegio, se volvió agresivo, no deseaba que nadie se le acercara y le hablara, se volvió solitario, mermó su rendimiento académico y debido a eso sus padres lo retiraron y se mudaron a Caloto. “Él decía que ya no servía para estudiar”. Similar apreciación tiene la profesora de primer grado de primaria de la institución Leiby Ramos, quien ha enseñado a sus pequeños cómo refugiarse cuando sucede una toma guerrillera y los distrae con canciones y oraciones mientras cesa el ataque. Ella agradece la ayuda de profesionales de Médicos Sin Fronteras que les han enseñado “terapias de salud mental para sacar todo lo que tenemos reprimido, lo negativo y de esa misma forma ayudar a los niños; nos enseñan ejercicios de relajación, de respiración, pero es que vienen cuando suceden los episodios violentos y después se olvidan de nosotros y no más”. Por eso es un clamor en Toribío que los colegios cuenten con una sicóloga permanente y que personas especializadas en la superación de los traumas de la guerra los visiten constantemente, pues como dice Leiby, “que nos digan cómo trabajar con los niños y nos traigan material didáctico, porque aquí trabajamos con las uñas”.Experiencias en ToribíoCamila, de 16 años, siente que puede hacer parte de ese 90 % de niños que se recupera de los efectos del conflicto sin intervención sicológica. “Cuando me despiertan los tiros o las bombas porque hay hostigamientos aquí en Toribío, paso dos o tres días sin dormir, me acuesto y pienso que va a pasar lo mismo, vienen los recuerdos. Pero después duermo bien, se me olvida todo y llevo mi vida normal”.“Cuando la chiva bomba aquí en Toribío yo mantenía con miedo, no era capaz de irme a bañar sola, de estar sola. Mi mamá me consiguió una cita con la sicóloga, fui solo una vez, fue en el Palacio de Justicia. Tenía como 13 años. Ese día yo no estaba tranquila, porque tenía miedo de que la guerrilla volviera a empezar a hostigar y yo allá (en el Palacio de Justicia), entonces no quise volver”. “Me han tocado tres tomas y ataques muchos, muchos. Una toma fue con la chiva bomba. Yo estaba sola en mi casa con mi hermano porque mi papá estaba en el negocio (de venta de carne) y mi mamá estaba estudiando. Cuando sonaron los primeros tiros, lejos, le dije a mi hermanito que nos fuéramos para la pieza de mis papás que era más segura. Nos sentamos en la cama y le dije a mi hermano que se quedara allí mientras yo me asomaba para ver el negocio de mi papá que queda al frente de la casa. Pero mi hermanito se vino detrás de mí. Llegando a la puerta estalló la chiva bomba y al frente de la casa había un bus parqueado y todos los vidrios del bus entraron a la casa. Mi única reacción fue abrazar a mi hermano, yo lo cubrí, y cuando levanté la mirada no se veía nada del polvo. Me paré hacia la puerta y me entró el desespero porque me asomé a la calle y todos los cables estaban en el piso, la gente empezó a correr, pasaba la gente herida, sangrando. Nos quedamos ahí un rato y nos pasamos luego para el negocio de mi papá. Se oían las granadas. Nos metimos al baño y seguían las granadas, una tras otra. Papá sacó la moto y en medio de la balacera nos llevó para el colegio donde estudiaba mi mamá una especialización y al pasar por el Polideportivo vimos a la guerrilla. Y por ahí, al lado de ellos, estaba la gente tirada en el suelo.En el colegio me encontré con mi mamá y vimos pasar en una camioneta a la guerrilla, ellos apenas se reían. Ya en la tarde bajamos a la casa, ese día una pipa le pegó en la cabeza a un señor y lo mató”, cuenta esta estudiante de la Escuela de Música de Toribío quien toca el clarinete. “Necesitamos que nos presten más atención porque me he dado cuenta de que el Estado, el Gobierno, le presta más atención a la guerra y gasta más plata en armas que en los niños, pudiendo, por ejemplo, donarles a las escuelas de música más instrumentos porque eso ayuda mucho, a los grupos de danza donarles trajes, hacer encuentros de bandas, muchos eventos, porque eso ayuda a superarnos y nos dan ganas de salir adelante”, agregó la menor que está a punto de entrar a la universidad. Camila, al igual que Luis, de 14 años, y Brayan, de 11, sienten que a pesar de las tomas y ataques de la guerrilla que han padecido en su pueblo son niños normales, sin problemas de comportamiento, pues aseguran, “uno se acostumbra” a estas situaciones.“Yo acababa de entrar a la banda, era mi primer ensayo general, en un saloncito de la Casa de la Cultura, cuando la guerrilla empezó a hostigar. Como casi no salgo de la casa, a mí nunca un hostigamiento me había cogido fuera, en la calle, por eso ese hostigamiento me dio tan duro. Desde ese día no quise volver a la banda, me daba miedo que volvieran los guerrilleros a hostigar. Sentía temor de que me volviera a pasar lo mismo, que la guerrilla se entrara y no pudiera estar con mis padres”, relata Luis Fernando quien cursa noveno y toca el trombón.“Cuando la toma del 2005 quedé con un trauma. Yo no podía escuchar ruidos muy fuertes porque me daba mucho miedo, pero a medida que fui creciendo se me fue quitando el temor”, recuerda.El docente Édinson López, director de la Escuela de Música de Toribío, donde estos tres menores estudian en su tiempo libre, sostiene que puede ser cierto que el 90 % de niños se recupere de los traumas, pero particularmente en Toribío no, porque cuando ellos se están empezando a recuperar, se presenta una situación de violencia igual o peor, y “no sé hasta qué punto han ‘naturalizado’ la guerra” ya que nacieron y se han criado en medio del conflicto. De lo que sí está seguro López es que “la música es para ellos una manera de canalizar y descargar un poco muchas de esas emociones y situaciones violentas que han vivido”.De ahí que desde la Casa de la Cultura y la Administración Municipal se les esté ofreciendo a los menores de esta localidad otras posibilidades como la música, la danza, el deporte, el programa de Cine al Parque y talleres de formación en valores para que se olviden de la gente y experiencias bélicas.El coordinador de Cultura del Municipio Henry Chocué asegura que son estrategias para que los muchachos ocupen su tiempo libre, no quieran irse con los actores armados ni tomen el camino del alcohol y la droga. Comenta que también se les brinda atención a los menores a través de los “médicos tradicionales indígenas”. Los niños se llevan a las malocas para que a través de plantas medicinales y unos rituales obtengan armonización y equilibrio. “Si se les sale de las manos a nuestros médicos tradicionales se recurre al sicólogo de la cultura occidental”, sostiene Chocué.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad