¡Hey, te bailo desde la ‘prisión’! Ritmos de fe en Valle del Lili

¡Hey, te bailo desde la ‘prisión’! Ritmos de fe en Valle del Lili

Junio 12, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Reportero de El País
¡Hey, te bailo desde la ‘prisión’! Ritmos de fe en Valle del Lili

Para los ensayos colectivos generalmente es habilitado el coliseo de Valle del Lili. Allí, sobre un espacio demarcado como cancha de microfútbol, los internos practican junto a los bailarines de la academia de La Profe.

Historia de un grupo de baile gestado tras las rejas de una correccional a las afueras de Cali. ¿Bailar, del otro lado del muro, será una manera de poner los pies sobre la tierra? Crónica de un acto de fe puesto en movimiento.

Curioso: justo en un comedor bautizado Alcaldía, algunos reclusos del centro penitenciario para menores Valle del Lili, se reúnen todas las tardes a bailar. Son quince: ocho chicos y siete chicas que prefirieron eso, bailar, para ocupar el tiempo del encierro. Pudieron haber elegido clases de ebanistería, artes manuales, marroquinería, metalistería, pero escogieron eso, bailar, pese a que en algunos casos tengan que pasar años antes de que puedan hacerlo lejos de ahí. Contrario a los demás reclusos, que tienen la posibilidad de fabricar cosas para regalárselas a sus familiares o venderlas fuera, los bailarines no pueden llevar sus pasos a ninguna parte. Además, de ese lado del muro está prohibido que hombres y mujeres bailen juntos, de modo que ellos y ellas deben hacerlo por separado, sin tocarse, regularmente sin verse. Aún así, desde hace tres meses, sucede sin falta cada día durante cuatro horas. Para hacer eso, empezar a bailar adentro de las rejas, cada uno tuvo una razón distinta. Aunque casi siempre la misma.Un-dosSucede que John Arley Murillo, director regional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, el ente responsable del mantenimiento de la correccional, fue bailarín en sus épocas de estudiante. Y un día, a finales del año pasado, se le ocurrió que un taller dedanza podía ser una actividad terapéutica para los internos. “Yo bailé de joven y eso significó mucho en mi vida, en mis relaciones con los demás; pensé que ellos debían tener una chance igual. Una chance para que apreciaran su cuerpo de otra manera y entendieran lo que podían llegar a hacer con él en otro sentido”. Puede que sea una simple coincidencia pero el pasado mes, cuando se registraron 17 evasiones del centro penitenciario, sólo dos de los chicos que hacían parte del taller de baile escaparon de la correccional: los otros quince que se volaron ocupaban su tiempo libre de otras maneras. ¿Acaso bailar, del otro lado del muro, será una manera de poner los pies sobre la tierra?La directora de la academia Sondeluz (cinco veces campeones mundiales de salsa), es la encargada de dictar las clases. Así que las clases, por consiguiente, son de salsa. La mujer, una ingeniera de sistemas que hace ya mucho se convirtió en una bella bailarina, viaja todos los días hasta esa correccional a la que tantos le temen, armada tan sólo de una grabadora no más grande que una tortuga de carey donde suenan las pistas de baile. La Profe, como todos le dicen cuando entra vestida de lycra y zapatillas de ballet, dice que aceptó ese trabajo porque ella, que ha recorrido el mundo con el baile, sabe justamente de qué tamaño es el poder transformador de esta disciplina. La Profe, pues, cuenta de otros alumnos, alumnos suyos que ahora están en distintas partes del planeta protagonizando shows, dictando talleres, haciendo realidad sus sueños en movimiento. Entonces, asegura ella, su trabajo de ese lado de los barrotes también tiene que ver con eso, con un puñado de sueños. “Yo no sé la razón por la cual mis alumnos están aquí porque no se los pregunto; en mi clase ellos simplemente son personas que quieren aprender a bailar, que tienen derecho a soñar, a volver a empezar”. A La Profe le brillan los ojos cuando habla de todo aquello; La Profe se llama Luz y su nombre, en la oscuridad del encierro, no parece coincidencia.Un-dos-tresAlcaldía, el comedor donde se dictan las clases de salsa, es un cobertizo con muros de ladrillo y tejas de barro. Un rectángulo levantado sobre una plancha de cemento pulido en el que apenas cabe una docena de mesas cuatro puestos con sus respectivas sillas. El salón está rodeado de ventanales desprovistos de marcos metálicos y placas de vidrio, por lo que a la una de la tarde, cuando comienzan los ensayos, la luz natural que entra lo alumbra todo. “Vea, una alcaldía transparente”, bromea un recluso que a esa hora pasa por un costado echando una mirada a lo que ocurre allí dentro; los muebles están arrumados contra las paredes y, desde lejos, la pachanga que sale de la grabadora de La Profe se escucha viajando con el viento.Primero empieza la clase de los chicos. Esta tarde Luz ha llegado acompañada de su asistente, una morena de ojos felinos y voz dulce que por turnos le sirve de pareja a cada alumno. Con ella pulen giros, tiempos, pasos. Cuando bailan juntos, en vez de una instructora aleccionando estudiantes, parece más bien una chica que se ha encontrado con un grupo de amigos en una fiesta de barrio. Ellos la saludan con abrazos, besos en las mejillas. Mientras suena la música, entre posturas corregidas y rutinas repetidas, le van contando: “María vino a visitarme y ya no está tan brava...”; “Me trajeron un foto del niño, viera lo grande que está...”; “Hoy me di cuenta de que ya me faltan seis meses para ver la libertad...” La asistente, entre giro y giro, les va contestando: “Ese niño es el mejor motivo para salir adelante...”; “Ahora mucho juicio, a pensar en el futuro...”; “Mira todo lo que puedes hacer con esos pies...” Adentro de la correccional las clases de salsa son, también, una lección de humanidades; una muestra de confianza en esos muchachos que alguna vez se equivocaron. La esperanza personal vuelve entonces a preguntarse: ¿Acaso bailar, del otro lado del muro, será una manera de poner los pies sobre la tierra? Ante la imposibilidad de conjurar la proximidad entre hombres y mujeres, una regla que en Valle del Lili no puede quebrantarse ni siquiera en la pista de baile, La Profe pudo hacer un trato con la Dirección: los domingos, varios alumnos de su academia, bailarines profesionales reconocidos en tarimas y teatros, entran a la correccional para hacer un ensayo colectivo. La razón, más allá de una cuestión que permita agilizar el aprendizaje de los internos, tiene que ver con un objetivo mayor: una coreografía planeada para ser presentada a un público familiar en un par de semanas. Los asistentes serán los padres de los internos, novias, hijos que ese día, quizás por primera vez, podrán ver la felicidad de aquellos chicos al ser aplaudidos sobre un escenario salpicado por luces de colores. El esfuerzo de estos tres meses, explica La Profe, es la conformación de un grupo de baile que ya tiene nombre: Son del Lili. “Lo que se pretende, más allá del show, es que se den cuenta de que ahí, en el baile, tienen una oportunidad laboral. Es prematuro decir que tendrán lo necesario para convertirse en bailarines profesionales, pero sí está claro que en ellos hay talento, fe en que esto los puede llegar a transformar”.Hasta hace poco, los mayores problemas que ese grupo de internos le ocasionaba al director de la correccional no eran riñas o motines, nada de eso. Eran sus deseos de que les ayudara a conseguir los recursos para mandarse a coser los trajes con los que quieren salir a bailar el día de la presentación. Tres millones de pesos para enfundarse en lycra, lentejuejas y charol y, esa tarde, sentir encima la vestimenta de las oportunidades. Oportunidades, de eso se trata todo: aunque para bailar del otro lado de las rejas cada uno tuvo una razón distinta, casi siempre fue la misma. Un-dos-tres-cuaLa Profe, al decir que su trabajo tiene que ver con un puñado de sueños, no habla de manera retórica. Una parte de las clases se centra, justamente, en la proyección de los anhelos de sus alumnos. Y para ello, cada tanto, les entrega papel y lápices para que escriban lo que quieren hacer de sus vidas al salir de allí: “Quiero ser un hombre trabajador, que mi familia esté orgullosa de mi. Atentamente: J”; “Me gustaría tener una finquita, empezar una vida alejado de la droga y las malas compañías. Firma: D”; “Espero poder estudiar. Me gustan las finanzas. Pero, sobre todo, espero no darle más dolores de cabeza a mi mamá. A lo bien: G”. Algunas de esas notas están adornadas por soles barrigones, nubes gordas, vacas sonrientes. Sin embargo uno de los mensajes más representativos de todo aquello es el que está firmado por Doble U; una suerte de carta en la que tal vez, como en ningún otro mensaje, se describen los detalles de un sueño:“Quiero ser bailarín y cada que me presente, llevar un pantalón blanco, no muy ajustado, que me haga juego con una camisa de cuello ancho y botones dorados. La camisa, sobre las mangas, tendrá que tener bordados unos rayos y los zapatos, también blancos, llevar cordones plateados para que todo se ilumine cuando yo me mueva”. Dlobe U, cuando era niño, alguna vez hizo parte de una academia de baile. Antes de que pasara lo que pasó y él terminara pagando una condena de tres años que recién empieza, soñaba presentándose en una tarima, vestido así, dando vueltas libre en el escenario mientras el teatro entero lo aplaudía. Doble U, 17 años, mirada ansiosa, dientes blancos, sonríe mientras recuerda todo eso viendo el ensayo de esta tarde. “Y yo qué pensé que nunca iba a pasar...”, dice mientras se soba los tobillos antes de entrar a la pista.

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