Opinión: Contraplano

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Opinión: Contraplano 

Febrero 07, 2020 - 11:30 p. m. Por:
Juan Carlos Romero, profesor del Programa de Cine y Comunicación Digital de la Universidad Autónoma de Occidente
1917

'1917' está nominada en diez categorías de los Premios Óscar.

Especial para El País

"El precio del deber"

Hay géneros cinematográficos en desuso. En el mundo actual es un riesgo hacer películas del oeste, musicales o cine bélico o de guerra. ¿Qué de nuevo busca un espectador de cine que va a ver un drama ubicado en 1917? Las películas de guerra son predecibles. Desde el inicio el espectador supone una serie de pericias dramáticas que anticipan aspectos como: muertes inesperadas, violencia extrema, actos heroicos y sacrificios que lo irán llevando a lo largo del relato. Pero esa generalidad tiene unas honrosas excepciones. “Apocalipsis Now” (1979) de Francis Ford Coppola es un viaje al interior del corazón de las tinieblas de la guerra. Una alucinante y épica narración del descenso de los guerreros a los confines de la frontera entre la vida y la muerte. “Platoon” (1986) de Oliver Stone es un duro relato de la inutilidad de la guerra de vietnam vista desde la tristeza de unos soldados asustados que no logran comprender porque morir en un país lejano y hostil. “Buscando al soldado Ryan” (1999) Steven Spielberg recrea el sacrificio heroico del desembarco de Normandía y la importancia de hechos anónimos que salvaron al mundo con el costo de innumerables vidas truncadas.

“1917” del director Sam Mendes, genio precoz ganador del premio Tony (teatro) y del Oscar (cine), se ha convertido en una de las obras importantes del año cinematográfico mundial. Su virtuosismo visual a manos del director de fotografía Roger Deakins es la fortaleza técnica, indudable, con la que se ha promocionado la película. Unos esplendorosos planos secuencias en donde la acción bélica brilla en un efecto fotográfica que se traduce en una dosis de realismo visual que el espectador percibe con todo el poder técnico que le otorga un valor especial a la película. Estamos ahí como testigos, sentimos en la piel, a través de nuestros ojos, la tragedia de la guerra, su silencio peligroso, su humeante atmosfera infestada de muertos y ratas, su inexplicable fuerza destructora que saca lo peor y lo mejor de los seres humanos.

1917” propone un drama más allá de los efectos visuales. Aceptado y admirado su poder visual, el relato de la película es austero, mínimo. El argumento se resume en una orden militar. Seca y directa la misión que se les encarga a los jóvenes soldados británicos Schofield y Blake cambia el rumbo de sus vidas y de paso el nuestro como espectadores. Estamos en el tramo final de la primera guerra mundial, una guerra cruenta, larga, que arraso a Europa en una confrontación brutal de un poder devastador que increíblemente se repetirá años más tarde. Y es en ese escenario de cumplir la orden marcial en donde se activa el mecanismo dramatúrgico de la película. Esta pareja de soldados encarna los opuestos de la vida misma. Blake está comprometido emocionalmente con la misión, Schofield es un guerrero curtido por el dolor y la muerte y solo quiere regresar a casa con vida. Mendes, viejo sabio del drama, magistralmente logra girar las motivaciones de los personajes y nos confronta, a los espectadores, a lo largo del filme con sentimientos de dolor y angustia por el desafio de este par de soldados, uno joven y otro veterano, de tener en sus manos el destino de un batallón de 1600 hombres listos para morir. Al final “1917” nos expone a vivir el arrojo, la valentía y la decisión humana en momentos en donde ha fracasado la razón y solo queda la fuerza bruta de las armas para imponer una idea sobre una pila de hombres muertos, y si al final esto valió la pena. Solo por esa reflexión final deberán seguir haciéndose más películas de guerra.

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