Tejer la vida, entrevista con Margarita Cuéllar Barona sobre su libro ‘Geografía doméstica’

Agosto 29, 2021 - 12:12 p. m. 2021-08-29 Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta
Margarita Cuéllar Barona

Una narración que se bifurca en ensayo, donde cada objeto es el pretexto para una fuga imaginaria y creativa, que permite a su autora tejer una memoria compartida hecha de retazos de la vida. Así es ‘Geografía doméstica’, libro de la escritora caleña Margarita Cuéllar Barona.

Foto: John Coffey

Una mujer encerrada en su casa, esta parecería la escena de una novela decimonónica. Salvo porque, a su alrededor, hay una pandemia por un virus altamente contagioso y, como esta mujer, todos en el mundo están condenados al mismo encierro. Ahora parecería una novela distópica, no obstante, ella está acompañada de sus hijas, su esposo, sus animales y sus cosas: objetos útiles, obsoletos, viejos, nuevos que nunca se usaron, ocultos por alguna razón, que la han acompañado silenciosos durante toda su vida, y que justo en este momento, observados con detenimiento, comienzan a revelar las innumerables conexiones que tienen con sus dueños, con la época a la que pertenecen, contando una historia que termina por humanizarlos, haciéndolos algo más que objetos.

Como demostró Emily Dickinson a mediados del siglo XIX, el encierro en el hogar —de forma voluntaria en su caso, y que se alargó por más de 15 años— puede resultar muy creativo, incluso —cuando es por obligación: en cautiverio, prisión o confinamiento—, la creatividad resulta necesaria para conservar la salud mental. En estas circunstancias, cada espacio y objeto de la casa pueden redescubrirse como motivos de la más alta poesía.

Pero, como la misma Dama de Blanco, desde su pueblo de Nueva Inglaterra, escribió: “El Destino es la Casa sin puerta—/ a la que se entra desde el Sol—/ y luego se retira la escalera/ porque la Fuga se acabó—”. Con ello, la poeta definió la naturaleza contradictoria de la casa y la condición de mujer, un espacio que al mismo es el “destino” y el punto de “fuga”, de ahí la necesidad de una “Casa sin puerta”, donde la mujer pueda ser libre, entrar en ella sin asumir el compromiso de quedarse. Pero, en la actualidad, la carga del hogar sigue siendo una prisión femenina, por lo que una de las principales búsquedas feministas es derribar la casa en su sentido opresor, despojarla de sus sentidos patriarcales, cambiar las obligaciones y roles heredados que se manifiestan en su interior.

En este sentido, los objetos también revelan la historia íntima de las mujeres y su relación con la casa, un aspecto central de ‘Geografía doméstica’, el libro de Margarita Cuéllar Barona, un híbrido entre novela y ensayo, que aborda el universo hogareño desde sus objetos, pero con una mirada crítica y a la vez poética. Una máquina de coser, que su hermano le regaló, la lleva a recordar su visita al Museo de Arte Moderno de Nueva York, pero no para reflexionar sobre las “grandes” obras maestras que contiene, sino para describir una colcha tejida de la edad media, “pensé en las manos de quienes hicieron esas colchas, en el cariño y la dedicación que narran esas colchas, en el calor y el color que aportaron a las casas de quienes las albergaron. Me alegré de verlas colgadas ahí, dignificadas, en las paredes del museo (...) Pienso en estas colchas como esculturas en tela. Esculturas que se usan de manera cotidiana, pero esculturas al fin y al cabo”.

La metáfora de la memoria colectiva como un tejido, de la escritura como una forma de tejer con palabras, resulta fundamental para la autora, puesto que así está estructurada su ‘Geografía doméstica’, como una de esas hermosas colchas de retazos, salvo que aquí están zurcidas con precisión su historia personal y sus reflexiones intelectuales, creando un hermoso motivo perfecto para colgar y quedarse admirando, o mejor aún, para abrigarse con ella durante las noches frías. Admirar y abrigar, que son los verbos idóneos para describir el efecto que producen las mejores lecturas.

Geografía doméstica

'Geografía doméstica', de Margarita Cuéllar Barona. (Tusquets Editores, 2021).

Foto: Especial para Gaceta

Como cuenta Margarita Cuéllar Barona en el libro, su sensibilidad “de abuela” viene desde muy niña. Nacida a mediados de los 70 en Cali, fue a los 8 años cuando su tía Susana le enseñó a coser, pero su amor por los tejidos venía de su madre, que la llevaba a pasear por las tiendas de telas en el centro de la ciudad, o a visitar veteranas modistas salidas de una novela de Jane Austen, como las hermanas Orozco, Alicia y Amelia, que nunca se casaron.

Así describe su infancia hasta los 12 años, “Susana tejía todo el día y, por consecuencia, crecí rodeada de lanas, hilos y agujas. Ella solo tejía en crochet, pero yo también aprendí a tejer a dos agujas en Tejer y Coser, una mercería que quedaba en el Centro Comercial del Norte, adonde mi mamá me llevó durante unas vacaciones de verano. Era la única menor que participaba de esas sesiones de tejido. En realidad no eran clases, eran un espacio de encuentro entre mujeres”.

Que una niña —sin importar su condición social— aprendiera a coser en la Cali de los años 80, parecería un rezago de las costumbres hogareñas de la burguesía del siglo XIX, algo que superficialmente podría verse como una muestra de la opresión femenina. No obstante, estamos ante una sensibilidad extraordinaria, como la mujer adulta en que se convirtió confiesa años después, “fui feliz rodeada de hilos y telas”. Por esa razón, se sintió que pertenecía a otra parte en la juventud, cuando sus intereses fueron tachados de “anticuados”, o que representaban un tipo de mujer sometida al hogar.

Pero justamente, desde ese terreno paradójico del hogar, es que Margarita Cuéllar Barona logra atravesar los radicalismos y prejuicios, para evidenciar con perspicacia y sentido del humor: el complejo tejido de relaciones de poder, afectos familiares, convenciones sobre la edad y estrategias de subversión femenina que se esconden tras la puerta, y que, en la actualidad, es un universo que está siendo reordenado para brindar seguridad, igualdad y libertad plena a las mujeres.

En primer lugar, la escritora reivindica el universo textil como un espacio de arte y resistencia, aunque por siglos haya sido reducido a “asuntos de mujeres”, como expresa en un pasaje memorable:

“Fueron las madres de los desaparecidos en Argentina las que se pusieron los pañales de tela blancos en la cabeza para marchar y exigir la verdad. Y fueron las mujeres jóvenes en Argentina las que transformaron esos pañales blancos en pañuelos verdes para marchar y exigir el derecho al aborto. Y fueron las mujeres en Chile las que cosieron historias de las desapariciones bajo el gobierno de Pinochet; historias que cruzaron la frontera ante los ojos de la censura que no se percató de lo que contaban estas piezas. ¿Qué peligro podría haber en unos dibujos de tela hechos por mujeres? En Colombia, las mujeres de los Montes de María cosieron historias de horror y guerra que atravesaron sus territorios durante años. Las sufragistas en Inglaterra bordaron sus propias banderas y cuando las encarcelaron bordaron sus nombres en trozos de tela. Bordaban con morado y verde, los colores de su lucha (...) Las mujeres negras esclavizadas consignaron mensajes en los colores y los patrones de sus colchas de retazos. Las colgaban fuera de sus casas para que quienes venían escapando pudieran orientarse y conocer el clima que se vivía en ese territorio (...) Las mujeres y las niñas que fueron detenidas durante la ocupación japonesa en Singapur, bordaron e hicieron colchas para enviar mensajes a sus padres, hermanos, esposos y abuelos detenidos en otros lugares”. Con estos episodios queda más clara la relación semántica y vital del arte textil con la escritura, el arte textual.

En otro momento, la novela ‘Housekeeping’ de Marilynne Robinson, una obra que la autora leyó durante una severa depresión posparto, propiciará una serie de reflexiones y confesiones sobre la ‘Vida hogareña’, como se ha traducido al español esta obra:

“El universo femenino que recrea Robinson en ‘Housekeeping’ fue un llamado al que respondí con prontitud. Puse a un lado los libros de maternidad y crianza y me volqué a leer cuentos y novelas escritos por mujeres. Buscaba mundos con los que me pudiera identificar, en los que pudiera encontrar sentido a mi dolencia. Y quise volver a leer a las que siempre me habían arropado: Virginia Woolf, Elizabeth Bowen, Emily Dickinson, las hermanas Brontë, Frannery O’Connor, Harper Lee, Margaret Atwood, Marvel Moreno, Toni Morrison, Edith Wharton; y a las nuevas que iba descubriendo”.

Entonces, los objetos anodinos se convierten en imágenes propicias para la crítica de las convenciones, y tal vez de la mayor de todas las convenciones: la de madre, que la autora aborda desde el humor negro. Cuando habla de su hamaca remendada, donde cabe perfectamente con sus dos hijas, esto la lleva a preguntarse en las madres de hace algunas décadas que tenían 5 hijos o más, por lo que era apenas normal que desearan fugarse del oficio sagrado. Ahí es cuando recuerda la definición de madre que un amigo le dio: “Ser mamá es querer fugarse todo el tiempo. Planear la fuga y pensar cómo nos llevamos a nuestros hijos e hijas cuando estos eran el motivo por el cual queríamos fugarnos”.

Al final, en el libro se crea una tensión reveladora, que está directamente relacionada con la tentación del abandono, de la necesidad de fugarse que sienten las mujeres ante una imagen sacralizada de la maternidad, que más allá de los hijos, está concentrada en la casa. Por lo que, en un ejercicio de autorreferencia, a ‘Geografía doméstica’ cabe aplicarle la misma definición que hace la autora sobre ‘Housekeeping’: en su libro propone una “feminidad que desdibuja los límites ficticios de la casa, límites que se han formado a través de los siglos”. Y el límite más marcado está simbolizado por la puerta, un objeto que encierra, y que de cruzarlo parecería que no volverá a abrirse, pero no toda fuga es un abandono. Por eso, la mujer que estaba encerrada en su casa también cruza la puerta, sale buscando un respiro en soledad, con la seguridad de que sus cosas y su vida estarán allí a su regreso.

De esta forma, en ‘Geografía doméstica’, se consuma ese deseo expresado por Emily Dickinson, de construir una “Casa sin puerta”, para fugarse y regresar cuantas veces sea necesario, porque sin libertad para decidir adónde llevar su propio cuerpo no hay hogar; porque sin libertad para decidir sobre su propio cuerpo — implique esto ser o no ser madre—, sin esa libertad esencial, cualquier ser humano corre el riesgo de ser un objeto.

Cuando aún continúa la pandemia que se narra en su libro, a través de una conversación virtual, Margarita Cuéllar Barona habla de su relación con el arte textil y cómo encontró el hilo, a veces invisible, que lo anuda con el feminismo.

Margarita Cuéllar Barona 2

Margarita Cuéllar Barona es profesora y directora del Departamento de Artes y Humanidades de la Universidad Icesi de Cali. Es directora y editora de la revista Papel de Colgadura.

Foto: John Coffey

—La historia se narra desde el presente, de hecho describe el confinamiento generado por el Covid-19, no obstante, los objetos que va presentando son vórtices al pasado. ¿Cómo surge la idea de escribir este libro, fue antes o en medio de la pandemia?

Las dos cosas, yo tenía un proyecto literario que se llamaba ‘Mobiliario’ y que, justamente, pretendía narrar la vida de las personas a través de los objetos, mostrando cómo los objetos recogen memorias, cómo sin pretender serlo van configurando nuestras casas y dándonos sentido a nosotros. Tenía este proyecto dando vueltas, y algunas cosas por allí escritas, pero cuando arrancó la pandemia, Juan David Correa, editor de Planeta y que tiene una editorial independiente que se llama Peregrino Ediciones, me invitó a que hiciera parte de una colección de Peregrino llamada Migrantes, donde publican escritos sobre viajes a diferentes culturas: Asia, África, Europa, etc. Pero en esta ocasión, debido al confinamiento, el ensayo debía tratar sobre un viaje a la casa.

Acepté la invitación y escribí un ensayo corto al respecto. Cuando se lo entregué a él le gustó mucho y me dijo que qué posibilidad había de ampliarlo y publicarlo con Tusquets Editores. Entonces acepté de nuevo, y retomé ese proyecto que tenía muy esbozado sobre los objetos domésticos y lo fundí con este ensayo sobre el confinamiento, que se convirtió finalmente en ‘Geografía doméstica’, o sea que son las dos cosas: trata del confinamiento y de los objetos en nuestra vida.

—Entonces tuvo la intención de crear un mestizaje literario entre ensayo y narración...

La invitación inicial era a narrar en primera persona, porque la colección Migrantes establecía esas condiciones, así era mi ensayo inicialmente, pero cuando Juan David me propone ampliarlo para una novela, me pareció que una historia dedicada exclusivamente al confinamiento de la casa sería algo extraño, además el confinamiento en algún momento va a pasar y cuando esto suceda qué va a quedar, eso me preguntaba. Entonces, la idea que me surgió fue pensar en la casa como ese espacio que nosotros construimos a nuestra imagen, pero en el confinamiento me parecía muy despojado de poesía, ha sido una realidad muy cruda, y tal vez la posibilidad de descubrir las cualidades mnemónicas de los objetos de la casa era una posibilidad al mismo tiempo de vivir el confinamiento y al mismo tiempo de no vivirlo, es decir, que al dedicarme a observarlos vivía el presente y al mismo tiempo podía evadirlo al pensar en las conexiones que tenían con otros aspectos, encontrando qué ocultaban de mi historia personal y de la historia en general. No se trató solamente de pensar en el futuro, sino en resistir el presente, y en esa búsqueda se fue dando este relato cargado de imágenes cinematográficas, literarias, musicales con las que doy sentido a la vida, que son como mi equipaje.

—Pero las digresiones que parten de algunos objetos se convierten en profundos ensayos literarios...

A mí me ha costado mucho la escritura académica, porque exige que uno remueva la narración. Siempre es algo expuesto en tercera persona donde se espera que no haya rastro del narrador o narradora, porque lo científico no cuenta. Pero el aprendizaje siempre pasa por el cuento, me es difícil reflexionar y al mismo tiempo borrarme de la reflexión, eliminando mi experiencia. Creo que ‘Geografía doméstica’, responde en alguna medida a eso, a la necesidad de poder compartir reflexiones como mamá, como mujer y como investigadora, puesto que algunas ideas están sustentadas por investigaciones académicas, por ejemplo las referencias a lo textil hacen parte los estudios que he realizado en esa área durante años y en la novela menciono mi curso ‘La aguja subversiva: reflexiones sobre la costura, el activismo y la construcción de la feminidad’. De hecho, aunque no menciono la palabra, se entiende que es un texto feminista. Pero esas reflexiones de mi ser académico, están expresadas de manera que me puedan comunicar con las personas sin que deban ser especialistas, porque el lenguaje académico suele ser muy excluyente. De esta forma, siento yo, una lectora desprevenida puede recoger esas reflexiones y apropiárselas.

—¿Cómo halló el hilo que une el oficio textil con el feminismo?

Soy profesora e investigadora, pero por alguna razón nunca me ocupé de trabajar los temas textiles, me parecía que ese gusto tan particular de mi vida íntima no era un tema digno de ser estudiado, que era un tema menor. Cuando un día descubrí que el hecho de considerarlo un tema menor estaba muy ligado con asuntos de machismo y exclusión, de una cultura patriarcal en la que los temas mayores son los de los hombres, no los de las mujeres, entonces supe que tenía que estudiar ese fenómeno. Allí había algo que era muy precioso para mí, que es el hacer textil, un legado que venía de las mujeres de mi familia, y un arte que me resulta realmente conmovedor, pero que había escogido no conocerlo a fondo. Eso me parecía gravísimo, y cuando decidí estudiarlo entendí que no era la única que había pensado así.

De hecho, en los saqueos de las tumbas faraónicas, lo más triste es que la tela, considerada los más precioso para esa cultura, ellos hacían unas telas hermosas que dependiendo de la casta del difunto, los cubrían con ellas; y sin embargo, cuando abrían las tumbas, lo primero que hacían era rasgar las telas, buscando oro u otros objetos, considerados hoy más valiosos. Entonces, el valor de la tela, que ha estado asociado con lo femenino ha sido invisibilizado. En Grecia, por poner otro ejemplo, se tenía lo textil como algo de poca importancia, por eso las mujeres, que no tenían muchos derechos, solo podían dedicarse a tejer, y solo una vez al año podían salir a la calle y lucir sus telas.

Cuando me di cuenta que mi poco interés sobre este tema que amaba se debía a una invisibilización en torno a todo lo textil, que se ha correlacionado con las mujeres, empecé a analizar y adentrarme más, convirtiéndolo en un objeto de estudio que vengo trabajando desde hace seis años. Fue como abrir una caja de pandora con muchas cosas escondidas para mí, y de las que nadie hablaba, incluso hoy es difícil que las hablemos. Por ejemplo, cuando nacemos nos reciben en una tela y cuando morimos es en lo que nos envuelven, y sin embargo nos parece algo mundano, pero en realidad la tela es con lo que hacemos la vida. Así como cuidar que ha sido el trabajo de las mujeres por siglos, y que es un trabajo clave para la vida, es igualmente invisibilizado. Creo que allí se unieron lo textil y feminismo.

—En el libro hay una crítica a las convenciones sociales en la Cali de los años 80, específicamente a esa posición que pretendían asignarle a las mujeres de su generación...

Cuando pensé en cómo quería educar a mis dos hijas, me di cuenta de que muchas mujeres hemos tenido pensamientos feministas desde muy pequeñas pero que nunca consideramos que lo fueran, nos daba miedo el término o nos parecía demasiado brusco, o simplemente no éramos los suficientemente conscientes para llamarnos así. Pero cuando tengo mi primer hija, y me regreso a vivir a Cali, y me pongo a pensar en cómo puedo lograr que sea una mujer independiente y libre, me encuentro con que es muy difícil pasar de una educación tradicional judeocristiana a una educación para ser libre, pero eso no nos impide cuestionar esos patrones de comportamiento y encontrar formas de minimizar su influencia.

Preguntas como: ¿por qué se visten las niñas de rosado? ¿por qué las mujeres tienen que ponerse vestidos? ¿por qué las mujeres pueden hacer esto y no lo otro? Ponen en cuestión esos roles y abren las perspectivas para educar a dos niñas, como mis hijas, un poco más despojadas de esos tapujos con los que fuimos educadas nosotras, pero la lucha es que uno se encarga de quitarlos y la sociedad pretende ponerlos de nuevo. Y como madre yo busco mantener ese balance, entre la sociedad allá afuera y en casa.

—Abre su libro con una cita sobre la casa de Natalia Ginzburg, ¿de qué modo se identifica con esta escritora italiana, quien dedicó gran parte de su obra a la vida cotidiana?

Primero que todo, es una mujer que merece ser más leída. Natalia Ginzburg se dedicó a revisar momentos que parecen inocuos y pasajeros para descubrir todo lo que capturan, algo muy bello, porque nos pone un espejo de nosotros mismos, y aunque escribe sobre sí misma, siempre hablamos de sus textos como algo que nos mostró partes de nosotras mismos. Ella logra extrapolar muchos sentidos alrededor de lo que dice y se desdibuja, algo que yo también quisiera lograr, que mi libro no fuera leído como el de una persona que estuvo confinada, sino como una historia que muestra la universalidad de un espacio como la casa.

—Hay una intención de desacralizar el rol de la madre, mostrando las inseguridades y las imperfecciones en su comportamiento, ¿considera que aún es muy fuerte esa imagen sagrada, y que las mujeres sienten la obligación de ocultar sus vulnerabilidades?

Hay una resistencia a expresar públicamente lo difícil que es la maternidad, a las mujeres se nos juzga constantemente. Si un hijo sale cafre o bueno, es siempre culpa de la mamá, por acción u omisión. Por eso creo que hay un temor a admitir las dificultades que se nos presentan, se ve como una muestra de debilidad.
Yo sufrí una depresión posparto muy fuerte y no sabía nada al respecto para entender mi estado o cómo buscar ayuda, mucho después cuando investigué sobre el tema me enteré que hay hospitales en Europa, sobre todo en los países nórdicos, donde escanean el cerebro de las madres antes de darles alta, porque saben que la depresión posparto es muy frecuente.
El problema es que las mujeres no hablamos de esto abiertamente, por eso cuando yo me enfrenté a esta situación sentí una gran culpa, incluso vergüenza, y si se hablara abiertamente del tema, tal vez habría encontrado a alguien que con su experiencia me ayudara un poco a lidiar con esta situación. Después leí relatos de mujeres muy valientes, que escribieron sobre su relación con la lactancia, con las pérdidas de los embarazos, interrumpidos involuntarios y voluntarios, y así empecé a entender que en ese narrar algo que estuvo callado por tanto tiempo, hay una guía de gran valor, porque nos permite relacionarnos con esas experiencias de las que hay pocos referentes literarios, pero resultan trascendentales para las mujeres. El libro también lo escribí como una manera de retransitar ese momento, un momento de confinamiento pero de otro orden.

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