Colombia
Vivir el viacrucis en carne propia: una tradición de fe que se carga al hombro en el oriente de Popayán
Los pobladores de la Comuna 5 construyen la cruz que después cargan el Viernes Santo como muestra de su fe y compromiso con Dios.
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31 de mar de 2026, 03:47 p. m.
Actualizado el 31 de mar de 2026, 03:47 p. m.
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En las calles polvorientas y empinadas de la Comuna 5, al oriente de Popayán, la Semana Santa no solo se contempla, se vive en carne propia. Allí, lejos de los grandes templos y las procesiones multitudinarias, un grupo de familias decidieron, desde hace casi dos décadas, experimentar en cuerpo y espíritu lo que para ellos significa el sacrificio de Cristo: cargar su propia cruz.

Todo comienza días antes del Viernes Santo. Aún no amanece completamente cuando varios hombres, acompañados por mujeres, se reúnen frente a la parroquia Parroquia San Antonio de Padua. No hay túnicas ni vestuarios especiales. Visten como cualquier jornada de trabajo: botas, camisas desgastadas, gorras para el sol. Son obreros, campesinos, padres de familia. Pero ese día, también son creyentes católicos dispuestos a revivir la Pasión del Señor Jesucristo.
El destino es la parte alta del barrio Los Sauces, una zona rural donde el verde espeso guarda los árboles que servirán para construir la cruz. El camino es largo, empinado, y a medida que avanzan, el silencio se mezcla con conversaciones sobre la fe, la vida y el sacrificio.

“Esto no es solo cortar un árbol, es prepararnos para entender lo que vivió Jesús”, dice uno de los participantes mientras afila su machete. Luego otro poblador presta una motosierra para agilizar la labor, en medio de un intenso sol.
Elegir el árbol no es una tarea cualquiera. Lo observan, lo rodean, lo tocan. Debe ser lo suficientemente fuerte, lo suficientemente grande. Cuando finalmente lo derriban, el son de la madera al caer rompe la quietud y el silencio del bosque. Es el inicio del verdadero viacrucis. Porque lo más difícil apenas comienza.

Los troncos, pesados y toscos, deben ser cargados entre varios hombres. No hay maquinaria, no hay atajos. Solo manos, hombros y voluntad. Cada paso cuesta. El sudor corre, la respiración se agita. Algunos se detienen, otros toman su lugar. Nadie se queda atrás; es una actividad peligrosa, lo saben, pero esa fe los obliga a trabajar duro, a entregarlo todo.
En ese esfuerzo colectivo, muchos dicen entender el significado de las caídas de Cristo camino al Gólgota. Aquí también hay pausas obligadas, cansancio extremo, momentos en los que el cuerpo parece no responder, como lo vivió el hijo de Dios.
A un lado del camino, las mujeres acompañan. No cargan los troncos, pero sostienen el ánimo. Reparten aguapanela con limón, secan el sudor, ofrecen palabras de aliento. Son parte esencial de ese recorrido silencioso y duro.
“Esto es fe, pero también es unión. Aquí nadie puede solo”, comenta una de ellas mientras extiende un vaso a uno de los hombres exhaustos, en medio de la tupida vegetación.

La escena cambia cuando, tras horas de esfuerzo, logran sacar los maderos hasta la carretera. El alivio es momentáneo. A veces deben continuar cargándolos por más distancia. Pero en esta ocasión, como dicen ellos, “Dios no los abandona”.
Un pequeño transportador que pasaba por el lugar se detiene. Observa la escena y, sin dudarlo, ofrece ayuda. Los troncos son subidos al vehículo. Hay sonrisas, agradecimientos, miradas al cielo.
Para muchos, ese gesto no es casualidad. “Cuando la carga pesa, siempre aparece alguien. Así es Dios y su obra”, dice una mujer.
De regreso en la parroquia, el ambiente cambia. El cansancio sigue, pero ahora se mezcla con satisfacción. Los troncos son descargados y comienza otro momento simbólico: la construcción de la cruz.
Allí, entre martillos, cuerdas y manos curtidas, la madera toma forma. No es perfecta, no busca serlo. Es pesada, rústica, real. Como el sacrificio que representa.

Esa misma cruz será cargada el Viernes Santo por las calles del barrio por toda la comunidad. Ya no desde el bosque, sino entre casas, vecinos y miradas que reconocen en ese acto algo más que una tradición: una forma de creer, de fe. De ahí que realizan el viacrucis hacia el sector cercano de Siloé, donde ya plantan la cruz.
Para quienes participan, no se trata solo de recordar la historia bíblica, sino de sentirla. De entender, aunque sea por un instante, el peso físico y espiritual de aquel recorrido hacia el Gólgota.

Diecinueve años después de haber iniciado esta práctica, los nombres cambian, las generaciones avanzan, pero la esencia permanece. Cada año, nuevos hombros se suman, nuevas manos sostienen la cruz, como lo explica el padre Óscar Páez, párroco del templo San Antonio de Padua, como jocosamente lo llaman estos pobladores, la Catedral de Los Sauces.
En cada paso, en cada gota de sudor, en cada pausa para respirar, los habitantes de este rincón de Popayán siguen demostrando que la fe, cuando se vive en comunidad, también se carga y se comparte comunitariamente.


Soy comunicador social de la Universidad Santiago de Cali y periodista radicado en Popayán desde hace más de 15 años, pero con nacionalidad caleña. Además, soy reportero judicial en una de las regiones más hermosas del mundo, el Cauca.
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