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Reconocida psiquiatra española revela cómo “recuperar la mente” y reconstruir la vida después de una tragedia

Marian Rojas Estapé estará en Cali el 23 de octubre, en el marco de Exposer 2026. Como preámbulo, conversó con El País.

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Marian Rojas Estapé se presentará en Colombia con Mentes Expertas
Marian Rojas Estapé estará presente en Exposer | Foto: Suministrada / API

28 de sept de 2026, 03:47 p. m.

Actualizado el 28 de sept de 2026, 03:47 p. m.

En un mundo marcado por la hiperconectividad, la sobrecarga de información y el ritmo acelerado de la vida cotidiana, recuperar la capacidad de detenerse, prestar atención y habitar el presente se ha convertido en un desafío para la salud mental.

En entrevista con El País, la psiquiatra española Marian Rojas Estapé reflexiona sobre el significado de “recuperar la mente” y el papel que cumplen la psiquiatría, la psicoterapia, los vínculos sociales y los hábitos cotidianos en ese proceso. También aborda la importancia de reconocer a tiempo las señales de alerta, desmontar el estigma alrededor de la atención psicológica y aprender a convivir con el dolor después de experiencias traumáticas. Su mensaje cobra especial relevancia para las comunidades que han atravesado tragedias y procesos de reconstrucción.

¿Qué significa para ‘recuperar la mente’ y cómo se ve en la vida diaria de una persona?

Vivimos con más estímulos por minuto que en cualquier otro momento de la historia, y el cerebro no ha tenido tiempo de adaptarse. Esto nos lleva a una profunda crisis de atención que percibimos en nuestra manera de trabajar, estudiar, relacionarnos o sentir. Recuperar la mente es recuperar la capacidad de prestar atención, de conectar con el entorno, la naturaleza y poder convivir con calma menta mental. Ese silencio interior no es solo ausencia de ruido sino espacio interior donde el cerebro deja de vivir en modo alerta y en modo consumo constante y puede habitar su presente.

En consulta lo veo cada semana: personas que no distinguen entre estar en paz y estar anestesiadas por el estímulo constante. Por eso insisto en algo que parece pequeño, pero que es un acto de rebeldía neurobiológica: aburrirse. Dejar que la mente divague. Porque es justo ahí, en ese silencio que evitamos, donde el cerebro conecta lo disperso y nos devuelve a nosotros mismos. Ahí está la clave: el aburrimiento no es el enemigo, es donde el cerebro conecta ideas y genera creatividad real. Es recuperar la capacidad de aburrirse, de conectar para salir del modo alerta. Recuperar la mente no significa volver a ser exactamente la persona que uno era antes de una crisis. A veces significa algo más profundo: volver a sentirse dueño de uno mismo y de la propia vida.

¿Cuáles son las señales más comunes de que alguien necesita apoyo psiquiátrico o psicológico?

El estigma que existía hace años con el hecho de acudir a terapia ha cambiado. Muchas personas hoy buscan conocerse mejor, entender su biografía, aprender a gestionar la incertidumbre, miedo, conciliación o sanar situaciones traumáticas. ¿Cuándo acudir? Las razones pueden ser diversas, desde notar que uno no se reconoce, que vive con ansiedad, que tiene síntomas físicos que no puede gestionar relacionados con la angustia, una tristeza constante, incapacidad de gestionar los impulsos, problemas en la convivencia diaria y, por supuesto, cuando las ganas de vivir se apagan y uno piensa en maneras de quitarse la vida.

Mi padre lo llama, “bajar a los entresijos de la personalidad y del espíritu y ver qué es aquello que nos impide disfrutar, gestionar la vida o tener una personalidad equilibrada”. Muchos acuden porque dejan de sentirse “ellos mismos”, porque la irritabilidad, el cansancio o la desconexión aparecen, se instalan como forma de vida y no como un mal día -el cerebro nos está enviando una información que no podemos seguir ignorando.

Si tuviera que enumerar las señales más comunes y que recomiendo no dejar pasar diría: el sueño; cuando alguien lleva semanas durmiendo mal -o durmiendo, pero sin descansar-, hay que prestar atención, porque el sueño es el termómetro más fiable del sistema nervioso. La segunda es la anhedonia silenciosa: ir perdiendo, poco a poco, el placer por cosas que antes disfrutábamos.

La tercera es la desregulación emocional desproporcionada: llorar por algo pequeño, estallar de rabia sin motivo aparente, sentir una angustia que no encaja con la situación real. Cuando la emoción y el estímulo dejan de tener relación de tamaño, es que el sistema límbico está sobrepasado. Y la cuarta, que para mí es la más importante, es el aislamiento progresivo. Aquí incluyo darse cuenta de que uno vive inmerso en alguna conducta abusiva y adictiva.

Y si aparecen pensamientos de hacerse daño, de suicidio, una desconexión importante de la realidad o una incapacidad para mantenerse seguro, ya no hablamos solo de pedir una cita cuando sea posible: hablamos de buscar ayuda profesional urgente. No tenemos que esperar a estar completamente desbordados para buscar ayuda. Si alguien tiene un dolor físico persistente, entendemos que debe consultar. Con la salud mental debería ocurrir lo mismo. Pedir ayuda temprano no es exagerar; es prevenir. Cuanto antes se acompañe ese malestar, menos cuesta -en tiempo, sufrimiento y recursos internos- volver a encontrar el equilibrio y la paz.

¿Qué rol juega la psiquiatría para ‘reconquistar la vida’?

La psiquiatría no debería reducirse a recetar medicamentos. El objetivo es comprender qué le está ocurriendo a una persona en su totalidad: biológica, psicológicamente y en su realidad familiar y social: mente, cuerpo y espíritu. Hay personas para quienes la psicoterapia es suficiente. En otras circunstancias, la medicación puede ser una herramienta muy importante. Y en muchos casos la combinación de tratamiento médico, psicoterapia, apoyo social, sueño, actividad física y cambios en unos hábitos ofrece mejores herramientas para la recuperación.

Cuando queremos que una persona recupere su vida, que vuelva a relacionarse, a trabajar, a amar, a crear proyectos, a sentirse capaz de tomar decisiones y a imaginar un futuro, el medicamento, cuando está indicado, es una herramienta; la terapia es una herramienta. El acompañamiento también lo es. La verdadera medida del tratamiento es cuánto le ayuda a esa persona a recuperar autonomía y calidad de vida.

¿Qué herramientas prácticas recomienda para manejar el estrés, la ansiedad o la depresión?

Primero, tratar de no resolver toda nuestra vida mientras estamos en el punto máximo de una emoción. Cuando el sistema nervioso está muy activado, nuestra percepción de los problemas cambia. En un momento de ansiedad intensa, algo sencillo es volver al cuerpo: respirar lentamente, procurando que la exhalación sea más larga que la inhalación; apoyar bien los pies en el suelo; identificar cinco cosas que podemos ver, cuatro que podemos tocar, tres que podemos escuchar. Eso ayuda a devolver la atención al presente.

Otra herramienta muy útil es preguntarnos: “¿qué necesito hacer durante los próximos diez minutos?”, en lugar de “¿cómo voy a solucionar todo esto?”. Dividir el problema reduce la sensación de estar frente a algo inmanejable. Cuando hay depresión, muchas veces esperamos sentir motivación para actuar. Y frecuentemente ocurre al revés: primero hacemos una acción pequeña y después empieza a aparecer algo de motivación. Ducharse, salir a caminar, abrir una ventana, comer algo, llamar a alguien. Son acciones sencillas, pero pueden romper el ciclo de aislamiento e inmovilidad.

Otra es compartir, hablar con otra persona. La mente bajo estrés tiende a encerrarnos, a pensar que nadie nos entiende o que nadie quiere ayudarnos. Decir: “hoy no estoy bien, ¿puedes acompañarme un rato?” puede ser una intervención tremendamente poderosa. Estas herramientas ayudan a atravesar el momento, pero no sustituyen una evaluación profesional cuando los síntomas son intensos, persistentes o interfieren significativamente con la vida.

Siquiatra española, Marian Rojas Estapé
Siquiatra española, Marian Rojas Estapé | Foto: Foto tomada de las redes sociales

¿Cómo aborda el estigma y la idea de “debería poder solo/a”, especialmente en personas que sienten vergüenza al pedir ayuda?

Yo les preguntaría: ¿por qué hemos convertido el sufrimiento psicológico en una prueba de carácter? Nadie le diría a una persona con una fractura: “si fueras suficientemente fuerte, caminarías sin ayuda”. Sin embargo, cuando alguien tiene depresión, ansiedad o atraviesa un trauma, aún escuchamos: “pon de tu parte”, “sé fuerte”, “tienes que superarlo”. Por supuesto la actitud y las herramientas ayudan, pero a veces nuestro motor interior necesita de profesional que sepa ordenar y cuidar lo que nos pasa. La fortaleza no consiste en soportarlo todo en silencio. De hecho, reconocer “esto me está superando y necesito ayuda” requiere mucha conciencia. Pedir ayuda no significa entregar nuestra autonomía; significa usar los recursos disponibles para recuperarla.

También debemos cambiar la manera en que hablamos de salud mental. Una persona tiene depresión; no “es” una persona depresiva. Una persona puede atravesar un trastorno mental sin que ese diagnóstico defina quién es, cuánto vale o qué futuro puede tener.

Si tuviera que resumir la esperanza detrás de su conferencia en una idea central para una región que sufrió un terremoto devastador, ¿qué mensaje le daría?

Creo que mi mensaje sería: después de una tragedia, reconstruir no significa olvidar. Un terremoto no destruye solo edificios. Puede destruir rutinas, proyectos, lugares cargados de recuerdos y, dolorosamente, puede arrebatarnos personas que formaban parte de nuestra historia. Y después de algo así quedan heridas que no siempre son visibles: miedo, duelo, ansiedad, insomnio, culpa por haber sobrevivido, incertidumbre y una sensación de que el mundo que conocíamos dejó de ser seguro. Por eso no debemos exigirle a una comunidad que “vuelva a la normalidad” rápidamente. El duelo tiene sus propios tiempos.

Pero existe algo profundamente humano: podemos estar heridos y, al tiempo, comenzar a reconstruir. Reconstruir una ciudad requiere manos. Reconstruir emocionalmente una comunidad requiere presencia, escucha, vínculos y tiempo. Necesitamos permitir que quien perdió, llore; quien tiene miedo, pueda decirlo; quien necesita ayuda, pueda pedirla sin vergüenza y que nadie tenga que demostrar fortaleza ocultando su dolor. Y quizá “reconquistar la vida” después de una tragedia no significa recuperar exactamente la vida que teníamos, si no aprender a construir una vida alrededor de aquello que ocurrió, sin permitir que el dolor sea lo único que defina nuestro futuro. Recuperarnos no significa que aquello que vivimos deje de doler. Significa que, con tiempo, el dolor deja de ocupar todo el espacio y vuelve a haber lugar para la vida.

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