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¿Qué hay detrás del derribo de la estatua de Sebastián de Belálcazar en Popayán?

Septiembre 17, 2020 - 07:38 p. m. Por:
Colprensa
Sebastuán de Belálcazar

Estatua de Sebastián de Belálcazar en Popayán fue derribada por indígenas.

Foto: Colprensa

Contrario a lo que se pensaría, el año 2020 ha sido un año de grandes manifestaciones por las reivindicaciones de los grupos sociales en el mundo. Esas marchas y protestas también han dejado las imágenes de varias estatuas derribadas, lanzadas al agua o atacadas como un símbolo de protesta ante el racismo o la opresión.

Por ejemplo, tras la muerte de George Floyd en Estados Unidos, el mundo vivió una oleada de protestas en contra del racismo y un ataque en masa contra los símbolos o imágenes que se consideraron un reflejo de esa cultura excluyente y desigual.

Se vio caer varias estatuas de Cristóbal Colón en Boston, Miami y Richmond, y otra suya que fue decapitada por ser considerado el defensor de la esclavitud o el responsable del genocidio indígena en la región.

También, le dio la vuelta al mundo el video de manifestantes arrojando agua a la estatua de Edward Colston, un vendedor de esclavos de Bristol. El busto de Colston fue arrancado de su pedestal y fue llevado rodando hasta un río, de donde fue finalmente retirado por las autoridades de la ciudad.

Otras estatuas como el rey Leopoldo II de Bélgica, Winston Churchill, primer ministro británico y otras cuantas también fueron pintadas y atacadas alrededor del mundo.

Pero ahora, ese mismo hecho llegó a Colombia, cuando un grupo de indígenas misak, pijao y nasa del Cauca subieron el tradicional Morro de Tulcán en Popayán y derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar, considerado fundador del municipio.

¿Qué hay detrás de estos hechos en el Cauca y en el mundo?

Luis Enrique Nieto, director de la Unidad de Patrimonio Cultural e Histórico de la Universidad del Rosario, explicó que todos estos movimientos iconoclastas, es decir, que derriban imágenes históricas, están interconectados y tienen en común que han sido víctimas de discriminación, de un Estado desigual e inequitativo.

“El movimiento afroamericano y los indígenas del Cauca han sido sujetos de toda clase de vejámenes, se les han arrebatado sus tierras, se les ha tenido en una especie de categoría inferior”, afirmó Nieto. Para él, el ataque a las estatuas, símbolos e imágenes ha sucedido como una reacción a siglos de opresión y ante años en los que sus derechos no han sido atendidos ni reconocidos.

Sebastián Vargas, director del programa de Historia de la Universidad del Rosario, aseguró que lo que pasa con todos estos personajes históricos es que su aparición y su permanencia en el espacio público hacen sentir a varios actores sociales que se perpetúa todavía una violencia simbólica que reproduce o que no cuestiona las violencias contemporáneas.

“Representan violencias pasadas, pero que para muchos sectores sociales, como el movimiento ‘Black Live Matters’, representan una reproducción o al menos una no problematización del racismo, de la desigualdad social racializada, etc”, afirmó el historiador.

En el caso del Cauca, ocurre exactamente lo mismo. Vargas explicó que para los indígenas misak, Belalcázar es el símbolo de una serie de violencias físicas y espirituales de las que fueron víctimas sus ancestros, los indígenas pubenses.

“No es sólo Sebastián de Belalcázar en sí, sino todo lo que representa, que ha sido el despojo, el racismo y la violencia que de muchas formas a lo largo de los siglos los pueblos indígenas han padecido”, explicó el historiador.

Según Vargas, Belalcázar es para el pueblo indígena una representación de un sistema blanco, masculino y católico que los ha oprimido. “Si bien se trata de personajes históricos del pasado, a los ojos de muchos sujetos y colectivos, reproducen, reivindican o permiten que estas violencias de antaño puedan ser reproducidas en el presente”, afirmó.

Este suceso en el Cauca, a pesar de que busca denunciar acontecimientos de hace siglos, busca demostrar también que esa violencia de la conquista sigue presente, por lo que los indígenas reclaman un proceso de reconstrucción de su memoria histórica y comunitaria.

Para este historiador, el caso en el Cauca está cargado de un simbolismo y una gran importancia. El monumento de Belalcázar está ubicado en el Morro de Tulcán, “que es una pirámide sobre una colina natural en donde era un sitio de enterramiento de los indígenas pubenses”, por lo que los indígenas también denuncian así la imposición de una cultura sobre otra

¿Qué hacer con el monumento ahora?

En las últimas horas, el debate se ha centrado en lo que debe pasar ahora con el monumento, en qué lugar debe ubicarse o cómo debe restaurarse.

Para Luisa Sánchez, directora del Departamento de Antropología de la Universidad Javeriana, la opinión pública se ha concentrado en el árbol y no en el bosque, es decir, “estamos muy determinados en saber qué va a pasar con la estatua, si estuvo bien, si estuvo mal, si es legítimo haberla tumbado”.

Pero en realidad lo que deberíamos ver es el bosque. “El bosque nos está mostrando que hoy en día tenemos una preocupación y una indignación colectiva. Están atacando ciertos símbolos, porque quieren expresar que están siendo atravesados por unas grandes preocupaciones y por un sentimiento de indignación colectiva”, afirmó la docente.

Para Vargas, ahora debe hacerse un proceso de deliberación amplio, que le permita a la academia, los intelectuales, los estudiantes y la sociedad civil debatir sobre los símbolos y los objetos patrimoniales ubicados en cada ciudad.

Según el historiador, instalar nuevamente la estatua en el mismo lugar puede ser una acción problemática, pues puede generar nuevos hechos de violencia, pero también puede “reiterar esa invisibilización y esa falta de interlocución que el Estado ha tenido con los indígenas”.

Pero lo más importante ahora es entender las denuncias y las razones que hay detrás de este acto en el Cauca, pues según el historiador, no se puede quitarle al hecho su sentido político por sólo tildar el suceso como un acto vandálico.

“Estos actos de iconoclastia tienen que ver con un llamado de atención para que nos demos cuenta que estas comunidades quieren ser escuchadas, quieren que su versión, que su memoria, que sus demandas políticas en el presente sean escuchadas, porque no lo han sido hasta ahora”, dijo el director del departamento de Historia.

Así, sus demandas no son solo por lo que la estatua representa, sino por los líderes asesinados y por las demandas de territorio, justicia y autonomía que han exigido los indígenas durante años.

Además de escuchar sus denuncias, Vargas aseguró que se debe evitar que este debate caiga en reactivar estereotipos sobre la comunidad indígena. Si bien el historiador afirma que la mejor opción para la reivindicación de los derechos no puede ser siempre tumbar las estatuas, sí debe evitarse que tras estos hechos se crea que los indígenas no son inteligentes, que son salvajes o son poco educados.

Para Luis Enrique Nieto, se debe aprovechar la educación para permitir que los indígenas y todas las poblaciones oprimidas presenten su relato y puedan exponer sus versiones que están fuera de la historia que se ha privilegiado hasta hoy.

Sumado a esto, Sánchez destacó que el monumento es sólo un vehículo de la indignación que lo que debe permitirnos es una oportunidad valiosa para “tener un diálogo bastante más dinámico e inclusivo sobre cómo queremos ser representados en el espacio público”.

Pero además, la docente enfatizó en que “el derribo y el monumento son una excusa para sentarnos a hablar de la dignidad y del valor de la vida”, y de por fin escuchar y cumplir las promesas olvidadas de los pueblos del Cauca, del país y del mundo.

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