Cali
Opinión: José Darwin Lenis, exsecretario de Educación: “No más escuelas en Cali”
La educación en Cali no puede seguir evaluándose solo por resultados en pruebas: urge transformar las capacidades de las instituciones, cerrar brechas como la falta de conectividad y replantear el sistema ante cambios demográficos y tecnológicos.
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18 de mar de 2026, 02:22 a. m.
Actualizado el 18 de mar de 2026, 02:24 a. m.
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Desde hace décadas, en Colombia la calidad educativa se mide casi exclusivamente por los resultados de las pruebas Saber. Es un indicador importante, pero insuficiente. Poco o nada se valoran las capacidades institucionales de las escuelas: su infraestructura tecnológica, su organización administrativa, sus condiciones pedagógicas o su capacidad de gestión.
Transformar las capacidades escolares para construir instituciones educativas más integrales e interconectadas no solo es relevante: es urgente. Aún hoy, en Cali, persisten escuelas sin conectividad. En un contexto donde el conocimiento circula cada vez más a través de plataformas digitales, la falta de conectividad profundiza las desigualdades educativas.
A este desafío se suma que la tasa de natalidad en Cali ha caído de manera significativa: los nacimientos pasaron de 31.213 en 2005 a 16.863 en 2024. Este dato plantea una pregunta inevitable sobre la planificación escolares. La ciudad no necesita construir más instituciones educativas; necesita reorganizar, fortalecer y modernizar las que ya existen. Ello implica focalizar recursos, reestructurar sedes, fusionar y suprimir instituciones. Son decisiones con costo político, pero con un enorme potencial de beneficio para la ciudad.

Para fortalecer el sentido de la educación pública. Las organizaciones sindicales, los directivos docentes, las agremiaciones y los distintos sectores educativos tienen responsabilidades en contribuir a un propósito común: superar el rezago educativo que afecta enormemente la ciudad. El rezago no es solo un problema del sistema escolar; es un atraso que repercute en la convivencia social, en el sentido de pertenencia territorial, en la salud mental de los jóvenes, en la cultura ambiental y en la competitividad nacional.
En este proceso, el liderazgo educativo es fundamental. Rectores con visión estratégica, maestros comprometidos con su actualización pedagógica y equipos administrativos fortalecidos constituyen pilares esenciales para mejorar los ambientes de aprendizaje y los resultados de la educación pública. A ello debe sumarse un seguimiento más riguroso a algunos establecimientos privados que, con frecuencia, ignoran los lineamientos y la normatividad educativa tanto local como nacional.
La experiencia pedagógica demuestra que se aprende mejor aquello que despierta interés y curiosidad. Los estudiantes se apropian del conocimiento cuando lo experimentan y lo viven, no cuando lo reciben como una obligación. De lo que se trata, en última instancia, es de despertar vocaciones, de entusiasmar a los jóvenes y de ofrecerles horizontes de vida dignos frente a las múltiples ofertas del mercado que, muchas veces, terminan desviándolos hacia caminos poco constructivos.
Finalmente, el debate debe incluir la Ley General de Educación, promulgada en 1994, que supera ya las tres décadas de vigencia y muestra señales evidentes de obsolescencia frente a las transformaciones tecnológicas y sociales del siglo XXI. Hoy se requieren nuevos modelos educativos, incluyendo ecosistemas de inteligencia artificial y modalidades de educación virtual o híbrida, especialmente en la educación media.
En una ciudad como Cali, donde las llamadas “fronteras invisibles” todavía condicionan la movilidad de muchos jóvenes, estas modalidades podrían garantizar el derecho a la educación de quienes no pueden desplazarse libremente por razones de violencia. Por eso, Cali necesita abrir un debate público amplio sobre el futuro de su sistema educativo. Un debate profundo incluso constituyente que permita pensar la educación no solo como un servicio, sino como el principal proyecto colectivo para el desarrollo de la ciudad.
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