Cali
Exclusivo | La historia de Yessica y su perrita Milú, sobrevivientes de Torres del Limonar: “Ella es un ángel”
Yessica Andrea quedó atrapada bajo los escombros y llegó a pedir que le cortaran una pierna para poder salir. A pocos centímetros de ella estaba Milú, la perrita de 11 años que también quedó atrapada.
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9 de sept de 2026, 04:35 p. m.
Actualizado el 9 de sept de 2026, 04:35 p. m.
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Por María Camila Rentería / Especial para El País
“Córtenme la pierna”. Yessica Andrea gritaba desesperada bajo los escombros. Una viga mantenía atrapada su pierna izquierda y el dolor se había vuelto insoportable. No podía ver con claridad. El polvo le dificultaba respirar y a su alrededor solo había bloques de concreto, varillas y restos de lo que hasta minutos antes había sido su casa.
Detrás de sus piernas, en medio de la oscuridad, Yessica escuchaba respirar a Milú, la perrita de 11 años, que también había quedado atrapada tras el desplome del edificio Torres del Limonar donde vivían en el barrio Capri, en el sur de Cali. Aunque no podía verla, sabía que estaba allí.
Por eso, antes de pedir que la sacaran a ella, intentaba decirles a los rescatistas que buscaran a su mascota. “Yo les decía que primero la salvaran a ella”, recuerda en diálogo con El País.

Una mañana que parecía normal
Yessica Andrea Perenguez tiene 27 años y es comunicadora social. Es oriunda del Putumayo, pero hace aproximadamente un año y medio decidió salir de su departamento en busca de oportunidades laborales, convirtiendo a Cali en su nueva ciudad.
“Cali hasta el 9 de agosto me trató muy bien, me abrió todas sus puertas”, dice.
Desde abril trabajaba en la Universidad Autónoma de Occidente. Su vida transcurría entre el trabajo, la casa, algunos libros y las series que acostumbraba ver en sus momentos de descanso. También estudiaba inglés, una actividad que disfrutaba especialmente, aunque tuvo que suspenderla por cuestiones laborales.
En marzo se había mudado al apartamento junto con su pareja y su suegro. Allí también vivían con Milú, una perrita que pertenece a su suegra y que estaba bajo su cuidado, pues tiene problemas de salud y debe recibir sus alimentos y medicamentos a determinadas horas.
A las 5:30 de la mañana se levantaba, preparaba el desayuno, alimentaba a Milú, le daba sus medicamentos, se bañaba y se preparaba para ir a trabajar. El lunes 10 de agosto debía entrar a las 9:00 de la mañana. Estaba terminando de arreglarse cuando comenzó el movimiento. Al principio no pensó que fuera diferente.

“Mi comentario a mí misma fue: ‘Cali otra vez temblando’”. Pero entonces escuchó el choque de los vidrios de una lámpara en el comedor, salió de la habitación y observó que los objetos se movían con mayor fuerza.
El miedo apareció. Y aunque estaba cerca de la salida, había una razón por la que no pensó en abandonar el apartamento. Milú estaba en la cama.
“Yo tenía muchas posibilidades. Quizás en ese momento, como estaba empezando, quizás pude haber salido (...), pero ella estaba en la cama, entonces para mí no era una opción irme”.
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Se sostuvo de las paredes mientras intentaba avanzar hasta la habitación, tomó a Milú y salió hacia el patio del apartamento, una zona que tenía una parte descubierta donde pensó que estaría más protegida. Escuchó un estruendo y después todo se oscureció.
“Me voy a morir”
Yessica no sabe cuánto tiempo permaneció inconsciente. Cuando recuperó el conocimiento, estaba atrapada y apenas podía ver. “Llegan muchos pensamientos al mismo tiempo. Entonces, yo decía: ‘Me voy a morir’”. Intentaba gritar para pedir ayuda, pero respirar era difícil. El polvo había cubierto todo y cada esfuerzo por pedir auxilio parecía dejarla sin aire.
Gritaba, descansaba unos segundos y volvía a hacerlo. Hasta que alguien la escuchó. Los primeros en llegar fueron uniformados de la Policía que se encontraban terminando su turno de patrullaje. Una motocicleta les avisó que un edificio de la carrera 72 había colapsado.
Cuando llegaron, encontraron una estructura completamente destruida. Los policías comenzaron a retirar los escombros con las manos. Yessica recuerda una voz detrás de ella que le repetía: “Respira, respira, respira”.
Uno de los hombres la sostenía por el cuello mientras intentaban liberar su cuerpo. Descubrieron que una viga estaba sobre su pecho y le dificultaba la respiración. Entre varias personas consiguieron retirarla. Yessica logró sentarse, pero todavía no podía ver qué ocurría alrededor. Tenía el rostro cubierto de polvo.
Podía escuchar a Milú, pero no podía verla. La perrita, de pelaje rubio, estaba cubierta de polvo y escombros, por lo que los rescatistas tampoco sabían que la mascota continuaba atrapada.
Fue el intendente Sebastián Daza quien ingresó al espacio donde estaba Yessica para tratar de determinar cómo liberarla y logró ver a la perrita. El uniformado intentó halarla, pero algo impedía que saliera. Retiró algunos de los bloques que estaban sobre sus patas y volvió a intentarlo. Esta vez, Milú salió.

“Ella es un ángel, tiene siete vidas”, dice Yessica. El rescate de Milú se sintió como un alivio, pero ella todavía no podía salir, pues su pierna izquierda permanecía aprisionada bajo varias vigas.
Y el dolor aumentaba, mientras los policías intentaban tranquilizarla. “En una situación de esas, lo último que tú tienes es tranquilidad”. En medio del desespero, encontró una solución que parecía la única salida.
“Córtenme la pierna”, repitió varias veces. “Si yo no puedo salir porque está mi pierna atorada, córtenmela”. Los uniformados intentaban convencerla de que esperara.
Mientras tanto, las labores de rescate continuaban en medio de las réplicas del terremoto y de una estructura que todavía representaba un peligro. Daza volvió a meterse entre los escombros. Con su propio cuerpo ayudó a levantar una de las vigas.
Yessica recuerda que, en medio de la maniobra, los policías comenzaron a preguntar de quién era la sangre que veían sobre las vigas. Asustada, notó que no era suya, sino de las manos del uniformado: “Cuando veo las manos del intendente, eran las manos de él que estaban sangrando por la fuerza que estaba haciendo para ayudar con el rescate”.
El policía utilizó su propio cuerpo para hacer fuerza y, con ayuda de la comunidad, finalmente consiguió liberar la pierna. Después de aproximadamente una hora de labores, Yessica pudo salir de los escombros.
Fue trasladada a la Clínica Valle del Lili, ingresando entre las 9:40 y las 9:50 de la mañana. En la ambulancia apenas podía mantenerse despierta. En la clínica descubrieron que tenía una herida importante en la pierna. Inicialmente pensaron que podían suturarla, pero al limpiarla observaron que el tendón era visible y requería una cirugía.
Yessica, que nunca había sido hospitalizada, sintió miedo. Entre esa noche y la madrugada fue intervenida, pero esa sería apenas la primera de varias intervenciones.
Presentaba además una fractura en el rostro, una lesión en el omóplato izquierdo y un hermotórax (sangre acumulada en el pulmón izquierdo). La cirugía maxilofacial tardó cuatro días en programarse.
Y aunque la operación fue exitosa, luego debió someterse también al drenaje pulmonar. Le colocaron un tubo desde la espalda hasta el pulmón y permaneció varios días con él. “Realmente es muy doloroso, demasiado doloroso. El proceso de retiro es aún peor”. En total, permaneció 10 días hospitalizada.
Hoy las secuelas siguen presentes. Yessica asiste a terapias respiratorias y de rehabilitación física. El brazo izquierdo ha mostrado mejoría, pero la lesión en el nervio de la pierna provocó que quedara con pie caído, por lo que necesita terapia para recuperar el movimiento.
Actividades que antes hacía sin pensarlo, como peinarse, cepillarse los dientes, vestirse o ir al baño sola, ahora requieren esfuerzo.
A la par, ha recibido acompañamiento psicológico y psiquiátrico para procesar la culpa y las preguntas que se hace tras el desastre: entender por qué ella sobrevivió y otras personas no lo lograron.
Una de las pérdidas que más la golpeó fue la de una vecina que vivía junto a su apartamento, una mujer amable, amante de los animales, a quien recordaba con aprecio.
Durante su estancia en la clínica preguntaba constantemente por ella, hasta que su pareja le confirmó que ni la vecina ni su madre sobrevivieron. “Para mí todo ha sido muy triste”, reconoce.
Yessica y su pareja lo perdieron todo. Muebles, electrodomésticos y los enseres adquiridos con esfuerzo desaparecieron en segundos. Por eso no cree en la frase “lo material se recupera”. “No es así, porque tú no sabes cuánto esfuerzo le costó a esa persona poder tener sus cosas”.
Ahora buscan vivir en un lugar que facilite sus desplazamientos, pues aún tiene dificultades para caminar y debe acudir a terapias y controles. Hasta el momento de la entrevista, la única ayuda oficial que recuerda haber recibido es una bolsa de mercado entregada dos semanas atrás.
De su apartamento solo pudo recuperar su celular, devuelto por un rescatista que logró contactar a su madre. Ni siquiera pudo rescatar su ropa.
“Dejo que el mundo me sorprenda”
A casi un mes del terremoto, Yessica todavía no sabe exactamente cómo será su vida. Por ahora está concentrada en recuperar el movimiento de su pierna y continuar con las terapias.
Antes del desastre planeaba estudiar una maestría. Había hablado con su madre sobre cómo financiarla y estaba cerca de iniciar el proceso de inscripción. También quería retomar sus clases de inglés. “No sé qué pasará con mi vida. Yo dejo que el mundo me sorprenda por ahora”.
Asegura que la tragedia transformó su manera de relacionarse: antes solía ignorar llamadas de números desconocidos; hoy responde siempre. Siente una presencia más activa con su familia y un valor distinto por quienes han permanecido a su lado. Su pareja, su familia y su red de apoyo han sido fundamentales: “Tener una red de apoyo en momentos difíciles, yo creo que es el mayor regalo”.
Hoy, Yessica y Milú intentan reconstruir su rutina. Aún quedan terapias pendientes y un hogar por levantar. Cuando piensa en el futuro, prefiere no dar nada por sentado. Solo quiere recuperarse y esperar: “Si la gente dice que Dios me tiene hecha para grandes cosas, pues ya estoy disponible”.
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