El 'Palomo' Usuriaga se fue ovacionado

El 'Palomo' Usuriaga se fue ovacionado

Febrero 10, 2019 - 07:55 a.m. Por:
Rubén Darío Valencia / especial para El País
Entierro de Alveiro Usuriaga

Entierro de Alveiro Usuriaga

Archivo El País

Dos días después de su asesinato, Alveiro Usuriaga fue enterrado en el Cementerio Metropolitano del Sur, en medio de una impresionante romería de hinchas que por momentos convirtió el camposanto en una extensión del estadio Pascual Guerrero. El 14 de febrero del 2004, El País registró el sepelio a través de esta espléndida crónica escrita por Rubén Darío Valencia.

Un multitudinario cortejo fúnebre, que paralizó el sur de la ciudad, acompañó el cuerpo del deportista asesinado. Sólo algunas viejas figuras del fútbol fueron a despedirlo. Las autoridades siguen barajando hipótesis sobre las causas de su homicidio.

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Alveiro el ‘Palomo’ Usuriaga ya está en su nueva morada: Lote 582 Jardín S-53 del Cementerio Metroplitano del Sur, en Jamundí, a medio kilómetro de la capillita donde una multitud de hinchas lo despidieron con su antiguo cántico de guerra: “Usu, Usu, Usu, Usu, Usu…”.

Una hora después de su fragoroso sepelio, al que asistieron decenas de personas llegadas desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad en buses, motos, ciclas y en autos particulares, solo se podían observar los rastros frescos del entierro, como rescoldos de una extraña fiesta mortuoria: cadáveres de flores trituradas por millones de pisadas, tiernos brotes de hierba arrancadas de cuajo, tumbas vecinas arruinadas y una montaña de chuspas de sandy, palos de helado, vasos desechables, restos de maní y banderas de papelillo gastadas en una tarde.

Y la tumba de Alveiro, todavía con la tierra alborotada, a medio sellar, con la carpa que le dio sombra a la boca del sepulcro durante las horas que esperó abierta a su inquilino, destrozada por una tempestad de manos que se colgaron, se amarraron y se crisparon en ella.

Así quedó el ‘Palomo’; una hora después de su adiós, al que solo fueron a blandirle una mano un puñado de viejas estrellas del fútbol que, como él, ya no tenían un balón en sus pies: James la ‘Guama’ Cardona, William Angulo, Bertolucci Martínez, el ‘Niche’ Guerrero, Víctor Bonilla. “Poca gente pa’ un man tan grande”, como dijo Leonor Pino, una vendedora de flores de la Carrera 10 con Calle 19 que se fue con todas sus amigas a despedir a Alveiro.

Solo Gonzalo Quisque, un samaritano de los muertos, que se gasta los días regando flores y limpiando lápidas ajenas en ese cementerio, tuvo la piedad de quedarse un poco más asomado a la puerta infinita por donde salió, para siempre, Usuriaga. Luego se echó la bendición y se fue. Entonces, la tarde recobró el aliento del silencio y se echó a andar el tiempo del olvido.

“Esta no es una fiesta”

Una hora antes, la capillita del camposanto tenía el fragor de un estadio. Cuando el féretro entró, tras una travesía de dos horas y media a través de la Calle 5a., una arteria infartada al sur de la ciudad, decenas de hinchas se reventaron las manos en aplausos mientras cantaban el nombre del ídolo caído: “Usu, Usu, Usu, Usu…”.

Fue una escena que hizo erizar la piel de los recuerdos. “Pareció como cuando la gradería americana del Pascual pedía el ingreso del negro al campo pa’ que arreglara un partido”, dijo Walter, un muchacho del Doce de Octubre que llegó en bicicleta y enfundado en una raída camiseta americana con un desteñido número en la espalda.

Ese fue un momento difícil para el trámite de la misa. Nadie quería dejar de cantar, de saltar, de aplaudir. Nadie cejaba en su empeño por ir a tocar el féretro, de untar la camiseta del equipo, la balaca, la gorra o la bandera en la lustrosa madera del ataúd.

Afuera, un Allegro recién comprado despedía furiosos decibeles desde un potente radio. Tocaba la salsa que bailaba, en vida, el futbolista. “Ese es mi homenaje póstumo”, explicó el fornido propietario del ruido cuando le pidieron permiso para rezar al muerto.

Cuando el sacerdote estaba a punto de abandonar el oficio, le apareció un árbitro al desorden: “No estamos en una rumba, estamos en el entierro del socio”, gritó por el micrófono uno de los líderes de los hinchas. “Siéntense para rezar al socio”, insistió, y los despojos bebieron el agua bendita en una corta eucaristía de emergencia, cantada en medio del jadeo de la muchedumbre.

Para entonces, doña Esther, la madre del muerto, ya lo había perdido para siempre. Ya no pudo verlo más, ni tocarlo, ni verlo desaparecer bajo la tierra, porque decenas de manos se lo llevaron en andas medio kilómetro a la tumba.

Nunca dejaron de cantar “Usu, Usu, Usu, Usu…” los americanos, o “se nos fue, ‘Palomo’ se nos fue”, los caleños, en una rivalidad sin odio ni fuerza, porque, sabían, estaban en el último partido de Usuriaga.

Fue un sepelio multitudinario, de gente humilde, de los que sueñan con una gambeta larga cambiada, los que esperan ansiosos domingo a domingo un puesto en la gradería, los que lloran con un gol o se trasnochan con una derrota.

Atravesaron la ciudad acompañando la carroza, pitando sus carros, cantando en los platones de las camionetas, enarbolando sus banderas deportivas. Incluso, muriendo en el adiós, como Johana Valencia Gil, una joven mujer que cayó de una moto y se quedó convulsionando en el suelo frente a Cascajal, donde alguna vez entrenó su ídolo. Ella se devolvió sola en una ambulancia porque la caravana debía seguir.

A las 4:30 p.m. ya todo había pasado. Los cánticos y los adioses dejaron de atronar la tarde. Y la tumba de Alveiro el ‘Palomo’ Usuriaga se quedó sola y en silencio, como un estadio después del último partido.

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