Hubo un tiempo en que Jhon Deiby Ospina Valencia terminaba su jornada en el colegio y llegaba a su casa para, entre las dos y las cinco de la tarde, moler el maíz que su madre utilizaba en las arepas de cuya venta vivían. Fue hace quizá cinco o seis años: el chico – delgado, sonrisa blanca – terminaba sus clases en el colegio agrícola Arturo Gómez Jaramillo, en Alcalá, almorzaba y después armaba la antigua máquina que convertiría, con la fuerza de su brazo, en masa para arepas.

En las noches su madre y su abuela prendían el viejo asador y vendían: con queso, con jamón, con mantequilla. El negocio creció y empezaron a vender plátanos asados y también carne y mazorcas, y su madre pudo comprar un motor de moler que le permitió a él hacer el trabajo de tres horas en media. Para entonces cursaba noveno. Hay decisiones mínimas que pueden cambiar el curso completo de una vida. Cuando Jhon Deiby dejó de gastar tres horas moliendo, tuvo más tiempo para leer. Los números le aburrían.

“Mi realidad era la pobreza, no el teorema de Pitágoras”, suelta en un fulgor de elocuencia. Claro: vivía con su abuela y su madre en una pequeña casa de Alcalá. La suma de los ángulos del triángulo no le decía mucho, y El Capital o El Príncipe o los Diálogos de Platón que le prestaban sus profesores interpretaban para él su realidad inmediata: la violencia de un pueblo golpeado por el narcotráfico, la oscuridad del futuro.

Al verlo en perspectiva no lo pone en duda. Fue por esas lecturas y por las conversaciones con sus profesores que empezó a comprender su mundo: comprender que vivía en un pueblo en el que algunos carteles habían instituido el sicariato como posibilidad de vida y en el que en ir a una universidad era el lujo de algunas familias. Y esa comprensión fue a su vez un ejercicio trágico: Jhon Deiby a sus 15 años supo que las probabilidades mayores le indicaban un trabajo en un supermercado luego de graduarse. Lo que también fue un desafío porque supo, también, que solo tenía una alternativa: ganar una beca.

Por supuesto, no era fácil. Ganar una beca implicaba tener un muy alto puntaje en las pruebas Icfes. De modo que cuando cursaba once estudió más que sus compañeros, leyó más de lo que había leído antes y el día que vio los resultados comprobó que había obtenido los más altos de su pueblo. Comprobó, también, que no era suficiente para acceder al programa nacional de becas ‘Ser Pilo Paga’. Lloró, claro, como llora quien no tiene más elecciones.

Desde entonces ha pasado un poco más de un año y muchas cosas han cambiado: su madre ahora tiene un restaurante y él cursa su primer semestre de Ciencias Políticas. Quizá se trate de un asunto de justicia poética. Meses después de que supo que no obtendría su beca, la Gobernación del Valle realizó un consejo comunitario en Alcalá en donde se expuso su caso. Se le dijo, entonces, que haría parte del programa ‘Los más porras’, una iniciativa departamental que subsidia con alrededor de $600 mil pesos mensuales, cada año, a los mejores 130 estudiantes del departamento para que acudan a la universidad.

El programa, además, ofrece orientación profesional y “acompañamiento psicosocial” a los elegidos en el momento de escoger su carrera. Jhon Deiby, como es natural, desconfió, creyó que se trataba de una promesa más, pero en enero de este año recibió la llamada de un funcionario para iniciar el proceso de ingreso a Univalle, en Cali.

Sentado en una de las mesas del restaurante de su madre lo cuenta todo. Ríe, por momentos se conmueve, mientras alrededor ella trabaja diligente.

- ¿Y por qué estudiar Ciencias Políticas?
- Porque son las decisiones políticas las que pueden cambiar el país. Por ejemplo, fue una decisión política la que me ha permitido a mí ir a la universidad…
- ¿Hasta dónde querés llegar?
Se queda en silencio por un momento, luego lo dice con una convicción que no deja espacios para objeciones:
- Bueno, quiero ser presidente de Colombia.