De la noche a la mañana, cuando el polvo del sismo de magnitud 7,4 todavía flotaba sobre las ruinas del norte del departamento, las calles colapsadas se vistieron de un color imprevisto.
Entre paredes agrietadas, tejas caídas y el silencio de la pérdida en los municipios de Sevilla, Roldanillo y Zarzal, comenzaron a aparecer misteriosos carteles gigantes pintados a mano. No eran advertencias oficiales ni pancartas políticas; eran mensajes de aliento que hablaban de levantarse y florecer.
La reacción de la gente, aún temblorosa por las réplicas, fue inmediata: se detenían frente a las lonas, lloraban conmovidos, les tomaban fotos y encontraban en esas letras un refugio inesperado para el dolor.
Detrás de esta silenciosa revolución mental está Stiven Varela, un comunicador sevillano conocido como’ ‘Steven Astucia’.
Como periodista egresado de la Universidad del Quindío, había estudiado a fondo las postragedias de Armenia y Armero. Sabe que, tras perderlo todo, sobreviene una crisis de identidad devastadora: “¿Cómo te sientes tú después de que no tienes ni siquiera la cédula para poder decir ‘ýo me llamo Pedro’?”, dice.
El raye mental, como él lo llama, suele ignorarse en la emergencia. “El tema mental pocas veces se aborda”, explica Varela, consciente de que la solidaridad material llega rápido, pero el trauma permanece en el tiempo.
Para combatir ese vacío, Stiven convocó a su equipo de confianza: Stive, Julián, Majo, Mauro, Cristian y Aldi.
Juntos asumieron la misión de tapizar las ruinas con palabras vivas. En alianza con un impresor de Sevilla que les redujo los costos y donó material, diseñaron lonas gigantes con tipografía de grafiti para conservar la calidez de lo humano.
Para Stiven, lo digital resulta insuficiente hoy en día: “La experiencia de lo físico es lo que nos llama ahora”.
En medio del caos y la destrucción de los pueblos coloniales maquillados por el turismo, estas lonas actúan como un bálsamo: “Quería que la gente fuera caminando por donde todo está destruido y, en el paisaje de la multitud que vomita, encontrara una frase que la hiciera sentir algo distinto”.
Las frases que eligen no son improvisadas. En 2018, Stiven superó una fuerte depresión y se tatuó en el brazo la frase “No rain, no flowers”.
De esa experiencia brotó el concepto de florecer que hoy comparte con su gente. “No estamos enterrados, estamos plantados y vamos a florecer”, repite con convicción, recordando que Sevilla, el balcón del Valle, saldrá adelante.
La labor ha sido dolorosa. Visitar Roldanillo y ver las casas convertidas en cascarones vacíos por dentro lo dejó roto. Sin embargo, al ver a una multitud llorar frente a la lona que promete recuperar lo perdido ‘7.4 veces’, confirmó el poder sanador de su arte.
Aunque su propio apartamento en quedó inhabitable y su hijo de 2 años le pide volver a casa todos los días, Stiven y su equipo no planean detenerse. Tras un breve respiro para sanar el alma propia, el grupo se alista para llevar su cargamento de fe a Quimbaya, Quindío, y Pereira.