Por Germán González, consultor en asuntos públicos.
Un gabinete no solo define quién administra el Estado. También revela cómo un presidente pretende gobernar.
La composición del gabinete de Abelardo de la Espriella combina perfiles técnicos, figuras políticas y territoriales y personas del círculo de campaña. No parece responder a una coalición formal, pero tampoco a gobernar de espaldas a las estructuras políticas.
La clave está en que esos perfiles no solo llegan a administrar ministerios, también llegan con redes políticas, regionales y sectoriales. En un Gobierno sin mayoría propia, esa combinación puede ser parte de una estrategia para construir gobernabilidad.
El componente territorial también es relevante. El Caribe tiene un peso particular en el gabinete, acompañado por perfiles de regiones como Antioquia y Santander. Esto es consistente con la promesa de gobernar desde las regiones y puede ampliar la interlocución con liderazgos territoriales y sectores políticos.
Pero gobernar desde las regiones no sustituye al Congreso. Allí se definirán decisiones centrales, desde el Presupuesto y el Plan Nacional de Desarrollo hasta una eventual reforma tributaria, además de la elección del Contralor. También tendrá que tramitar la ley de competencias del Sistema General de Participaciones y la de procedimientos y competencias de la Jurisdicción Agraria.
La relación entre Ejecutivo y Legislativo tiene esa lógica: una mano que aprieta y otra que ofrece acuerdo. El Gobierno necesita mayorías, pero también busca diferenciarse del Congreso. Esa combinación puede marcar liderazgo, pero también encarecer las negociaciones.
Las primeras discusiones lo muestran. La elección de la presidencia del Senado evidenció que el Gobierno no tendrá control automático sobre las mayorías. El Centro Democrático se impuso al candidato respaldado por el Ejecutivo y coincidió con el Pacto Histórico. No hay contradicción: intereses distintos pueden coincidir en una votación y divergir en la siguiente.
Esta forma permite negociar con sectores cercanos, sin quedar atado a una coalición fija. Pero cada proyecto puede exigir una negociación distinta. Si construir acuerdos se vuelve demasiado costoso, el nuevo Gobierno podría buscar margen por la vía administrativa o recurrir al respaldo popular. Ninguna alternativa sustituye al Legislativo.
Por eso, los ministros tendrán una función que va más allá de dirigir cada cartera. Necesitarán capacidad técnica, pero también interlocución política y territorial para convertir decisiones del Ejecutivo en acuerdos viables.
La dificultad aumentará cuando pase la luna de miel y se acerquen las elecciones de 2027. El Centro Democrático necesita que al Gobierno le vaya bien, pero también preservar su identidad y representar a la derecha. Cooperar no significa dejar de competir.
El éxito del gabinete no se medirá únicamente por administrar las carteras, sino por convertir sus redes políticas, territoriales e institucionales en gobernabilidad. Esas mismas redes pueden terminar definiendo quién tendrá mayor capacidad para liderar la derecha cuando llegue la próxima competencia electoral.