Las PISA son una evaluación internacional aplicada en un número considerable de países, uno de los cuales es, desde el año 2006, Colombia. Son aplicadas periódicamente por la Ocde, son realizadas por jóvenes de 15 años aproximadamente y miden esencialmente tres áreas: lectura, matemáticas y ciencias. Recientemente, conocimos el desempeño de los estudiantes en la última prueba, PISA 2025. En concordancia con lo que han arrojado todas las mediciones, Colombia continúa obteniendo registros deficientes: los estudiantes de hoy leen tan mal como los estudiantes de ayer. Además de los previsibles resultados, la última evaluación muestra nuevamente que los aprendizajes son insuficientes e incluso que, en promedio, nuestro desempeño descendió. Este fue un fenómeno internacional. No obstante, que a un país que le ha ido históricamente mal empiece a descender aún más da cuenta de una tendencia que, para todos aquellos que trabajamos en educación, nos debería, al menos, cuestionar.
Que nuestros estudiantes aprendan es, sin lugar a duda, una responsabilidad de la escuela y de todos los agentes encargados de ella: desde los maestros, que pasan la mayor cantidad de tiempo con los estudiantes, hasta los equipos directivos, responsables de la administración de los centros escolares. No obstante, la escuela en Colombia recibe, por parte de una ingente cantidad de instituciones, algún tipo de intervención: fundaciones, universidades y empresas hemos hecho un camino acompañando escuelas. También nosotros hemos tomado tiempo de los maestros y de los rectores; hemos formado estudiantes; hemos intervenido la infraestructura de las escuelas y hemos dotado los centros educativos de materiales. Miles de millones son invertidos anualmente en este campo: la educación es, y muy seguramente seguirá siendo, un área prioritaria del sector social para cualquier actor.
No por otra razón; cualquiera que hoy tenga algún vínculo con las escuelas debe mostrarse preocupado y parcialmente responsable por lo que tales resultados nos están indicando. El hecho de que los estudiantes aprendan menos que antes es un problema social cuya responsabilidad no tiene que ver exclusivamente con lo que estén o no haciendo los maestros. En este sentido, creo yo que los resultados de hace veinte años y los de hoy, por lo menos, deberían obligar a las fundaciones, empresas y universidades a encarar unos interrogantes mínimos: ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Cuál es la responsabilidad de un sector social y privado que, a pesar del acompañamiento y de la inversión, no logra más y mejores aprendizajes?
Lo mínimo es, genuinamente, ubicar la responsabilidad que cada agencia tiene en los resultados deficientes de un sistema que no enseña bien. No hacerlo denota una intervención superficial de un sector que no se hace responsable y que no se compromete en lo esencial. Que los resultados de PISA no hayan generado un cuestionamiento sectorial sobre la labor de fundaciones y universidades, de empresas y corporaciones, demuestra que seguimos creyendo que la escuela y sus agentes llevan sobre sí, solos, la tarea común de formar. Socialmente, hay responsabilidades injustamente adjudicadas. Educar es una de ellas.