A las 8:46 de un soleado 11 de septiembre de 2001 un avión de American Airlines que partió de Boston se estrelló contra una de las torres gemelas en Nueva York. Diecisiete minutos más tarde una aeronave de United Airlines que despegó de la misma Boston se estrelló contra la otra torre. A las 9:37 a.m. un 757 de American Airlines que partió de Washington se enfiló contra el Pentágono mientras que un avión de United Airlines, vuelo 93, era derribado por los propios pasajeros sobre Pensilvania cuando ya había sido desviado por terroristas hacia Washington para impactar algún otro centro del poder americano.

Estados Unidos estaba bajo ataque por primera vez desde su independencia en su propio territorio continental, no por ejércitos extranjeros, ni por extraterrestres, sino por individuos armados con cortapapeles, adoctrinados en el islam radical en una operación planeada por años y llevada a cabo con letal precisión.

Corría el invierno boreal de 1998 cuando en diversos medios árabes aparecía la proclama “declaración del frente islámico mundial por la Yihad contra judíos y cruzados”, una declaración de guerra contra Occidente por parte del grupo Al-Qaeda. Esta oscura agrupación había sido fundada por los ‘veteranos de Afganistán’, voluntarios árabes y de países islámicos que se movilizaron en la ‘guerra santa’ contra los herejes soviéticos, la que terminó con la retirada en derrota del Kremlin, en lo que sería el preámbulo de la caída final del bloque comunista.

Del teatro afgano Al Qaeda transitó a la yihad global envalentonado por el éxito en el campo de batalla y la gran cantidad de combatientes radicalizados quienes, cumplida su labor, querían seguir con sus luchas y batallas por doquier. Su líder, Osama bin Laden hijo de una prestigiosa y adinerada familia saudí sería su líder hasta que fue abatido en su guarida en Pakistán en 2011.

Los primeros ataques atribuidos a Al Qaeda fueron en 1998 contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania con lo que daba inicio a la yihad global contra “cruzados y judíos”. Con los ataques a las torres, la religión irrumpía con fuerza en la agenda internacional a la vez que comenzaba la “guerra contra el terrorismo”, percibida por muchos sectores musulmanes como una guerra contra el Islam. Los que siguió fueron dos desastrosas guerras emprendidas por Estados Unidos contra Afganistán e Iraq cuyos resultados quizás no pudieron ser peor.

Los Talibán derrocados por Estados Unidos y la OTAN tras los ataques a las torres retornan triunfantes al poder en Afganistán en 2021, 20 años después, desatando una caótica retirada americana que evocó su símil de Saigón en 1975. La guerra de Estados Unidos en Iraq lanzada en 2203 sembró en buena parte los males que a azotan hoy la región del Medio Oriente: asenso de Irán, guerra fratricida entre sunitas y shiitas y el Estado Islámico. La primavera árabe se encargaría años después de terminar de devastar la región con sus Estados colapsados, dictaduras recargadas, terrorismo rampante, intervención de potencias y guerras perpetuas.

El terrorismo yihadista lejos de desaparecer se expandió a los cuatro puntos cardinales, golpeó fuerte en Europa años después de las Torres y convirtió los aeropuertos en espacios hostiles. La masacre genocida perpetrada el 7 de octubre de 2023 en Israel por Hamás, organización terrorista que alberga la misma ideología radical de Al-Qaeda, volvió a trastornar el Medio Oriente y conducirlo a múltiples guerras que aún no terminan.

Veinticinco años han pasado desde esa mañana en septiembre. Occidente sigue en pie, sus libertades asediadas desde los extremos mientras que la ideología del islam radical ha encontrado en la extrema y no tan extrema izquierda un aliado en su gesta para socavar las sociedades libres e imponer su modelo opresivo.