Estados Unidos de América está cumpliendo 250 años. Y por eso se considera, cuando se la compara con las naciones europeas, como una nación nueva, así como se predica de las que forman parte del hemisferio latinoamericano.
Sin duda, la nación más próspera y más importante de todo el hemisferio y, por supuesto, del mundo. Construida por inmigrantes provenientes de múltiples culturas. Lograron desarrollar una gran nación, pluralista, abierta, con un afán permanente de innovación y una mirada siempre puesta en un futuro mejor.
Así se convirtió en la esperanza de todos aquellos ciudadanos en el mundo que acariciaban el anhelo de una vida más gratificante que les permitiera innovar, crecer, y contribuir a la construcción de una sociedad llena de bienestar y caracterizada por su generosidad.
Estados Unidos pronto se convirtió en la nación que contaba con el mejor sistema educativo del mundo, y por ello fue el destino temporal o permanente de quienes tenían la ambición de crecer intelectualmente y, si ello era posible, de hacer contribuciones geniales para el resto de la humanidad.
Es que a los Estados Unidos llegaron como inmigrantes, muchos de los que no pudieron satisfacer sus anhelos intelectuales en Europa, y por eso hicieron del sistema educativo norteamericano un modelo para el mundo.
Estados Unidos se convirtió, muy pronto, en un sueño, el sueño americano, el anhelo por gozar de una vida, mejor, más estimulante, más creativa, con más futuro para el inmigrante y para sus familias.
Muy pronto, esta nación nueva ofreció, inclusive a las más viejas, las oportunidades y el ámbito apropiado para satisfacer ambiciones intelectuales o de prosperidad económica o innovación tecnológica.
Bien pronto se convirtió en la nación modelo, que todos queríamos imitar, y de progresos, de los que todos queríamos beneficiarnos.
Sus padres fundadores parece que también lo fueron para el resto del mundo. Su concepción del Estado, de la ciudadanía, de las funciones del gobierno por el pueblo, del pueblo y para el pueblo, se convirtieron en la insignia del resto de la humanidad.
Y, un caso excepcional, resolvieron ser la nación más generosa del mundo, desde todas las perspectivas. Y esa generosidad tuvo una dimensión particular en sus riquísimas empresas que hicieron de la filantropía una herramienta de bienestar para millones de personas en el mundo, a cambio de nada, en ocasiones, ni siquiera de la más elemental gratitud.
Un modelo del capitalismo que se dio el lujo de escribir en sus billetes la expresión “confiamos en Dios”. Una nación muy religiosa, muy trabajadora y muy solidaria con el resto de la humanidad.
El mundo le quedó pequeño y por eso pronto emprendió la conquista del universo, el viaje a la Luna, los satélites, entre otros.
Como individuo tengo una enorme deuda de gratitud con esa gran nación.