Lo que empezó como una jugada audaz hace un mes, hoy amenaza con convertirse en un enredo sin salida. La guerra con Irán, impulsada por la incursión incitada por Israel y acompañada por Washington, fue celebrada en sus primeros días como una demostración de fuerza ante un régimen deplorable y peligroso. Pero rápidamente ha derivado en algo más complejo: una escalada sin estrategia clara, aliados dubitativos y un presidente Trump que parece cambiar de rumbo cada mañana. Lejos está de cambiar el gobierno, que era la meta inicial.
Estados Unidos se encuentra hoy más cerca que nunca de una guerra terrestre en Medio Oriente, un riesgo global sin un final a vista. Lo que parecía una operación limitada ha mutado en un conflicto regional que se expande hacia Líbano, Siria y el Golfo. Mientras tanto, Irán ha demostrado una capacidad de respuesta considerable, especialmente al cerrar el estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20 % del petróleo mundial, desatando una crisis energética global.
Los aliados tradicionales de Washington, incluyendo a Europa, Japón, y Australia observan con creciente incomodidad. Algunos líderes europeos han cuestionado abiertamente la estrategia, mientras otros simplemente se han replegado. Aparte de no contar con una coalición, Trump, lejos de construir consenso se aleja aún más de los aliados históricos. Al enfrentarse a el rechazo generalizado ha optado por la volatilidad: un día amenaza con destruir la infraestructura iraní, el siguiente habla de negociaciones, de más tropas americanas en el terreno, y luego se refiere a una retirada inminente. La inconsistencia se ha convertido en política exterior.
La situación volátil tiene réplicas en casa. El impacto económico comienza a erosionar la base política de Trump, especialmente porque el precio de la gasolina ha superado los 4 dólares por galón, algo que no se veía desde hace años. En un momento complejo, esta novedad está golpeando directamente el bolsillo de los votantes de su base. La promesa de America First se diluye cuando las familias pagan más por llenar el tanque y ven cómo la agenda del gobierno se concentra en conflictos externos, algo que criticó sobre los demócratas anteriores. Muchos de sus propios votantes se preguntan por qué Washington está tan enfocado en “arreglar” Irán, Venezuela o Cuba, mientras el empleo, la inflación y el costo de vida siguen siendo preocupaciones inmediatas. La guerra, en lugar de consolidar liderazgo, está desgastando el contrato político con su base.
De cara a las elecciones legislativas de fin de año, los demócratas comienzan a recuperar terreno en distritos clave, impulsados por el malestar económico y la percepción de caos en la política exterior. Al mismo tiempo, sectores como el movimiento trumpista ‘MAGA’ muestran señales de fractura que podrían traducirse en abstención o voto de castigo. En el Congreso, la polarización ha paralizado decisiones básicas, incluido el presupuesto federal. Los servicios esenciales, como el equipo de seguridad aeroportuaria, sin recibir pago, convierten a los aeropuertos en locura y generan riesgos operativos.
Hasta la política migratoria se complica. Las medidas contra los inmigrantes se han endurecido hasta niveles draconianos. Reportes recientes señalan muertes de detenidos bajo custodia de ICE, mientras propuestas como eliminar la ciudadanía por nacimiento para hijos de inmigrantes reavivan un debate constitucional profundo. Estas decisiones generan rechazo entre votantes latinos y comunidades que antes mostraban simpatía por Trump.
El plan del Presidente está fallando. Más allá de los gestos narcisistas, su nombre en edificios y la marca personal en los billetes, y la obsesión general con la imagen no se ve claro una visión coherente para Estados Unidos. No hay un proyecto claro que articule crecimiento económico, cohesión social y liderazgo global. Hay, en cambio, una sucesión de decisiones reactivas, muchas veces contradictorias.Trump construyó su poder político sobre la idea de control: control de las fronteras, de la economía, del rumbo del país. Con esa promesa derrotó Donald Trump a un partido demócrata flojo y obsesionado más por las políticas de género que por un programa económico. Hoy, esa narrativa de hombre fuerte está en riesgo de desaparecer.