Hace poco salí a trotar con uno de los famosos ‘running clubs’; fueron aproximadamente 6 kilómetros. Los que me conocen saben que desde chiquita me rehusaba a correr en educación física, entonces digamos que este tipo de ejercicio no es mi actividad predilecta. En pocas palabras, la sufrí, pensé en devolverme en el primer kilómetro, y mi mente me jugó malas pasadas.
Pero en cada momento que tuve que frenar y caminar (que fueron varios), ahí estaban mis amigos runners -a quienes por cierto, acababa de conocer- alentándome y dándome fuerzas para seguir. Pararon conmigo, me ayudaron a respirar, me dieron palabras de aliento y no me desampararon. Gracias a ellos puedo decir que logré correr 6 kilómetros y me sentí absolutamente satisfecha, capaz y orgullosa de mí misma.
Aunque la que movió mi cuerpo fui yo misma, tengo clarísimo que los que me dieron la fuerza para hacerlo fueron ellos. Personas con las que nunca había compartido antes, desconocidos, en ese momento fueron mi motor y mi fuente de seguridad e inspiración.
Me acordé de este momento hace poco, tras el trágico terremoto que sacudió a nuestro país y derrumbó nuestra ciudad, pues lo que más he podido notar es cómo nos ha llevado a tomarnos de la mano ante la adversidad.
Me ha dejado atónita la manera como esta catástrofe unió a todo un país. Pasamos de estar absolutamente polarizados durante un periodo de elecciones muy difícil a vivir una crisis como esta, que a fin de cuentas lo que más ha hecho es construir unidad y comunidad en medio de tanta destrucción.
Desde lejos he visto a mis amigos del colegio trabajar sin descanso para conseguir auxilio en las localidades más afectadas, he visto por redes sociales cadenas de ayuda a personas que han perdido su trabajo y sus hogares, y he notado a gran escala cómo esta catástrofe nos ha vuelto más humanos: humildes, unidos y con el corazón dispuesto a servir y ayudar.
Estar lejos cuando mi país está más vulnerable ha sido muy difícil. Surgen sentimientos de culpa recurrentes, y está esa sensación constante de que “puedo estar haciendo mucho más”, a pesar de estar haciendo todo lo que está a mi alcance dadas las circunstancias. Creo que muchos nos sentimos así, estemos lejos o no. Las tragedias como esta traen consigo una penumbra de emociones.
Por eso es importante entender que es completamente válido que por dentro tengamos un sancocho de emociones. El duelo y la gratitud. La culpa y el alivio. La esperanza y la desesperanza. La impotencia y la solidaridad. Todas estas emociones y sentimientos pueden coexistir simultáneamente en nuestro interior, y es especialmente natural que esto suceda en situaciones de tragedia.
Por otro lado, aunque es cierto que no podemos frenar nuestra vida por esta crisis, también es cierto que podemos seguir ayudando. Colombia sigue pidiendo a gritos que no la olvidemos solo porque ya no es noticia de última hora. Conociéndonos, queridos colombianos, no tengo duda alguna de que la ayuda seguirá llegando, y poco a poco llegaremos a la reparación, unidos.
Reflexionando sobre esto, se me viene a la cabeza un estudio realizado hace muchos años por el psicólogo James A. Coan, quien comprobó que el apoyo físico y la unión con otras personas tienen un impacto directo en cómo nuestro cerebro procesa el estrés y las amenazas. Este estudio se titula ‘Lending a hand: social regulation of the neural response to threat’ y en esencia nos demuestra que estar acompañados y darnos la mano en momentos difíciles calma y regula biológicamente al cerebro, así sea la mano de un desconocido.
Esta unidad en Cali es el reflejo de un gran líder. El trabajo incansable de Alejandro Eder es de admirar; su presencia y su labor en medio de esta crisis me parecen dignas de un líder no solo absolutamente capaz, sino también verdaderamente humano. Un político que le pone el alma a todo lo que hace por su ciudad, con empatía, respeto, disposición y amor. Nuestro país necesita y merece más líderes así. En su última entrevista transmitida por Caracol, el alcalde usa su voz para unir a toda la ciudad por 90 segundos el próximo jueves 10 de septiembre, para escuchar las campanas sonar por la resiliencia de todo un país.
Al final nos deja un mensaje muy claro con el cual cierro: “Que se sienta la voz de Cali, que se sienta caleños, que estamos todos unidos. Que Cali somos todos, y esta herida la vamos a sanar juntos”.
Mi querida Cali, somos el ejemplo en carne viva de que juntos somos más. Espero que este sea y siga siendo el mensaje que transmitimos ante todo el país, para que podamos llegar a construir la Colombia que tanto soñamos, juntos.