Es una realidad muy común: amigos, amigas, familiares y conocidos suelen dar consejos y “recetas” sin tener una formación profesional. Aunque a menudo lo hacen con buena intención para ayudar, con frecuencia sugieren recomendaciones sin una visión científica, lo que puede resultar peligroso.

Tengo muchas anécdotas sobre personas que, sabiendo que soy médico, me aconsejan remedios tradicionales y toda clase de recetas. Incluso un colega y amigo llama con frecuencia a la persona que me prepara los alimentos desde hace muchos años. He pensado que lo hace por el cariño que me tiene, llegando al extremo de recomendar lo que debo tomar, incluyendo dos vasos de vino al día.

Mi amigo Álvaro Miguel Mina, el famoso ‘Negro Mina’, cuenta anécdotas de mi motorista, quien lleva más de veinte años trabajando conmigo. Relata que, cuando llaman a mi teléfono, él contesta: “Teléfono del doctor García, ¿qué se le ofrece, por favor?”. Entonces, con toda naturalidad, da consejos como: “Disminuya la dosis, tome abundantes líquidos; si tiene fiebre, tómese un acetaminofén”. Todo esto me parece muy coloquial, pero luego me informa de la llamada, anota el número telefónico y yo posteriormente me comunico con el paciente.

Desde tiempos inmemoriales, todo el mundo cree ser médico. La historia de la medicina relata el caso del coronel Moniesel, un militar francés conocido por su valor durante la Restauración. Murió de una cruel enfermedad que le impedía evacuar. Antes de fallecer, les pidió a sus médicos que llevaran al hospital a una persona que hubiera padecido la misma enfermedad, para practicarle la autopsia y observarla personalmente, con el fin de conocer la causa de su muerte y tener la satisfacción de saber de qué iba a morir. Pagó por ello y murió con esa inquietud resuelta.

Hay muchos pacientes que desean ser médicos sin haber cursado esa profesión y necesitan saber en detalle qué enfermedad padecen, por lo que estudian sus casos con gran dedicación. Otros sienten una verdadera vocación y no pudieron estudiar Medicina. Siempre he pensado que muchos de ellos habrían sido excelentes médicos o investigadores.

En la historia de la medicina, y aún en la actualidad, son innumerables los casos de personas que se han hecho pasar por médicos, han ejercido la profesión e incluso han practicado intervenciones quirúrgicas. En todos los países del mundo existen teguas, empíricos, chamanes y brujos que con frecuencia ejercen sin control, principalmente en áreas como la cirugía plástica y la estética, atendiendo en las llamadas “clínicas de garaje”.

También existe la medicina alternativa o tradicional, que suele apoyarse en remedios caseros y naturales elaborados con hierbas, infusiones y cataplasmas, heredados de la sabiduría popular o ancestral y transmitidos de generación en generación.

La medicina está regulada por leyes muy precisas y su ejercicio ilegal constituye un delito grave, aunque algunos impostores logran engañar durante años. Sin embargo, en muchas partes estas prácticas siguen siendo toleradas.

Ser médico no es un oficio cualquiera; es una filosofía de vida. Quien elige ser médico no escoge simplemente una profesión, sino una forma de vivir y de servir, sin distinción de raza o condición económica. Siempre les he enseñado a mis alumnos que ser médico es tratar de curar sin hacer daño; también significa ser humanista, tener vocación de servicio y mantener un aprendizaje continuo. Es una profesión que brinda enormes satisfacciones porque genera un impacto positivo en la vida de las personas.

Actualmente, ser médico en este mundo convulsionado, trágico y violento exige reflexionar y enfrentar todas estas vicisitudes. Debemos actuar con valores éticos y sociales para atender con dignidad a quienes nos necesitan. Desafortunadamente, esto no siempre ocurre. Hay médicos que anteponen sus intereses personales a la ética, y otros que se interesan más por la política que por la salud. Cuando llegan a cargos directivos, en ocasiones priorizan la política por encima del bienestar de los pacientes.

Existe también un aforismo universal que resume esta realidad: “De médico, de poeta y de loco, todos tenemos un poco”.