Nada más dañino para la salud política de los pueblos que el crecimiento desbocado de la superioridad moral. Esa frívola sensación de creerse moralmente superiores a los demás corroe las posibilidades del encuentro constructivo entre quienes piensan distinto y levanta infinidad de obstáculos a eso que el papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti llamó “amistad social”, que, dicho sea de paso, rescata la iluminadora observación de Aristóteles: “cuando los hombres son amigos no tienen necesidad de la justicia, mientras que cuando son justos necesitan además la amistad”.
¿En qué consiste realmente la superioridad moral? No creo que sea una realidad objetiva. Es, más bien, una creencia o un supuesto subjetivo, consciente o inconsciente, que no ha sido suficientemente estudiado o analizado. Jesús de Nazareth es uno de sus mayores críticos: “Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro un cobrador de impuestos. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias. En cambio, el cobrador de impuestos, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador! Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no.
La superioridad moral de hoy es más sutil y, quizás por eso, también más nociva. No se presenta tanto en individuos aislados, como el fariseo en la enseñanza de Jesús, sino en grupos sociales y partidos políticos. Ocurre en un paso imperceptible del yo al nosotros: la superioridad moral se manifiesta en un plural indefinido, pero efectivo, impulsado por las redes sociales y la inteligencia artificial, que distribuye la presunta superioridad en un especie de anonimato colectivo del que pocos llegan a tomar conciencia.
Es así como la superioridad moral ha llegado a convertirse en un motor sigiloso y discreto de la polarización, hasta llegar incluso a amenazar y destruir la comunicación, la deliberación y la argumentación. ‘Somos mejores’: ese podría ser el lema o la contraseña oculta de la superioridad moral polarizante y, porque somos mejores, los argumentos nos comprometen menos que la identidad de la manada, esa que nos ofrece la certeza subjetiva de que así es y así es bueno que sea. Y porque somos mejores, nuestras equivocaciones y yerros siempre serán de menor significado que las de otros “nosotros” de menor valía que el nuestro. Somos mejores porque defendemos causas más justas, lo que nos autoriza para hacer y permitir hacer lo que a otros les está negado.
No se sabe cuál es más nociva y retardataria para la sociedad en general: la superioridad moral de la izquierda, de la derecha o del centro. Eso no significa que todas las personas de izquierda, de derecha o de centro sufran de superioridad moral -ni más faltaba. Significa que la superioridad moral, por corresponder a una forma humana, demasiada humana (Nietzsche) de reacción y protección ante los cambios sociales, puede aparecer en cualquier persona o agrupación política de izquierda, de derecha o de centro. Ninguna ideología política está protegida o inmunizada frente a esa vía facilista de escalar unos cuantos peldaños para ver, desde arriba y hacia abajo, a todos los que piensan en forma contraria a como pensamos nosotros, los mejores, o peor: nosotros, los elegidos por Dios para imponer su mensaje.
La superioridad moral de la izquierda es la más evidente. Se fundamenta en la convicción de que los valores que acompañan este proyecto político poseen un contenido ético superior a los representados por las posturas conservadoras o liberales por el simple hecho de que busca corregir las injusticias de un sistema, el capitalismo, errático y perverso. La superioridad moral de la derecha es más compleja porque combina y entrelaza diferentes aspectos, como la defensa de la libertad personal y del mérito individual, la clarividencia de ser menos utópica y más realista y, sobre todo, está convencida de que produce más y mejores resultados.
Si el fetiche moral de la izquierda es la justicia y la igualdad, el de la derecha es la libertad y la efectividad. La superioridad moral de la izquierda procede de querer salvar el mundo, y la de la derecha de querer salvarnos de los que quieren salvar el mundo. Pero ¿acaso puede alguien, razonablemente, estar en contra de la justicia, la equidad social, la libertad, la eficiencia o el mérito personal? El asunto parece ser más de énfasis, equilibrio, ponderación y discernimiento. Los del centro político también son tentados por el demonio de la superioridad moral, se mueven entre esas dos orillas y su fetiche moral es el justo medio.
Para evitar caer en la superioridad moral no hay que renunciar a las propias convicciones religiosas, filosóficas o políticas. No tener convicciones en esos asuntos produce la superioridad moral del nihilismo, quizás la peor de todas. Lo único que se requiere para no ceder a cualquiera de esas formas de superioridad moral es reconocer que la propia perspectiva, por más sólida que sea, no es sino una más dentro de una sociedad plural y diversa. Algo de humildad ayuda, como lo enseña Jesús en el pasaje evangélico mencionado al comienzo de esta reflexión: reconocer que somos imperfectos no es debilidad, puede ser grandeza; todo depende de hasta donde llegue nuestra mirada.