Por Jhony Muñoz Sánchez, Pbro. vicario general
Nos encontramos iniciando el tiempo ordinario en el año litúrgico del ciclo A. En este domingo el Evangelio de San Juan nos presenta a Juan el Bautista, quien ve a Jesús que viene hacia él e inmediatamente redirecciona la vida de sus discípulos diciéndoles “este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Juan el Bautista está al lado del Jordán, este lugar es significativo, pues evoca en el Antiguo Testamento a Josué, quien pasa al pueblo de Dios por el Jordán a la tierra prometida. Allá, en ese momento en la tierra prometida, Josué va a preguntar al pueblo de Israel: “Ustedes, a quién van a servir, a los dioses del pueblo extranjero o al Dios verdadero”, a lo que el pueblo le responde: “Nosotros serviremos al Señor”.
Estar al otro lado del Jordán, Juan el bautista, y señalar a Cristo como el Cordero de Dios es indicar, como Josué, al pueblo un camino nuevo, indica que Jesús es el camino, no un camino cualquiera; es el camino por excelencia que Dios Padre ha puesto al pueblo de Israel para conducirlo a la salvación. De hecho, acordémonos de que en la promesa a María (adviento) se le dice a María: Le colocarás por nombre Jesús, porque el salvará al pueblo. No solamente indica la persona, sino también la manera cómo salvará al pueblo. Dice Juan: Este el Cordero de Dios, en el sacrificio, en la inmolación, el ungido del Señor. Juan va a decir “va delante de mí”, delante de su pueblo, como el buen Pastor, para conducirlo a la salvación (Pasión, muerte y resurrección) que va a producir la entrega de Jesús: “El que quita el pecado del mundo”; el efecto de la entrega es una vida nueva en el perdón de los pecados.
Entonces, entrando en el 2026, coloquemos una ruta a nuestra fe, hacernos testigos del actuar de Cristo en nuestras vidas. Que este año sea un año del bautizado testigo de Jesús, quien ha marcado la historia de su vida, de su existencia. La ruta de la fe la marca Jesucristo, es el año donde nosotros los bautizados decimos soy testigo que he pasado por la pasión, muerte y resurrección en mi propia vida, que el Señor me ha unido a su vida y, como bautizado, soy otro Cristo, y soy capaz de vivir un estilo de vida nuevo. Somos capaces de expresar una vida en Cristo. No olvidar que el sacrificio de Cristo ha dejado marcado su amor total en la historia de la humanidad.
Creyentes que, redireccionando la vida en Cristo, experimentando su Amor de Cruz, somos capaces de redireccionar el compromiso nuestro en el mundo actual desde este amor: el que quiera seguirme renuncie así mismo, tome su cruz y sígame.