Vivimos una época que exige rigor intelectual y sangre fría, con potencias jugando a la incertidumbre, la inteligencia artificial redefiniendo industrias y movimientos geopolíticos que reordenan el mundo. En nuestros márgenes, la conversación pública sigue girando en círculos reducidos, atrapada en consignas, reacciones viscerales y liderazgos que privilegian el aplauso sobre la comprensión. Basta observar quiénes deciden, en cualquier latitud, para notar que rara vez son los más lúcidos, sino quienes confunden determinación con luminosidad y el ruido con la razón.

No alcanza con concluir que algo se dañó recientemente, que la democracia se degradó o que el sistema falló, porque, aunque esa lectura tranquiliza, se queda corta. Lo inquietante es aceptar que no estamos ante una anomalía, sino frente a un patrón persistente en el que la biología evolutiva no premió al más preciso, sino al más decidido, no a quien dudaba con fundamento, sino a quien transmitía certezas, incluso equivocadas. No es una regla absoluta, y cuando aparece la excepción el contraste es evidente, ahí están Barco en Colombia y Merkel en el mundo reciente para recordarlo.

Ese sesgo no desapareció con la modernidad, solo se refinó, y así se entiende mejor cómo funcionan hoy las campañas y quiénes terminan en los afiches. Seguimos confundiendo la confianza con la capacidad, por eso quien menos entiende un problema suele sentirse más seguro de lo que sabe, mientras quien sí lo comprende reconoce sus límites. En política, esa diferencia se castiga, porque la seguridad convence más que la duda.

Así, el sistema opera como un filtro que aparta a quienes se detienen a pensar y evitan la confrontación. La sandez es rápida y la inteligencia es lenta, y el entorno digital terminó inclinando la balanza, con una atención reducida a segundos que premia lo reactivo sobre lo reflexivo. La indignación genera clics y la verdad resulta ineficiente, y en ese terreno las sociedades responden mejor a relatos simples, lo que permite que el discurso populista avance con soluciones inmediatistas y enemigos claros.

Por eso, la discusión no pasa por el coeficiente intelectual, sino por una forma más peligrosa de estupidez, la incapacidad de reconocer la propia ignorancia, esa confianza sin sustento que habilita decisiones temerarias y políticas públicas mal diseñadas bajo la ilusión de control, y es precisamente esa ignorancia, cerrada a cualquier duda, la que termina imponiéndose.

La mala noticia es que los líderes son el reflejo amplificado de una sociedad que los valida, y si prosperan es porque existe una demanda por ellos, una preferencia por relatos fáciles sobre diagnósticos rigurosos y por salidas rápidas, donde terminamos eligiendo la tranquilidad de creer que tenemos razón incluso cuando se apoya en errores evidentes.

Hemos terminado entregando poder a personajes con la madurez emocional de un adolescente y la atención dispersa de un pez en acuario, lo que empuja —y seguirá empujando— a muchos de los más capaces a refugiarse en el sector privado o a irse del país, dejando los espacios de decisión en manos de quienes vemos a diario hacer el ridículo en las noticias.

Y bueno, estando en modo elecciones, esto se reduce a definir qué es lo que estamos dispuestos a respaldar. Desde esta columna siempre insistiremos en dejar de castigar a quien piensa antes de hablar y no confundir claridad con simplismo. En esa aparente desventaja —la de no gritar, la de no prometer lo imposible— puede estar, precisamente, la forma más seria de gobernar.

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Claridades: Detrás de los afiches suele moverse una cohorte de perfiles menores, siempre listos para atizar y distorsionar, a los que conviene seguir de cerca, porque en esa repetición insistente se expone la pobreza del discurso que, con criterio, hay que desmontar.