Ese día, el del llamado Plebiscito por la paz, justo hace 10 años, atendí en la tarde la invitación amable de una pareja de amigos. Ese compartir terminó pasadas las 6:30 p. m., luego de lo cual tomé un taxi y pedí al conductor sintonizar alguna emisora para conocer los resultados. El voto por el NO, aunque por estrecho margen, había ganado. Yo, como muchos, no me lo creía. Deseaba que ganara el SÍ por cuenta de mi íntima convicción de que la paz dialogada o negociada, por imperfecta que sea, es mejor que cualquier guerra.

Ya entrando la noche y asumiendo mi propia decepción, vi gente en las calles y desde sus carros celebrando que Colombia le hubiera dicho NO a la paz, o para ser más exactos y justos, un NO al Acuerdo que el gobierno había recién firmado con las Farc.

Pero varios días antes de esa votación, es la verdad, yo sentí que “algo estaba pasando”. Lo veía en expresiones que escuchaba en un transporte público, conversando con comensales en un restaurante de ‘corrientazo’ o dialogando con una humilde vendedora de chontaduro, quien me relató ser desplazada por la violencia de El Charco (Nariño), madre de 4 hijos y cabeza de su hogar en Aguablanca, y que con mucha seguridad me confesó que iba a votar por el NO. “Esa paz está muy mal hecha”, me dijo.

¿Por qué ganó el NO? Faltaría espacio para el análisis, pero convengamos en que se sobreestimó el apoyo ciudadano al Acuerdo de Paz, faltó pedagogía para un texto final de más de 700 páginas, hubo errores como promover previamente desde el Ministerio de Educación la famosa cartilla sobre equidad de género, que ‘calentó’ el ambiente entre sectores conservadores e hizo que se movilizaran activa y masivamente, asociando eso con uno de los puntos del Acuerdo. Y contó también la estrategia de la oposición de hacer que la gente saliera a votar ‘emputada’, como abiertamente lo declarara luego un estratega del Centro Democrático.

Hay que reconocer que, no obstante esa campaña, incluida una buena dosis de manipulación en favor del NO, muchos colombianos genuinamente consideraron que esa paz no estaba bien acordada y esa postura merece ser escuchada con un gran respeto. De entre esas voces diversas escuché decir que no hay nada peor a la guerra que una paz mal hecha.

Luego vino la renegociación del Acuerdo entre el gobierno y voceros de la oposición y de allí surge la otra gran pregunta: al final… ¿Hubo conejo?

El gobierno de Juan Manuel Santos insiste en que no lo hubo por cuenta de que de 100 solicitudes de cambio fueron atendidas 98, pero lo que no se dice es que las dos que no se atendieron eran justamente las más sensibles: las de prisión efectiva de cárcel para los máximos responsables de las Farc, así fueran penas mínimas (tal y como sí ocurrió en el caso de la desmovilización de los grupos paramilitares en tiempos de Álvaro Uribe Vélez) y el asunto de que su dirigencia no participara en política.

Soy de los que creo que de haberse concedido estas dos demandas no tendríamos Acuerdo de Paz y, si eso se entiende como haberle hecho ‘conejo’ a la voluntad popular expresada en el plebiscito, pues convengamos entonces en que sí hubo conejo… porque no había otra opción.

Todavía cargamos hoy en el país con el lastre negativo de esa decisión que ha terminado por alimentar la fractura y la polarización de este país, por mitades casi iguales, y que tiene reflejo claro en la actual coyuntura política.

Esta semana se presenta el Informe de la Misión de Verificación de la ONU ante el Consejo de Seguridad sobre los avances, retos, desafíos y recomendaciones para la implementación del Acuerdo de Paz de 2016. También se discute la continuidad y términos del mandato de esa misión de las Naciones Unidas en Colombia y, en ese mismo contexto, el gobierno ha anunciado que trabajará en cambios de dicho Acuerdo, que en cualquier caso no podrán hacerse si no es de manera concertada con la contraparte y por la vía de una reforma constitucional.

A toda Colombia, incluido el propio gobierno, le conviene avanzar y profundizar en el cumplimiento del Acuerdo de Paz de 2016. La paz pactada, por imperfecta que sea, sigue siendo la mejor paz posible.