El año pasado se cumplieron 70 años de la primera edición de la novela ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo, y con ese motivo la editorial RM y la Fundación Juan Rulfo hicieron una edición conmemorativa, que hace un par de días compré en la librería de una amiga. El libro tiene tres partes. La primera incluye la presentación y los antecedentes, que incluye y comenta escritos de Rulfo publicados en revistas mexicanas de la época, que cabe considerar adelantos de la versión definitiva de Pedro Páramo. El autor llega a una triste conclusión: la república mexicana de las letras, con escasas excepciones, se niega a reconocer la enorme valía de la obra de Rulfo. La envidia no es un privilegio solo nuestro.
La segunda parte es el texto de la novela y la tercera, la reproducción facsímil de las portadas de las primeras ediciones de la traducción de Pedro Páramo a muchas de las lenguas de este mundo. Están, obviamente, las hechas al alemán, el árabe, el francés, el inglés, el italiano, el ruso y el chino. Pero también las de idiomas minoritarios, como el albanes, el búlgaro, esloveno, el finés, el gaélico o el serbio. Pruebas de la universalidad de una obra que está centrada en remoto e irremediablemente perdido pueblo del México profundo.
En cambio, me ha sorprendido que varias de estas traducciones hayan incluido un prólogo de Gabriel García Márquez. Ahora, releyendo un libro que leí por primera vez hace tantos años que prefiero no acordarme de cuantos, me doy cuenta de cuánto debe Gabo a Pedro Páramo. Y no lo digo solo porque leyendo pasajes de este último haya tenido la impresión de estar leyendo pasajes enteros de ‘Cien años de soledad’.
Lo digo porque la ambición épica, homérica si se me consiente la hipérbole, de la que resulta la novela de Gabo fue espoleada decisivamente por la de Rulfo. En alguna entrevista Gabo confesó que, a fuerza de leerla y releerla tantas veces, se la sabía de memoria. Y me explico. No le atribuyo un carácter épico a Pedro Páramo porque relata la vida y las hazañas de un héroe desmesurado y legendario.
Se lo atribuyo porque la historia del personaje que da título a la obra es solo el motivo para contar la historia de todo un pueblo. Su voz, cuando se la escucha, es apenas una voz de una polifonía de voces vivas y muertas, que va desgranando episodio tras episodio, pena tras pena, la vida y la muerte de un pueblo, antes de ser sepultado definitivamente por el olvido.