Según el diccionario de la Real Academia, probable quiere decir verosímil, o que se puede fundar en razón prudente. Se dice de aquello que hay buenas razones para creer que se verificará o sucederá. Y con respecto a posible, dice “que puede ser o sucederá”.
La diferencia conceptual es bien clara. Lo que es posible supera ya la situación de lo que es probable. Es una sutil pero importante diferencia. Y son dos conceptos que sirven para entender con más claridad lo que ha venido ocurriendo con la candidata presidencial Paloma Valencia. Los datos que revelan las encuestas dejan bien marcada esta diferencia. Hace unas semanas, la candidatura de Paloma tenía una probabilidad de que ella llegaría a la presidencia. Ahora los datos van más allá y dicen que eso puede suceder o sucederá.
Es interesante verificar que las palabras o conceptos resultan mucho más dicientes que los números, y por ello era necesario acudir al diccionario de la Real Academia.
Si esa dinámica en la actitud de los votantes se mantiene o mejora en pocas semanas, ya estaríamos hablando de que es muy posible que ese anhelo suceda y ya eso se verificará el 31 de mayo en la primera vuelta, y si no ocurre así, a finales de junio en la segunda vuelta.
Hay, pues, una tarea urgente y necesaria para evitar que Colombia entre en el desastroso camino que llevó a Cuba a lo que estamos viendo en la televisión, leyendo en los periódicos u oyendo en la radiodifusión con respecto a Cuba o a Venezuela: desastre descomunal, casi indescriptible y, por supuesto, totalmente indeseable. En Venezuela, que ya estaba recorriendo a pasos acelerados ese mismo camino, se requirió una intervención del gobierno de los Estados Unidos. Hecho que contó con el silencio, la complicidad o el aplauso de buena parte de la opinión pública mundial.
Ya no es suficiente confiar en que un resultado electoral, democrático y transparente, asegure la supervivencia de una democracia, así esta, como la colombiana, tenga una sólida tradición civilista, jurídica y electoral. Este parece ser el descubrimiento de las últimas décadas sobre lo que puede significar un triunfo electoral, cuando este no va acompañado de la suficiente vigilancia y convicción de los ciudadanos, que de esta manera buscan preservar sus mejores tradiciones políticas.
Los ejemplos abundan. Es lo que se ha dado en denominar el fascismo de izquierda, que ha aprendido a envolverse en la bandera electoral democrática, para luego ir desmontando los elementos fundamentales claves del sistema democrático y del régimen de libertades. La destrucción va prevaleciendo sobre la construcción; los errores del pasado se magnifican y los aciertos, que son muchos, se minimizan, se desacreditan, se relajan y así se van destruyendo.
Una retórica brutal va acompañando este proceso y formas muy diversas y escandalosas de corrupción contribuyen a conseguir lealtades claves y al debilitamiento y desprestigio de instituciones que antes enorgullecían a la sociedad democrática.
Corporaciones públicas van perdiendo su capacidad de control político y de realizar los debates críticos más necesarios. Los medios de comunicación, en un proceso lento, casi imperceptible, se van acomodando y como que su tarea se convierte en una estrategia de simulación y disimulación.
Y es bien probable que el momento para reaccionar con plena lucidez y rigor ya se haya esfumado, y que, entonces, como en Cuba y Venezuela pasen décadas y solamente una desgracia mayor y un golpe de suerte podrían venir a ayudar a superar la situación.